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Del amor y del tiempo

BEATRIZ Y LOS CUERPOS CELESTES Por Lucía Etxebarría-Destino-211 páginas-($17)
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13 de septiembre de 2000  

Beatriz -protagonista y narradora en primera persona de esta novela- regresa a su Madrid natal, a los veintidós años, luego de haber estudiado literatura inglesa durante cuatro años en Edimburgo. En su pasado reciente queda la escocesa Caitlin, con quien ha convivido en pareja durante los últimos tres años. En su futuro próximo, la espera un posible reencuentro con Mónica, su única amiga desde los doce a los dieciocho años, a quien le ha enviado unas pocas cartas desde el extranjero sin recibir jamás una respuesta.

Beatriz comienza por desandar los recuerdos de su reciente convivencia con Caitlin. Durante todo ese tiempo, la sombra de Mónica ha estado siempre presente en su memoria, promoviendo constantes comparaciones. De allí un mecanismo que marca la organización del relato en su conjunto: todos los tiempos convergen en una suerte de simultaneidad. Así, la narración salta permanentemente de Edimburgo a Madrid y viceversa, del presente al pasado inmediato y al pasado remoto, de Caitlin a Mónica y de cualquiera de ellas a la relación con los padres de Beatriz (incluyendo historias previas a su nacimiento), con alguna sorpresa hacia el final: un hombre del que ella fue amante mientras convivía con la escocesa.

La parte más extensa de la novela se centra (aunque siempre con intercalaciones retrospectivas o prospectivas) en el relato de unos días que, poco antes de emigrar, había pasado Beatriz en casa de Mónica, quien tenía provisoriamente alojado en su lecho a un traficante minorista de drogas y otros artículos ilegales, mientras sus padres estaban de vacaciones. Mónica pasa de un hombre a otro (y de una droga a otra); Caitlin nunca ha aceptado como pareja a mujeres que tengan trato sexual con hombres, y Beatriz, según su experiencia personal, no encuentra diferencia de géneros: "yo nací persona, y amé a personas".

Uno de los aspectos más interesantes de la organización del material es que no se trata simplemente de una historia lineal recortada en fragmentos, luego dispuestos en otro orden, más o menos caprichoso. Por el contrario, hay siempre una conexión entre las situaciones que, sin haber sido sucesivas en el tiempo "real", se suceden una a otra en la secuencia discursiva, en el tiempo propio de la novela, según una sutil causalidad o contigüidad, y como si se explicaran mutuamente.

El tono del relato y la voz de la narradora son tan fuertes y sostenidos como la historia misma que se cuenta. Aunque nunca deja de haber cierto lirismo -incluso en los pasajes más declaradamente narrativos-, hay sobre todo hacia el principio y al final del libro, entre las idas y venidas témporo-espaciales, deslizamientos hacia un lirismo más "interpretativo", relacionado generalmente con el poder evocador de la astronomía, con esos "cuerpos celestes" que acompañan a Beatriz en el título. Precisamente una observación que podría hacérsele a esta novela, en función de lo que se propone (y logra sobradamente) ser, es el empleo en esos pasajes de algunas pocas frases de corte axiomático que, si bien resultan ingeniosas, no están a la altura del resto.

Con ésta, la segunda de sus tres novelas publicadas desde 1997, la española Lucía Etxebarría (nacida en 1966) obtuvo el premio Nadal.

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