Una expedición pesquera en la isla de Kodiak

Iván de Pineda
Iván de Pineda LA NACION
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12 de agosto de 2018  

Las hoy grises aguas del océano Pacífico se ven más frías que nunca. Un fuerte viento sacude las calles aledañas al puerto. Las grandes nubes se arremolinan en el cielo avisando la posible precipitación de una gran cantidad de agua.

La gran fiesta del cangrejo real o centolla (King Crab, en el idioma original) terminó hace tiempo, pero el muelle todavía muestra los vestigios de la importante fiesta vivida y todavía falta que algunos puestos sean removidos del lugar.

Carteles que todavía anuncian las actividades y ofertas de dicho festival, muñidos lógicamente de una simpática centolla caracterizada, flamean sin parar produciendo ese famoso chasquido que provoca el papel o cartón cuando es vapuleado por el viento. Los barcos pesqueros se están preparando para la partida y los miembros de sus tripulaciones trabajan incansablemente para ultimar detalles y emprender una nueva aventura.

Para la isla de Kodiak, enclavada en el extremo norte del océano Pacífico, esta es una de las actividades más importantes y muchas de las costumbres y de la vida de este lugar pasa por el festival.

A medida que me voy acercando a las embarcaciones, empiezo a escuchar las voces de aquellos que se preparan para zarpar. Vozarrones que dan indicaciones, que se alientan y que hacen chistes para tratar de hacer amenas estas horas de la mañana, sabiendo bien que gran parte de lo producido en estas actividades marinas determinarán para ellos su nivel de vida de los próximos meses.

Una tras una las jaulas se van apilando sobre las cubiertas de las embarcaciones y, cuanto más rápido se hace este proceso, antes será la partida. Y los tiempos apremian porque todos quieren zarpar antes que las compañías pesqueras "rivales".

Si las aguas se ven bravas desde donde estoy parado, no quiero imaginarme cómo estarán una vez en alta mar y cómo estas embarcaciones serán zarandeadas cuando hagan su derrotero siguiendo la increíble línea que traza a las islas Aleutianas para entrar en el mar de Bering donde estarán a merced de sus bajas temperaturas y gran oleaje. Se trata de una cadena de más de 300 pequeñas islas volcánicas al suroeste de Alaska, y que toma la forma de un arco.

Ya hay alguien sentado en la elevada cabina de mando de uno de los pesqueros y, desde mi posición, veo al capitán observando atentamente las maniobras de sus muchachos que, seguramente, estén preparando todos sus instrumentos sabiendo de todas maneras que una de sus "herramientas" más importantes será su propio instinto.

Instinto que le dirá dónde se encuentran los bancos más importantes y, desde ahí, dirigirá a sus Greenhorns (aquellos que realizan su primera temporada de pesca) y a los Deckhands (los ya experimentados pescadores que muchas veces obtienen un porcentaje de las ganancias) en unas extenuantes jornadas donde no habrá diferencia entre el día y la noche.

Algunas familias se han congregado sobre el mismo muelle y charlan entre ellos haciendo estimaciones sobre esta temporada que comienza, confiándose datos y pronósticos. Ya con las jaulas en su lugar y todos los miembros de la tripulación vestidos con sus inconfundibles uniformes de tonos anaranjados o amarillos, con sus "por ahora" secas botas de goma sobre la cubierta del barco, suenan las sirenas o bocinas y, lentamente, van dejando la seguridad del puerto. Las enormes gaviotas, que sobrevuelan el lugar, emiten sus ya conocidos graznidos a modo de despedida a la vez que deshago mis pasos para internarme en las solitarias calles de la pequeña ciudad.

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