Suscriptor digital

Sobrevivir en el frente

EL GUERRERO APLICADO Por Jean Paulhan Tres Haches-Traducción: M. Pascual, J.S. Perednik y H. Savino-89 páginas-($14)
(0)
26 de julio de 2000  

Figura enigmática de las letras y del pensamiento francés contemporáneo, Jean Paulhan (1884-1968) dejó una sobria y profunda huella con su doble actuación: como autor de una breve aunque fundamental obra narrativa y ensayística, y como secretario primero y director después de la Nouvelle Revue Française, origen de la mítica editorial Gallimard, y en cuyas páginas confluyó buena parte de la mejor literatura de Francia. Desde allí, mientras Gide, uno de los fundadores de la revista, se vuelca a construir una figura pública, Paulhan alienta a escritores que incomodan, como Artaud o Bataille.

Jacques Lacan tomó aquí y allá los ensayos de Paulhan ( Claves de la poesía, La pintura cubista, Las flores de Tarbes ) como motor de reflexión, a veces con una visión crítica, y no siempre con mención de la fuente. También El guerrero aplicado , nouvelle ahora traducida al castellano, le sirvió como ejemplo en un célebre discurso cismático ante la Escuela Francesa de Psicoanálisis.

El guerrero aplicado (una obra que, según fechas y actitudes estéticas parecen demostrarlo, abrió camino nada menos que al Viaje al fin de la noche , de Céline) es un relato de respiración contenida, desconcertante en más de un sentido, escrito con un aparente tono de desapego. De lectura aparentemente fácil, pero difícil de procesar en todas sus consecuencias.

En 1914, Paulhan se alistó en el ejército francés y marchó al frente, donde resultó herido pocos meses después. Esa es la excusa, más que la sustancia, de este libro. Lector de Chesterton, el autor ama la paradoja: lo más convencional es a veces lo más revulsivo. Lector de Sade y de la tradición de los malditos, sabe que el mal es la gran omnipresencia a la que nadie que pretenda calar hondo puede sustraerse del todo. El contrapunto subterráneo entre esas dos notas es la verdadera sustancia de este texto.

Un joven se alista voluntariamente en el ejército y va a dar a las trincheras. A su alrededor vuelan los obuses, mueren compañeros y enemigos. No hay buenos ni malos, hay un papel que cumplir. No hay razones ni alegatos, ni a favor ni en contra de una u otra posición. Sólo hay un aplicarse a la tarea. Eso mismo sucede en el nivel del relato: una aplicación a contar, a describir, sin estridencias. El horror no se dice como horror, el mal no se dice como mal. Sólo hay un choque, silencioso aunque sin tregua, entre los hechos y la humanidad de los personajes, entre lo que se lee y la humanidad del lector. Vale la pena sobrevivir a esa experiencia, como lo hicieron el autor y su personaje, heridos en el frente de batalla.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?