La callada orfandad de los adultos

8 de agosto de 2018  

Tiene algo la vida. No avisa. Shakespeare estaba en lo cierto. El mundo es un escenario, y cada hombre y cada mujer, meramente personajes. Pero se olvidó, el Bardo de Avon, de advertirnos que esto es sin ensayo, sin otro libreto que nuestros deseos y nuestros fantasmas, sin más director, acaso, que el destino. No avisa la vida. Ni de lo bueno ni de lo malo.

Hubo un momento, hace muchísimos años, en que mi carrera parecía haber naufragado sin remedio. Luego de alguna de las incontables crisis argentinas, sin empleo y sin ofertas, una mañana, cerca de las 9, sonó el teléfono en casa. Un editor, que había sido mi jefe años atrás, quería contratarme para una revista. Fue un viernes. Me preguntó si podía ir el lunes. Con el corazón en la boca le dije que por supuesto, y cortamos. Noventa segundos después, el teléfono sonó otra vez. Que si podía ir ahora, que estaban apretados con los tiempos. Obvio. La vida no avisa y las oportunidades pasan una sola vez. El lunes tenía trabajo de nuevo en la industria. De esa editorial pasé a este diario, hace 25 años.

No, la vida no se anuncia. El teléfono suena un domingo al anochecer, un domingo como cualquiera de los otros miles de domingos traspapelados en el despeñadero del tiempo. Solo que esta vez ha muerto tu padre. Así me ocurrió hace un mes y ocho días, y los recuerdos son todavía demasiado quemantes, como un raspón en la rodilla cuando te caías de la bicicleta roja sobre la vereda de baldosas té con leche.

Hay un segundo, cuando la vida te llama por teléfono, en el que no podés pensar en nada, nada del todo. Es raro no pensar en nada. Pero así funciona. Hay un instante, varios instantes en los que la mente queda como de color tiza, como si pudieras ver la vereda de enfrente de la conciencia, porque han desaparecido todos esos pensamientos que se apresuran siempre como transeúntes locos.

Pero de algún modo, antes de que el aguacero se desate, hacés las preguntas de rigor, cumplís con los trámites, acomodás la agenda. Mucho más tarde, esa noche, lloverá sin parar. Y al día siguiente vas a entender que ya no están ni mamá ni papá, y que la orfandad es completa.

Hace unos días, cuando le conté esta pena a Constanza Bertolini, editora de Cultura del diario, su expresión se transfiguró, y me di cuenta de que ella también había quedado huérfana. Nos reconocimos. Me narró su historia y me obsequió palabras que atesoro, que me hicieron bien, pero, periodista al fin, observó algo que, una semana más tarde, ha dado origen a este breve texto.

-De eso no se habla, ¿te diste cuenta, Ariel? -me dijo Coni-. Nunca se habla de la orfandad de los adultos.

Es verdad. Ya somos grandes, ¿no? Es la ley de la vida. Peor sería al revés. Etcétera. Pero no. Esperen un poco. Somos uno y somos muchos. Somos los que somos hoy, pero también somos todos los que fuimos siendo. Dentro del adulto que trata de racionalizar hay un chiquilín que se ha quedado solo y está aturdido. Se ha completado el brutal desarraigo, y el chiquilín interior le pide ayuda al adulto que se supone que somos, y no hay mucho que podamos hacer. Ambos estamos llorando.

Ahora estamos por la nuestra y las prioridades cambian en un pestañeo. No lo sabemos todavía, pero aunque hayamos formado nuestra propia familia, aunque ya somos grandes, ahora nos damos cuenta de que somos el fruto, la culminación de lo que pudo y lo que no pudo esa raíz. Casi todo cobra otro significado. Las fotos en la caja azul. Las voces que no oiremos más. El tiempo, qué paradoja, se vuelve más lento. Los recuerdos se vuelven más lentos. Tratamos de hacer memoria, y nos damos cuenta de que recordamos los momentos en que nos pusimos a recordar. Recuerdos de recuerdos.

La biografía de tus raíces está concluida ahora, y en el inequívoco desamparo de esta orfandad definitiva, entra sin embargo un rayo de luz. Honraste a tu padre y a tu madre. Y el chiquilín desolado y aturdido no está solo, en realidad. Te tiene a vos.

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