El Verde Uriburu de la libertad

En el bote, Uriburu en Venecia tiñendo todo de verde
8 de agosto de 2018  • 00:22

"Debía tener cinco años cuando descubrí la noche. Me llevaron de urgencia a lo de mi abuela, y a través de la ventanilla del taxi, mis ojos escrutaron maravillados las tinieblas del cielo y las luces de la ciudad", dijo Nicolás García Uriburu cuando le preguntaron por su historia. Había nacido un 24 de diciembre de 1937 y era el mayor de diez hijos. Su padre era abogado y tenía un sentido estricto del trabajo. Su madre, católica practicante, se aferraba al deber. Su casa era casi como un cuartel; todos, sin excepción, se despertaban a las 7:30 y se iban a dormir a las 21:00. Por eso la noche se le había hecho esquiva.

Nicolás, introvertido y reservado, comenzó a mostrar sus dotes para el arte en la escuela primaria, fue su maestra la que lo invitaba a dibujar en el pizarrón cada vez que aparecía una oportunidad; así se sintió orientado a experimentar la libertad para expresarse en lo que sería la razón de su vida, el arte. Una libertad que posiblemente también se escapaba como la noche, en aquella vida tan ordenada y atravesada por el deber. Acumuló varios premios de dibujo en esa escuela y a pesar de la reticencia de sus padres, su tío Pablo Cárdenas, que veía su talento innato, le organizó su primera exposición a los 17 años en la galería Muller, en 1954; presentó ocho dibujos de personajes caricaturescos y la prensa habló de "Sátira amable pero penetrante". Había marcado así su destino. ¿Estaría escrito que a partir de ese momento sentiría la certeza de que dedicaría su vida al arte? Sin embargo, hubo más instancias que lo reafirmaron en su desenfrenada pasión por experimentar y hacer. La verdadera conciencia llegaría diez años después, cuando descubre que la naturaleza es la clave y el motor de la comunicación con los demás, su despertar a la conciencia del mundo. Su apertura. Su ansiada libertad.

En 1966 viaja a París, poco antes de Navidad, a los 28 años, con su diploma de arquitecto recién obtenido. García Uriburu llega con su mujer, Blanca Álvarez de Toledo; a su lado comienza a transitar un cambio superlativo en su destino. En Europa, su fibra argentina, esa raíz de su identidad, encarna en un concepto global de la naturaleza, se convierte en un paisaje esencial. La familia Uriburu, Padre con el niño, Madres abusivas, Los Prototipos para un jardín artificial, Fragmentos de fauna y flora, María Antonieta pastora, son obras (Naturaleza y protagonistas) que despiertan en el "Todo París" de las artes una creciente admiración.

Con el mayo francés (1968) en la puerta de su casa de la Bastille, Nicolás percibe ante sus ojos los valores del pleno reconocimiento del otro: la minorías, étnicas, sexuales, socioeconómicas, pueden expresarse. La pregunta planteada: ¿El arte de todos o arte para todos? Hace eco en él y en él nacen las ganas de intervenir el mundo directamente, en el espacio natural. Pintar el mundo y hacerlo con un propósito que nos despierte la conciencia ecológica. En el marco de la bienal de Venecia se propuso, de manera clandestina, teñir las aguas de los canales de la ciudad; un gesto que tenía doble lectura: dar al agua el color que la actividad humana le había quitado y poner en cuestión el sistema de las artes. El verde, representante más saludable de la naturaleza, pintaría las aguas del Gran Canal de Venecia. Memo, el gondolero-pintor, sería su arriesgado compañero, el único que se animó a conducir la góndola durante la operación. El loco artista y su fiel ladero, cabalgando sobre las aguas de Venecia. Don Quijote y Sancho Panza, unidos en una aventura arriesgada y desafiante. Y Blanca, su mujer, una representación de Dulcinea, que lo esperaba ansiosa desde un bar con su mascota, desesperada por saber cómo había transcurrido aquella hazaña quijotesca. Venecia se vio pintada con el Verde Uriburu fluorescente de arriba a abajo. Paz y belleza. El arte y la vida fusionados. En una bienal controvertida y escandalosa, atravesada por las protestas de los activistas, el mundo habló de la acción de García Uriburu como un símbolo de pacificación. Nicolás expresó lo que sería el ADN de su trayecto en el arte y en la vida. En una entrevista le preguntaron: ¿Cuál es la palabra que más sentido tiene para usted? "Vivir -dijo, y continuó-, el arte debe ser vivido como una experiencia, una idea dinámica, una participación: fuera de las galerías, en las ciudades, en las calles, en la arquitectura, en la moda". Vida y arte fusionados en una palabra: libertad. Para descubrir, con ojos maravillados de niño, una y otra vez, la magnánima noche.

En el Museo Nacional Bellas Artes se puede disfrutar de la experiencia Verde de Nicolás García Uriburu hasta el 30 de septiembre. "Venecia en clave verde. Nicolás García Uriburu y la coloración del Gran Canal".

Ping pong con Marta Minujin

Ping pong con Aldo Sessa

Ping pong con Azul García Uriburu, su hija

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