Las cloacas de la política al descubierto

Sergio Berensztein
Sergio Berensztein PARA LA NACION
Difícil saber si la crisis de los cuadernos será la oportunidad para una reforma que nos rescate de nuestra profunda decadencia institucional
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10 de agosto de 2018  

El miércoles pasado se cumplieron 44 años de la renuncia de Richard Nixon a la presidencia de los Estados Unidos. Fue el resultado del Watergate, hasta entonces el escándalo de corrupción conocido más impactante, si no el peor, de la política moderna, al menos en un sistema democrático. Permitió comprender una profunda trama de poder en la que se combinaban, entre otras cosas, una ambición electoral desenfrenada, una notable paranoia, negociados de distinta naturaleza y una actitud por lo menos pasiva, si no condescendiente, tanto de los servicios de inteligencia como de las fuerzas de seguridad. El periodismo, en particular dos jóvenes que trabajaban en The Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein, fueron los héroes en gran medida fortuitos de ese resonante caso.

El sistema político norteamericano cambió radicalmente a partir de entonces: un conjunto de reformas políticas e institucionales mejoraron la calidad de una democracia que se reveló más endeble de lo que se suponía, incluso luego de los asesinatos de John y Robert Kennedy y de Martin Luther King. Entre ellas, sobresalen la Oficina del Presupuesto del Congreso (de reciente creación en la Argentina) para limitar la discrecionalidad en la ejecución presupuestaria por parte del Poder Ejecutivo; el cargo de inspector general ( https://www.ignet.gov), una oficina con enorme capacidad de control y prevención de actos de corrupción y conflictos de interés; y otras leyes para incrementar la transparencia incluso a nivel estadual, como las del "gobierno a luz del sol" (Sunshine Acts).

Difícil saber si el singular tembladeral que están provocando los cuadernos de la corrupción tendrá un impacto similar. A juzgar por el raudal de arrepentidos que, apenas a una semana de que tomara estado público, tiene esta causa, podría incluso ser bastante peor. Algunas de las principales empresas y empresarios están mencionados en esas páginas. Otros podrían integrar ese incómodo listado si la investigación se extendiera para abarcar, por ejemplo, los subsidios al transporte (recordemos que Ricardo Jaime hace tiempo ha sido condenado y cumple prisión efectiva), la importación de gas licuado y el resto de la obra pública (los bolsos de López pueden ser interpretados como la punta del iceberg). ¿Fútbol para Todos? ¿Los manejos de la AFIP? Donde se ponga el foco, el Estado argentino, y no solo a nivel nacional, olía a pus.

En efecto, este terremoto sin precedente en la historia política argentina permite adquirir una idea aproximada de la monumental dimensión del drama institucional que padecemos hace demasiadas décadas. Se trata de un sistema político afectado por una verdadera septicemia, en la que se reprodujeron grupos mafiosos, esquemas sistemáticos de corrupción y todo tipo de negociados. El aparato del Estado constituyó un entorno particularmente proteico para potenciar esa clase de comportamientos. Más aún, en muchos casos, desde allí surgieron con voraz intensidad intenciones manifiestas de acumulación de poder, ese despliegue de ambiciones personalistas con frecuentes desvaríos hegemónicos.

Los mecanismos cleptocráticos de los Kirchner, conocidos desde sus inicios en la intendencia de Río Gallegos, fueron consolidados en su paso por la gobernación de Santa Cruz y multiplicados y expandidos a escala nacional durante tres períodos presidenciales. Los cuadernos de Centeno pueden utilizarse como una suerte de mirador para comprender, con cierta perspectiva, solo un porcentaje bastante acotado de una práctica sistemática y generalizada. Pero sería muy injusto ignorar que los problemas de corrupción, ineficacia de los controles estatales y colusión con el sector privado eran efectivamente de larga data. Gobiernos militares como civiles fracasaron en promover prácticas de transparencia. El Estado fue históricamente el socio bobo en muchos emprendimientos, y los contribuyentes, las pasivas víctimas que pagaron (pagamos aún) las consecuencias.

En algunos pocos aspectos, hubo mejoras significativas. Luego de la muerte del general Perón, del subsuelo del Ministerio de Bienestar Social, liderado por José López Rega, salían los famosos Falcon verdes de la Triple A, que comenzaron la represión ilegal que luego perfeccionó la dictadura. En ese edifico, donde originalmente funcionó el Banco Hipotecario, ahora lo hace la AFIP. Toda una metáfora del devenir de un Estado que, por acción u omisión, no deja de ser parte de uno de los principales problemas de los atribulados y empobrecidos ciudadanos a los que debería por lo menos proteger. Es cierto que los atentados contra la embajada de Israel y la AMIA dejan serias dudas respecto de si de las entrañas del aparato estatal no siguen surgiendo grupúsculos marginales que atentan contra la legalidad. Hipótesis parecidas pueden plantearse cuando se analizan las caídas de Alfonsín y de la Alianza. ¿No es sorprendente que la violencia y los saqueos se hayan frenado tan pronto se aceleraran los tiempos y cambiaran los gobiernos? Las muertes de Kostecki y Santillán nos vuelven a enfrentar a una realidad bien compleja y de la que poco o nada en verdad sabemos. ¿Quién sabe puedan ahora surgir nuevos arrepentidos, pero de las dolorosas experiencias de violencia política?

La década menemista era vista por no pocos observadores como la más corrupta de la historia, incluida la complicidad con no pocos empresarios. Pero a juzgar por la saga descripta por Centeno, puede afirmarse, parafraseando a Lenin, que el menemismo fue la enfermedad infantil del kirchnerismo. El tamaño del Estado creció exponencialmente (13 puntos del producto bruto interno), y con él la posibilidad de negociados de todo tipo. El liderazgo depredador de los Kirchner, incluyendo confiscaciones como el del sistema de pensiones, condenó al país a depender del crédito externo para financiar el gasto público. Y el miedo a un potencial retorno de Cristina a posiciones de poder podría detonar una corrida cambiaria peor a la que vivimos en el primer semestre.

Esto se hizo más evidente hace un año, cuando el resultado de las PASO incrementó la incomodidad de muchos ahorristas e inversores. El salto en el tipo de cambio fue una consecuencia directa de la estrategia electoral de polarización alentada por la Casa Rosada. Una pena que los estrategas electorales del Presidente no hubieran recordado la famosa frase del propio Richard Nixon cuando reconoció el triunfo de JFK en medio de fuertes denuncias de fraude, sobre todo en dos bastiones demócratas: Illinois (en particular, Chicago) y en Texas. "La democracia es mucho más importante que una elección", dijo Nixon, preocupado por la amenaza soviética en plena Guerra Fría. Algo similar expresó Al Gore cuando admitió su derrota frente a George W. Bush.

Los riesgos del escándalo de los cuadernos para el propio oficialismo no son menores. Aun cuando no se revise la actuación de la empresa Iecsa antes de 2007, cuando la familia Macri transfirió las acciones a Ángelo Calcaterra, incluyendo los proyectos en conjunto con personeros del kirchnerismo como Lázaro Báez, un electorado realmente preocupado por la cuestión de la corrupción interpelará al oficialismo respecto de las medidas implementadas para mejorar la calidad institucional. ¿Por qué Cambiemos hizo tan poco al respecto? Con un aparato estatal enorme, casi inútil y lidiando con tamaña septicemia, los imaginativos comunicadores oficialistas recurrieron a un tratamiento con flores de Bach. Una curita para frenar una hemorragia.

Las fallas institucionales de la Argentina son estructurales. Ningún debate serio se ha dado al respecto. Ignorando ese disfuncionamiento, nada serio, estable, mucho menos "normal", puede pretender construirse.

Analista político

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