Siglo XXI Cambalache: nuestros hijos nos miran y aprenden

Maritchu Seitún
Maritchu Seitún PARA LA NACION
Crédito: Pixabay
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11 de agosto de 2018  • 00:01

A la luz de los hechos que salieron en los diarios en los últimos días me surge una reflexión acerca de la naturalización que vemos hoy -en muchos ámbitos- de conductas ilegales, tramposas, desconsideradas, también de mentiras y avivadas, etc. Naturalización que puede hacernos creer en nuestra impunidad, es decir que las reglas y las leyes no nos alcanzan a nosotros, que estamos más allá de ellas, que reglas y leyes son para los demás. Los que en cambio las acatamos por momentos nos sentimos un poco tontos cuando no andamos (como otros) por la banquina, cuando no coimeamos al policía que nos paró en al ruta, cuando estacionamos a dos cuadras del colegio para buscar a nuestros chicos en lugar de hacerlo en doble fila, cuando volvemos al negocio para devolverle a la cajera el dinero que nos dio de más, cuando trabajamos en lugar de pedir planes sociales, cuando pagamos el cable o la luz en lugar de colgarnos de un poste o del vecino. Es que nos resuena en la cabeza el tango Cambalche: "el que no afana es un gil".

Hace un tiempo dije que cometer delitos es para un niño un pedido de ayuda, un acto de esperanza de que otro (adulto) lo frene, lo proteja de si mismo y de sus deseos. Pero ¿qué pasa cuando ese chico ve que en su casa (y en su país) el robo, la coima, el engaño, la estafa, la extorsión, la mentira, son prácticas habituales? Su conducta deja de tener ese valor de pedido de ayuda para ser lo normal y natural. y así se pierde nuestra humanidad, aquella que nos distingue de otros mamíferos porque podemos decidir, elegir nuestra conducta y en el mejor de los casos -y ojalá fuera en la mayoría- nos lleva a elegir el bien, el amor al prójimo, la consideración, el respeto, la responsabilidad, el trabajo, y no el sálvese quien pueda, la viveza, la trampa, la ventaja o el robo.

¿De dónde surge la valoración del trabajo, de la honestidad, de la responsabilidad, del respeto, de la ternura, del buen uso de la libertad, del amor y cuidado a otras personas? Viene de lo que desde chicos vimos, y o vemos hacer a nuestros padres, docentes, gobernantes, ídolos, y otros adultos cercanos que fueron y son modelo y ejemplo en sus distintos roles de padres, hermanos, hijos, esposos, empleados, jefes, amigos, socios.

Es urgente y prioritario que en cada ámbito de nuestra vida presentemos un modelo responsable, honesto y esperanzado en lo grande: trabajar, valorar el esfuerzo, la honestidad, cumplir con nuestra palabra, respetar a los demás, y en las pequeñas cosas: no tirar papeles a la calle, llegar a tiempo al colegio con los chicos, no mentir ni mentirles, respetar los semáforos y las rotondas, ayudar a la persona que se cayó en al calle. Las oportunidades son muchas en la vida diaria.

Al país lo hacemos entre todos, y tenemos que esforzarnos para recuperar la confianza y la esperanza de que trabajando codo a codo podemos salir adelante y ayudar a poner en pie a una nueva generación de argentinos que no crea lo que dice el tango: "es lo mismo el que labura, noche y día como un buey, que el que vive de las minas, que el que mata, o el que cura, o está fuera de la ley."

¡No es lo mismo! y está en nuestras manos el enseñar y ser modelos de la diferencia. Porque nuestros hijos nos miran y, tanto por imitación como por identificación, aprenden de nosotros a ser adultos. Cada uno desde su lugar, casa, barrio, trabajo, poniendo su granito de arena, uniéndose a muchas otras personas y familias que comparten el mismo objetivo. Sólo así podremos salir adelante.

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