No matarás, no robarás

Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
Sergio Suppo
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12 de agosto de 2018  

"Ningún justificativo nos vuelve inocentes. No hay 'causas' ni 'ideales' que sirvan para eximirnos de culpa. Se trata de asumir ese acto esencialmente irredimible, la responsabilidad inaudita de haber causado intencionalmente la muerte de un ser humano". Escritas por el filósofo Oscar del Barco al promediar la década pasada, esas palabras forman parte de un texto que provocó un debate significativo, pero acotado al ambiente intelectual sobre la violencia política en los años 60 y 70. Conocida como "No matarás", la carta que escribió este exmilitante de izquierda a la revista La Intemperie fue a la vez un acto de contrición sobre el uso de la violencia y una descripción del fenomenal fracaso de la política en esa época. Esa desgracia consistió en asumir que la muerte era una solución, la solución. Graciela Fernández Meijide acierta cuando dice que su generación le dejó a la siguiente esa herencia de bandos que se mataron sin haber después admitido semejante desastre como un error. Peor, hubo quienes desde el poder, durante la década kirchnerista, llegaron a reivindicar aquella violencia.

Al amparo de una convalidación social más o menos explícita, la generación política siguiente, bajo una democracia sin interrupciones, construyó otro legado: la corrupción como sistema. En los 90, los robos desde el poder fueron presentados como parte de las transgresiones del menemismo, que, se creía, incluían una apuesta por la modernización. Una fracción importante del electorado privilegió una cierta comodidad económica y asumió el "roba pero hace".

Entonces, como en el kirchnerismo, los contratos con retornos, las licitaciones con coimas y los funcionarios enriquecidos no fueron un secreto. También en esa época comenzó un reparto de dinero en negro entre jueces y legisladores a cambio de fallos y leyes. Los votantes que consagraron a Carlos Menem y al matrimonio Kirchner sabían que lo que tanto les fascinaba incluía bendecir la corrupción. Allá, en los 90, bajo la bandera de la modernidad. Más acá, con la ilusión de la distribución de la riqueza.

Es bajo ese paraguas que llegaron a desarrollarse dos justificaciones que todavía hoy perduran y son utilizadas en estas mismas horas como argumento de defensa.

La política dice que para llegar y mantenerse en el poder se necesita mucho dinero. ¿Es acaso una casualidad que durante décadas nunca lleguen a ninguna parte los debates para aplicar leyes que transparenten los fondos electorales? Los contratistas del Estado, desde su vereda pero en la misma calle compartida por la política, responden que para que sus empresas funcionen siempre debieron pagar sobornos. ¿Quién pide la coima? ¿Quién la ofrece? Cambian los nombres, los estilos y las formas, pero nunca el fondo. Es todavía difícil saber si el cambio de gobierno en 2015 expresa al menos en una parte un rechazo al robo como dogma político. Esa historia está todavía por escribirse.

Tal vez haya algo tan malo como matar y como robar. Celebrarlo y no arrepentirse.

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