De la vanguardia a la fantasía

Sutiles imágenes poéticas, y monstruos mitológicos que convocan la aventura
Verónica Chiaravalli
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12 de agosto de 2018  

"Preclara por el doble resplandor de sus crenchas y de su altiva juventud, leve sobre la tierra. Leve y altiva y fervorosa como bandera que se realiza en el viento, era también su alma". La inolvidable descripción que Borges hizo de Norah Lange revive en las páginas de La calle de la tarde. Los días y las noches. El rumbo de la rosa, volumen con el que Eudeba reedita los tres primeros libros de la escritora. Un regreso a sus comienzos poéticos, recuerda en el prólogo Tania Diz, porque luego Lange cultivaría otros géneros.

Fuente: LA NACION

Para presentar a la poeta, Diz acentúa las cuestiones de género y el modo en que la condición femenina de Lange (acaso más que su extracción social) determinó la recepción de su obra. El clima artístico que se respiraba en la casa familiar -que frecuentaban Marechal, Scalabrini Ortiz, Alfonsina Storni y el propio Borges- marcaron la vocación de Norah, que a los 14 años empezó a escribir poesía. Su nombre se incorporó pronto a la constelación formada por Victoria Ocampo, Alfonsina y Salvadora Medina Onrubia. En el mundo de la cultura, donde la presencia activa de las mujeres era celebrada -en el mejor de los casos- como una excepción, Lange, según Diz, supo jugar el juego a su favor hasta ocupar un lugar relevante en el movimiento vanguardista. Claro, tenía que moverse al bies para lograr su propósito, lo que dependía, en gran parte, de no herir la sensibilidad masculina. Dice Diz que Norah actuó "el rol de género esperado: se vistió, sedujo y se movió como la bella, joven y pelirroja Solveig que cristalizara Marechal, pero con una segunda intención: escribir".

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La editorial Artifex ha lanzado las dos primeras entregas de la serie fantástica protagonizada por el brujo Geralt de Rivia: El último deseo y La espada del destino, que le han reportado a su autor, el escritor polaco Andrzej Sapkowski, premios y seguidores en todo el mundo.

Fuente: LA NACION

La aventura tiene su miga más allá de la peripecia. En una atmósfera vagamente medieval, que no desdeña elementos góticos ni seres mitológicos, Geralt, para ganarse la vida, va de pueblo en pueblo rompiendo encantamientos y cazando monstruos, penetrando castillos tétricos y abriéndose paso a través de bosques tenebrosos.

Contra lo que cabría esperar, Sapkowski no se limita a brindar al lector acción trepidante, sino que trabaja para dar espesor emocional a sus personajes y una consistencia a los diálogos que exceda lo meramente instrumental en relación con la trama. El sentido del humor-que no falta- hace el resto.

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