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Al borde de la perfección

ANIMALITOS DE DIOS Por Lázaro Covadlo-Mondadori-160 páginas-($13)
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20 de septiembre de 2000  

No es el primer caso, ni será el último, de un argentino que es primero reconocido en el exterior. Eduardo Lázaro Covadlo nació en Buenos Aires en 1937, y entre 1965 y 1973 publicó en Argentina sus primeros libros (que él mismo considera "borradores pasados por la imprenta"). Sin embargo, Animalitos de Dios desembarca con el aura que rodea al autor a partir del momento en que se publicó en España -donde reside desde 1975- el volumen de cuentos Agujeros negros (1997), que recibió el inmediato elogio de varios escritores españoles de renombre, como Enrique Vila-Matas o Antonio Muñoz Molina.

Luego, su novela Conversación con el monstruo , finalista del premio Planeta Argentina y publicada aquí por Emecé en 1994, fue reeditada por la filial española de la misma editorial. En dirección inversa, Mondadori promete ahora la publicación, en Argentina, de los dos primeros libros que cimentaron la fama del autor en España, el citado Agujeros negros y la novela Remington Rand, una infancia extraordinaria .

Al igual que su anterior volumen de cuentos, Animalitos de Dios contiene doce relatos. Todos ellos tienden a producir la impresión de que Covadlo posee un variado arsenal de recursos que ya son tradición en el cuento relativamente breve (poco más de veinte páginas el más extenso). Siempre hay una línea de acción concentrada, con giros más o menos imprevistos que modifican definitivamente la vida (o la muerte) de los personajes. Éstos son en todos los casos seres con características muy marcadas, con una cierta rareza o extravagancia. Y el humor, con predomio de la ironía, nunca está ausente.

En un par de casos, el resultado, dentro de la propuesta, roza la perfección. El título de uno de esos cuentos, "Acero inoxidable", alude al material de que estaba hecho un cinturón de castidad en el siglo XI, según una novela "histórica" escrita por la coprotagonista. Para su desgracia, la dueña de tan inexacta imaginación se casa con un historiador obsesionado por la exactitud de datos y registros.

El pugilato existencial entre ambos, narrado en tercera persona pero con la inclusión de fragmentos de los diarios en que ambos registran cada minucia de sus vidas, está formidablemente construido. En "El cuervo", un tétrico cuento infantil se entrelaza con el presente de la mujer que recuerda haberlo escuchado, siendo niña, de boca de su trágico padre.

Los diez cuentos restantes se sitúan un pequeño escalón más abajo. En algunos casos, porque no alcanzan la misma apariencia de perfección en todas las piezas del mecanismo; en otros, porque arriban a un final que no tiene tanta contundencia como el impecable desarrollo que lo precede. Entre los últimos está "Relato de carretera" (el más largo), un día en la vida de un hombre que, conminado por su mujer, viaja a encontrarse con ella y los hijos de ambos, hasta que en el camino algo le impide llegar a destino. Entre los primeros hay dos cuentos "argentinos". Uno, "Llovían cuerpos desnudos", es la debacle final de un médico retirado de la Armada que, cuando viaja en avión, cree ver por la ventanilla cuerpos de detenidos arrojados al Río de la Plata durante la dictadura. En el otro, "Colorado", un tal Covadlo recuerda, de sus tertulias en el Buenos Aires de los sesenta y setenta, a un amigo jujeño cuya figura termina confundiéndose inquietantemente con las historias folclóricas de aparecidos y desaparecidos que aquel muchacho solía contar.

La inventiva de Covadlo despliega un abanico de otros curiosos personajes, entre los que se cuenta un mendigo, beato, que se cruza con un Nietzsche anacrónico y termina santificado por Salomé (Lou Andreas).

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