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La compulsión de contar

El autor de Animalitos de Dios (Mondadori) nació en Buenos Aires. Impulsado por la sed de aventuras y por la necesidad de narrar lo que imaginaba y vivía, recorrió la Patagonia, Brasil e Israel. Lamenta no haber conocido la Shanghai de Marlene Dietrich, pero sabe que esa ciudad lo sigue esperando en la fantasía
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4 de octubre de 2000  

La publicación hace tres años del libro de cuentos Agujeros negros en Barcelona y el inmediato elogio de escritores como Antonio Muñoz Molina y Enrique Vila-Matas produjeron un vuelco en la difusión de la obra de Lázaro Covadlo (Buenos Aires, 1937). Siguieron dos novelas que Mondadori anuncia en Argentina para un futuro próximo (Remington Rand, una infancia extraordinaria y La casa de Patrick Childers) y los cuentos de Animalitos de Dios, que la misma editorial acaba de publicar aquí.

Antes de radicarse en España en 1975 (actualmente vive en Sitges), Covadlo matizó su vida en Buenos Aires con estadías en la Patagonia, Brasil e Israel. Publicó tres libros que hoy considera "borradores pasados por imprenta" y que prefiere no mencionar. Además ejerció el periodismo, entre otros oficios. Su primer trabajo en Barcelona fue el de parrillero en un restaurante francés llamado La Pampa.

- "Quiero ser un escritor vital, y no un cagatintas", afirma el protagonista de su novela Conversación con el monstruo (Emecé). ¿Tomaría esas palabras como propias?

-Hay escritores de toda clase: muy aventureros, como Ascasubi, Hemingway o Cervantes, y más sedentarios, como Proust o Kafka. Y hay casos como el de Melville, que trabajó en un ballenero, pero cuya obra a mi juicio más redonda, Bartleby , relata la vida de un oficinista. En mi caso, hubo una época en que yo valoraba mucho el riesgo físico. En el colegio había que agarrarse a trompadas y demostrar que uno no tenía miedo. Arrastré eso gran parte de mi vida. Además, me parecía que las mujeres amaban a los tipos arrojados. Cuando vi que alguna chica prefería a un alfeñique antes que a mí, me sentí muy confundido; era como si ella quisiera protegerlo maternalmente. Así que estudié también esas tácticas.

-Sin embargo, siguió moviéndose bastante.

-Tuve épocas más movidas y épocas más sedentarias. Se me ocurre que ahora hay una pérdida de la aventura. Me llama la atención el apogeo de lo virtual. En España han hecho unos grandes parques temáticos, donde uno se tira por una especie de catarata y no le pasa nada, aunque sale todo empapado. A los chicos les gusta. Pero después he llevado a mis hijos a las montañas y eso les gusta mucho más. La buena literatura es una aventura, puede estimular a vivir. Creo que toda mi vida ha sido influida por libros del tipo de Tarzán de los monos y películas como aquella con Gregory Peck en los Mares del Sur. Yo pensé que iba a poder vivir así toda mi vida. Llega un momento en que uno se da cuenta de que eso no sólo no es posible sino que además no tiene sentido. Pero queda una especie de frustración: no haber llegado a la Shanghai de Marlene Dietrich.

- Usted dejó de escribir entre el 73 y el comienzo de los años 90. ¿Cómo fue ese período?

-Seguí leyendo siempre y tomando notas. Muy compulsivas, anotaba sueños por ejemplo. Pensaba que tal vez algún día iba a retomarlas.

- ¿Y lo hizo?

-No; la gran mayoría, cuando las leía al día siguiente, me parecían una pavada. En el cuento "Relato de carretera" hay elementos tomados de una pesadilla recurrente, la de andar desnudo por la calle. Sintetizando, creo que buscaba mi voz y que ahora la encontré. Antes me sentía deshonesto, porque no tenía mi propia voz, que es lo que indica, por el vocabulario y por el tono, si alguien miente. Me molestan la deshonestidad y la mentira que, en literatura, no es lo mismo que la fantasía sino lo que ocurre, por ejemplo, cuando uno advierte que está usando recursos destinados a engañar al lector, como si se dijera: "Voy a hacer esto que hizo Borges, pero que no se note que es de Borges".

-¿Entiende que encontró su voz a partir de Conversación con el monstruo ?

-Sí, aunque creo que ahora está más afinada. Y hay diferentes registros, como los de los dos libros de cuentos y las otras novelas.

- ¿Se identificaría con el título "Lázaro Covadlo, contador de historias"?

-Sin duda. Hay una historia que me han contado. Un campesino estaba recogiendo forraje en el campo con una camioneta muy vieja. Un avión del Ejército del Aire, la Fuerza Aérea española, tiene que hacer un aterrizaje forzoso y choca con la camioneta, sin desgracias personales, como se dice. El piloto avisa por radio y vienen tres helicópteros con oficiales superiores. El avión había cometido alguna irregularidad burocrática en la autorización del vuelo y la noticia del accidente iba a comprometer a los implicados. Entonces le ofrecen al campesino, a cambio de su silencio, una camioneta último modelo de propiedad del ejército. Y él pregunta: ¿No puedo contárselo a mis amigos? No -le contestan-; ni siquiera a su mujer. Entonces él se niega: si el precio de su silencio es no poder contarles a sus amigos algo tan extraordinario como lo que le pasó, prefiere seguir con su camioneta vieja y poder contarlo.

- Pero el simple hecho de relatar algo que a uno le pasó no constituye literatura.

-Obviamente, para que eso se convierta en literatura, hace falta un proceso de construcción literaria. No hay hecho que en sí mismo sea interesante o deje de serlo. Lo que lo hace interesante es la forma de contarlo. Y también es importante conmover. La primera necesidad del narrador es contar cosas que lo conmuevan a él y luego encontrar la forma de que conmuevan al lector.

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