Hackers en la granja

Valentín Muro
Valentín Muro PARA LA NACION
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7 de agosto de 2018  • 08:22

"¿Qué tienen en común un tractor con un iPhone?" bien podría ser el comienzo de una rutina de standup de algún comediante. En cambio, la respuesta es la premisa de un movimiento que va tomando envión alrededor del mundo. Se trata del activismo por el derecho a reparar.

Puede parecer extraño hablar del derecho a meter mano en los productos que compramos. A fin de cuentas, alcanza con tomar un destornillador y sacarle la tapa al dispositivo que sea para, al menos, poder ver lo que hay adentro. Luego, dependiendo de nuestra destreza técnica, si logramos identificar el problema podemos solucionarlo. A veces reemplazando una parte, a veces limpiando algún mecanismo, a veces con un golpe seco.

La imagen del taller en un garage o rincón de la casa, con una reserva de partes de objetos desarmados bajo algún velador, bien sirve para ilustrar la forma en que nos imaginamos que las cosas que usamos a diario se reparan, pero bastante dista de la realidad. Alcanza con pasear por los pasillos de cualquier distribuidor de electrodomésticos para notar que los dispositivos que le escapan a lo digital escasean. Todo, por algún extraño motivo, tiene una pantalla.

La consecuencia práctica de la incorporación de componentes digitales en tostadoras, pavas eléctricas y lavarropas en muchos casos es la opción de automatizar alguno de sus procesos. Por ejemplo, programar su funcionamiento. Pero esto también hace mucho más impenetrable su funcionamiento. Sacamos la tapa y no podemos dar cuenta, a simple vista, de lo que vemos. En el recuerdo quedan aquellos aparatos cuyos mecanismos se nos hacían obvios al desarmarlos. Ni hablar de sus componentes, generalmente fáciles de reemplazar.

Curiosamente, esta digitalización de todo aquello que usamos a diario se extendió también en el trabajo del campo, a un costo muy alto para quienes usan maquinaria agropecuaria. Si en la ciudad desarmar un aparato para repararlo puede ser un pasatiempo o una forma de ahorrarse unos pesos, en el campo esto muchas veces puede ser una necesidad apremiante. Cambiarle una pieza a un tractor no es como desarmar una tostadora.

Es en Estados Unidos donde la militancia por el derecho a reparar encontró en los granjeros una alianza muy poderosa. Aquello por lo que luchan es la garantía de poder desarmar aquello que compran de forma independiente del fabricante. Su principal enemigo es John Deere, el gigante de tecnología agropecuaria, al que acusan de obstaculizar en forma activa la reparación casera de sus tractores y máquinas, cuyo costo en algunos casos supera el medio millón de dólares.

La motivación detrás de la limitación a la capacidad de reparar productos suele ser la supuesta garantía de seguridad y, más obviamente, la protección de la propiedad intelectual. Esto suele implicar la prohibición de arreglar los productos por cuenta propia o llevarlos a reparar en un local no autorizado. Pero mientras que difícilmente pudiera limitarse la capacidad para reparar una licuadora, al incorporarse tecnología digital las limitaciones son intrínsecas a su diseño.

Si bien los tractores siguen teniendo engranajes y motores como siempre, ahora también incluyen sensores y consolas digitales. El problema que esto supone para los granjeros es la incapacidad de reparar sus máquinas sin un técnico enviado por el fabricante. Esto va directamente en contra de la cultura del DIY o hágalo usted mismo que prevalece en contextos rurales, donde la escasez de recursos fuerza a la solución creativa de problemas técnicos y, en última instancia, a la desobediencia tecnológica.

Incluso si concedemos que efectivamente la posición de empresas como John Deere o Apple -que usando la seguridad de sus clientes como excusa destinan recursos millonarios en lobby para evitar que sus productos puedan ser reparados- es sensata, la decisión final debería quedar en manos de sus clientes y no de ellas.

En Massachusetts (EE.UU.), por ejemplo, se está evaluando el impacto que podría tener en la industria la incorporación del derecho a reparar. Apple, por su cuenta, ya el año pasado estuvo repartiendo en 25 países sus máquinas oficiales para la reparación de sus teléfonos. Es un primer gesto, pero es mucho más que lo que desde la industria de las máquinas pesadas estuvieron dispuestas a ceder. Las acusaciones de que siguen obstaculizando las campañas por el derecho a reparar sin retroceder un centímetro. se siguen acumulando.

Los granjeros, sin embargo, no esperan de brazos cruzados a que la industria les responda de manera sensata. En cambio, desde sus granjas impulsan el derecho a reparar haciendo ingeniería inversa de sus tractores, compartiendo en internet lo que encuentran y alentando a sus pares a hacer lo mismo. Alineados con la ética hacker, son estos granjeros quienes están denunciando lo ridículo de impedir meter mano en sus máquinas.

Aceptamos con preocupante facilidad la máxima de que la complejidad de todo aquello que usamos a diario viene con el costo de su opacidad, de nuestra renuncia a poseer realmente aquello que compramos o a nuestro derecho a entender cómo funciona. Pero la discusión por el derecho a reparar no es sencillamente una acerca de propiedad intelectual, manuales de reparación o repuestos.

Lo que el derecho a reparar implica es el reconocimiento de que nuestra relación con los objetos que aprendemos a valorar y en última instancia a aprovechar para nuestro beneficio es una mucho más compleja que la de comprador y producto. No se trata sólo de desarmar para arreglar. Se trata de, en ese gesto, hacernos definitivamente de ellos.

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