Vino desde Formosa, perdió al padre, compite entre adultos a los 17 y es campeona mundial de taekwondo

Nadia Castillo, campeona mundial a los 17
Nadia Castillo, campeona mundial a los 17 Crédito: mundialtaekwondo.com
Xavier Prieto Astigarraga
(0)
8 de agosto de 2018  • 09:54

Nadia Castillo es bajita, pero más vale no provocarla: es cinturón negro en taekwondo. Raro, porque ese arte marcial/deporte no le gustaba cuando era chica. "Pensaba que era cosa de hombres", dice hoy, a los 17 años, recordando aquella época de cuando veía a su hermana incursionar en esta disciplina. "Iba a verla y me ponía a llorar", admite. Pasó un buen trecho de vida hasta que consiguió un título de campeona y otro podio en el Mundial de la Federación Internacional de Taekwondo (ITF), que concluyó este domingo en Tecnópolis.

Muchas situaciones transcurrieron en medio. Nadia creció a los golpes, y no solamente los físicos en un tatami. A los seis años la niña nacida en Clorinda dejó su Formosa y migró al conurbano bonaerense. Al barrio El Zaizar, de Esteban Echeverría. Pasó un tiempo y vino lo más duro: soportar a los nueve la muerte de Víctor, su papá, a raíz de un accidente en la obra en que trabajaba. La familia se redujo a cuatro integrantes: Nadia; sus hermanos, Natalia y Gonzalo, y su mamá, Zulma. Salir adelante fue bravo.

Y apareció el taekwondo. Natalia lo practicaba, mientras Nadia no quería saber nada con él. Hasta que un día, cuando tenía 10 años, vio a unos chicos, de cinturón de punta verde, tirar una patada. Ella estaba convencida de que podía hacerlo mejor que ellos. Lo intentó. Y abrió un camino que la conduciría a nada menos que una corona mundial.

Nahuel Coronel la entrena desde chica, y la relación es tal que el profesor le becó las clases cuando Nadia, o más bien Zulma, no podía afrontar el costo. Su maestro hizo incluso más por ella: le pagó las inscripciones a certámenes. Tanto la quieren, y le ven futuro, que hasta la esposa de Coronel aportó dinero para que la muchachita de entonces 13 años pudiera viajar a Italia para el mundial de 2014. Ella hizo lo suyo, también: vendió rifas. Y con un video promocional consiguió una subvención municipal. Es agradecida Castillo: actualmente colabora con la fundación Sonrisas, dando clases. De taekwondo, por supuesto. Tiene la autoridad de un cinturón negro y de quien se prepara seis días por semana (lunes a sábados), tres horas por jornada.

El esfuerzo de aquella época en que su hermana y ella debían caminar dos kilómetros de noche para volver a casa tras entrenarse dio paso a estos tiempos más felices, de vivir a cuatro cuadras del gimnasio y de ser campeona un mundial a los 17 años, compitiendo entre los adultos pese a su edad juvenil solamente por una cuestión reglamentaria de fechas. El viernes consiguió la medalla de bronce al perder una semifinal en la prueba de formas -una suerte de coreografía de golpes que exhibe la técnica- para primer dan, la categoría inicial de los cinturones negros. Ya era un logro. Y lo mejor se dio el domingo. Después de eliminar en una semifinal a una irlandesa, Emer Varley, Castillo se enfrentó en la definición de hasta 50 kilos -un límite máximo que parece quedarle enorme- con una compatriota, Fernanda Arrúa, mucho más corpulenta que ella. El corazón, el carácter y las agallas de "Pitbull" -así la apodan- hicieron lo que parecía imposible para su pequeño cuerpo y la convirtieron en la mejor del planeta en el taekwondo en versión ITF (no olímpico, por lo cual no participará en los Juegos de la Juventud Buenos Aires 2018).

Nadia Castillo, en el combate por el título contra Fernanda Arrúa
Nadia Castillo, en el combate por el título contra Fernanda Arrúa

Y eso que... "Faltando dos meses para el Mundial me enfermé. Dos semanas antes estaba muy mal, con reposo. Lo que comía, vomitaba. No pude ni ir a la escuela. Un día fui a entrenarme y estaba tan mal que me llevaron a un médico", contó. Y tuvo un dificultad extra, que admite sin más: "Cumplí un sueño que estuvo complicado. No solamente por la pelea, que fue durísima. Tuve un problema familiar: estuve distanciada de mi madre. Pero dos días antes del Mundial lo resolvimos".

La cuestión es que hoy está sana, reconciliada y feliz por la gloria de ser campeona mundial. Un cuadro opuesto a aquel de cuando todo parecía estar mal en esa niñez de cachetazos de la vida y cuando el taekwondo era solamente un motivo de rechazo. "Este deporte me hizo cumplir muchos sueños, como el viaje a Italia en el mundial anterior. Para seguir creciendo debo participar en torneos que son cada vez más difíciles de costear por mi familia. Pero a seguir soñando, porque todo es posible", afirma. Pues ya lo ha demostrado.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.