La redención para Silvio Romero, un costoso goleador al que no le fue fácil entrar en la gente de Independiente

Silvio Romero marcó el gol del triunfo en Japón
Silvio Romero marcó el gol del triunfo en Japón Fuente: AFP
Rodolfo Chisleanchi
(0)
8 de agosto de 2018  • 23:59

Juan Sánchez Miño encabezó la lista. El zurdo que Gabriel Milito se llevó bajo el brazo desde Estudiantes a Independiente falló un penal decisivo en una tanda de Copa Sudamericana frente a Atlético Chapecoense y su vida en el Libertadores de América se tornó imposible.

Martín Benítez iba más o menos a la par. Resistido de manera unánime por la parcialidad Roja, los chiflidos comenzaban a resonar en cuanto su nombre era pronunciado por los altavoces del estadio y se multiplicaban ante cada fallo.

Nicolás Figal recorrió un camino semejante, solo interrumpido durante los seis meses que estuvo a préstamo en Olimpo. Y hasta Emiliano Rigoni, de un modo menos elocuente, sufrió los rigores del desprecio de los hinchas propios en tiempos en los que casi nada salía bien.

En menos de dos años, la gestión de Ariel Holan logró la redención de todos ellos, cambió silbidos por aplausos, incluso por idolatría como en el caso del misionero de la camiseta número 7. El Profesor ha obrado milagros en ese sentido. Y en la lejana Osaka quizás haya dado el primer paso para recuperar al último de los elegidos por los exigentes hinchas del Rey de Copas como objetivo de sus insultos.

Silvio Romero , el Chino, llegó a Independiente a principios de año pagado a precio de oro -4,5 millones de dólares por el 70 por ciento del pase- y como apuesta personal del técnico. "¿Quién es este tipo como para que paguemos tanta guita? No firmo ni loco". Palabras más, palabras menos, eso dicen que dijo Hugo Moyano cuando le presentaron los papeles para sellar su transferencia desde el América mexicano. Holan terminó convenciéndolo de que valía la pena.

Sin embargo, durante el semestre pasado el cordobés pareció empeñado en darle la razón al presidente. El delantero llegó excedido de peso, demoró más de la cuenta en ponerse en forma y sus prestaciones nunca pasaron de discretas. Los hinchas no tardaron en apuntarle y el resquemor por sus actuaciones comenzó a multiplicarse con el correr de los partidos.

"Reacomodarse al fútbol argentino lleva un período de adaptación. No es fácil. Ahora, con una buena pretemporada encima ya pude arrancar de otra manera", decía Romero desde Japón en radio La Red para explicar la evolución de su juego y, sobre todo, su recuperada relación con las redes rivales: 1 gol de enero a mayo; 3 en los últimos 2 partidos (Central Ballester y Cerezo).

El delantero que surgido de la cantera de Instituto -dedicó el tanto logrado en la Suruga Bank al club de Alta Córdoba, que justamente ayer cumplió su centenario- no tenía en sus planes dejar México. Pero las discrepancias con Miguel Herrera, el explosivo entrenador del América, forzaron su marcha. Y pese a los rumores que lo ubicaron en River o Boca, aterrizó en Avellaneda "porque Independiente fue el único que mostró un interés real en contratarme", según explicó en su día.

La experiencia, sin embargo, empezó con el pie torcido. Actuaciones pálidas, ocasiones que parecían sencillas falladas de manera incomprensible y con el precio de puntos perdidos para el Rojo (Temperley, Tigre) comenzaron a alterar el clima de la tribuna en su contra. Para colmo, Holan insistió en ubicarlo sobre la derecha del ataque, pegado a la banda, un puesto y una función que el Chino no siente.

Pero el técnico le renovó la confianza y esta temporada el destino parece ir en otro sentido. Romero fue el 9 contra Central Ballester en la Copa Argentina (marcó dos tantos), y practicó en esa posición durante toda la semana previa al choque en Osaka.

Fue una sorpresa ver en la alineación inicial a Emanuel Gigliotti de punta y al cordobés otra vez desplazado hacia un extremo, donde fue alternando con Meza. Pero a los 27 minutos, él mismo arrancó una combinación que acabó volviendo a sus pies cuando entró en diagonal al área. Ahí, en su hábitat natural, recibió el regalo y aplicó el manual del goleador: gambeta corta al arquero y caricia a la red para marcar uno de esos tantos que valen doble, que empiezan a amortizar el precio de un fichaje tan caro.

Por eso, el grito de gol de Silvio Romero tuvo tanto de alegría como de alivio. Él, más que nadie, sabe que puede significar el punto de partida para avanzar por el camino de la redención. A partir de ahora los hinchas del Rojo tienen la palabra.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.