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Grandes Esperanzas

Un accidente de tránsito lo alejó del ciclismo; su tenacidad y fortaleza le permitieron recuperarse

Jimena Barrionuevo
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10 de agosto de 2018  • 00:50

Cuando Martín Ornetti despertó ese mediodía de abril de 2007 con el sonido del monitor cardíaco al que estaba conectado desde hacía más de 15 días, supo en ese preciso instante que no iba a poder subirse más a una bicicleta. O por lo menos, así lo creyó en ese momento. Se había dedicado al ciclismo desde que tenía cuatro años y, a los 25, luego de meditarlo seriamente, decidió que ya era hora de poner fin a su carrera profesional. Abocarse en forma exclusiva a las competencias no era rentable en ese momento para él y entonces tuvo que dar un paso al costado. Pero siguió ligado al ambiente, desde luego. ¿Cómo abandonar la emoción de rodar y ver a los demás despuntar el vicio?

Pero esa mañana de abril que cambió su vida para siempre, acompañaba a su hermano Julián que competía en una carrera de ruta y los organizadores le habían pedido colaboración con el tránsito. Martín manejaba una moto y su experiencia y conocimiento del deporte le daban las herramientas para poder asistir a los ciclistas que lo necesitaran. Pero una vuelta del destino quiso que el conductor de una camioneta perdiera el control del vehículo y embistiera directamente contra la moto de Martín. "Ese día estaba todo cubierto por una espesa neblina. Incluso hasta lloviznaba por momentos. Recuerdo todo, hasta el instante en que entré a la guardia del hospital. Ahí me tuvieron que cortar con tijeras la ropa para poder revisarme bien porque tenía dos fracturas expuestas: una en el codo y otra en la tibia. Luego de ese momento no recuerdo nada, hasta el día que me desperté".

Martín acompaña en moto a uno de sus alumnos mientras le da indicaciones
Martín acompaña en moto a uno de sus alumnos mientras le da indicaciones

Fractura de fémur, fractura expuesta de tibia y peroné y fractura expuesta de cúbito y radio fueron las secuelas físicas que le dejó aquel accidente. Martín estuvo más de 15 días en coma y dos meses acostado sin poder mover un centímetro de su cuerpo mientras una vía colocada en su cuello le administraba antibióticos y calmantes para aplacar los dolores. "Tengo prótesis en el fémur y en la tibia, una plaqueta con con 11 tornillos en la zona del codo y alambre, mucho alambre quirúrgico. Pasé por cuatro intervenciones quirúrgicas pero lo que recuerdo como algo terrible fue haber convivido casi doce meses con una escara del tamaño de una mano, justo en el pliegue de la pierna y el glúteo".

Luego de permanecer dos meses acostado, pudo pasar a una silla de ruedas. Siguió un andador sin ruedas, después otro con ruedas, luego bastones canadienses, más tarde un solo bastón y finalmente pudo caminar solo. El proceso hacia la recuperación no fue fácil. "Tenía que estar con un parche en la cola que no me dejaba estar sentado y que, además, me generaba muchísmos dolores en la espalda y en la cadera. Durante diez meses tuve que tragarme el orgullo y aguantar que me limpiaran la cola cuando iba al baño e ir de cuerpo en una silla ortópedica. Salía llorando de las sesiones de kinesiología por la importencia de no poder hacer algo tan natural y normal como caminar".

Junto a uno de los doctores que salvó su vida
Junto a uno de los doctores que salvó su vida

A los cinco meses pudo empezar con algunos ejercicios supervisados en el gimnasio. Para cuando llegó la primavera, pudo volver a trabajar medio día y en noviembre cumplía ya la jornada completa. "Fue bastante duro para mí aguantar el ritmo de estar 8 o 10 horas por día trabajando, terminaba muy cansando, pero lo hice. Ese mismo mes me animé a subir a la bici y y ya no paré más en mi rehabilitación. Pude mejorar muchísmo con el correr de los días y al año ya estaba en una rutina que considero casi normal para alguien que hizo deporte toda su vida. Hoy pedaleo todos los días y voy al gimnasio tres veces por semana".

Muchos le preguntan si no tuvo miedo de volver a subirse a una bicicleta, pero para Martín ese había sido desde siempre su medio de transporte en la ciudad. También pudo participar de algunas competencias deportivas como el desafío Río Pinto, la carrera de mountain bike más importante de Latinoamérica que invita a los ciclistas a cubrir 85 km de alta exigencia. "Si mal no recuerdo, desde el accidente participé unas ocho veces. Puedo trotar, nadar, ir al gimnasio y trabajar. Además entreno a un grupo de alumnos, acompaño a algunos de ellos en moto y sigo mirando carreras".

Martín lo dice con seguridad: con limitaciones, uno aprende a vivir pero hay que superarse. "Lo que rescato es mi testarudez, mi amor propio y mi gran sentido del humor que me ayudaron a concentrarme para estar cada día mejor. No hay que bajar los brazos nunca y siempre pensar que se puede estar peor. Me siento súper orgulloso de lo que hice. Si bien tuve el apoyo incondicional de mi familia y amigos, a los dolores me los aguanté solo, a todas las incomodidades y a la impotencia de sentirme inútil un monton de veces, tambien. Hace años conocí a la que hoy es mi gran compañera de vida. Tuvimos a Juan Martín, que ya tiene 9 meses y siento que ellos dos son la razón por la que me desperté del coma y seguí mi vida. Hoy lo entendí así".

Si tenés una historia propia, de algún familiar o conocido y la querés compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

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