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Las damas de Bollini

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
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10 de agosto de 2018  • 00:34

Son apenas dos cuadras de calles empedradas en el barrio de Recoleta. Durante la epidemia del cólera de fines de siglo XIX, varios inmigrantes europeos fueron trasladados de un asilo a la quinta de Bollini, en los alrededores de lo que hoy es el Hospital Rivadavia. Más tarde, esos hombres y mujeres con sus familias se instalaron allí, levantaron casas, cultivaron quintas y organizaron una feria ambulante de frutas y verduras. Recién en 1887 se le dio el nombre de Pasaje Bollini a las dos cuadras situadas entre French y Pacheco de Melo, que todavía conservan el semblante de otras épocas. Las veredas son angostas y las calles resultan poco aptas para el taco aguja, las bicicletas y los apurados. Varias leyendas cuentan historias de presos fugados de la Penitenciaría Nacional, que estaba en el predio del Parque Las Heras, ¿pero a quién se le hubiera ocurrido esconderse a pocos metros de la cárcel de la que se había escapado con tanto esfuerzo?

En la década de 1980, el pasaje comenzó a poblarse de restaurantes, pubs y bares. De esa época proviene La Dama de Bollini, la primera en un territorio de malevos, quinteros y fugitivos. Más vale tarde que nunca, la presencia femenina trajo al parecer aires benéficos a un territorio dominado por varones. Con ella, llegó la poesía.

El mapa de Google muestra que La Dama está cerca de la esquina de Pacheco de Melo. Es uno de los bares preferidos por los poetas, donde se reúnen para hablar de literatura, presentar sus libros y participar de lecturas desde un año emblemático para la Argentina: 1983. La literatura y la democracia suelen conformar un binomio perfecto. En el ambiente iluminado con luces tenues, casi doradas de La Dama de Bollini leyeron sus poemas Olga Orozco, Alberto Girri y Alfredo Veiravé. Y entre los asistentes al café literario organizado por Cecilia Leoni, la fundadora del espacio, estuvieron Jorge Luis Borges y una joven María Kodama. El autor de El Aleph, cuándo no, creyó percibir en ese paisaje urbano los vestigios de conventillos y corralones donde merodeaban las almas en pena de los compadritos.

El sábado pasado, la poeta y editora Mónica Sifrim presentó allí su nuevo libro, Un barco propio. Es el sexto que publica, en el conjunto de una obra que se madura con paciencia sabia. Para la ocasión, eligió como presentadores a dos amigos: la poeta Andi Nachon y el poeta y crítico literario Mario Nosotti. Los dos coincidieron en resaltar las resonancias del título del libro, que puede aludir tanto a Un cuarto propio, el ensayo de Virginia Woolf, como a los poemas de El barco ebrio, de Arthur Rimbaud. Aunque la autora admitió que había algo de eso en el gesto que implica poner un título a un libro propio, reveló que la expresión elegida provenía de una frase que su madre utilizaba cuando quería tranquilizarla. "Estás a salvo porque tenés un barco propio", le decía a modo de consuelo. Ese barco era la poesía.

Un barco propio, por Mónica Sifrim
Un barco propio, por Mónica Sifrim

Los poemas del libro de Sifrim, de versos breves y vacilantes, parecen contradecir de manera suave (y por momentos de manera cómica y también melancólica) a su madre. "La poesía/ no era// la poesía no era/ mar ni/ tierra firme", se lee en uno de los escritos. Representada como una embarcación hecha con dos tablones de roble, que "pide poemas" y traza con aceite de palabras un mapa, la vida a bordo del barco de la poesía no es tan dorada como dicen. El género lírico encuentra su definición en Un barco propio: "Arma de doble filo/ mientras te cicatriza/ te desdice".

Antes de leer la selección de textos del libro, Sifrim agradeció a los amigos que la acompañaban esa noche en La Dama de Bollini. Como ella, muchas eran damas de la poesía argentina: Diana Bellessi, Dolores Etchecopar, Vivian Lofiego, Laura Klein, María Chemes y Florencia Abbate se habían dado cita en el pasaje porteño para saludar y acompañar a la amiga. La autora confió que no encontraba argumentos coherentes para un ritual que mujeres y hombres, jóvenes y ancianos mantienen hace años en distintos lugares de la ciudad. ¿Por qué se escriben poemas, por qué se leen y se escuchan en público, mientras se observan los gestos del que escribió en soledad y ahora lee, en un bar porteño, ante otros? Con o sin explicación convincente, en el mismo barco viajamos, y uno de los poemas aventura que "tal vez sople el viento/ remojado/ henchido de tristeza/ como luego de una bacanal". Desdiciendo un poema de Un barco propio con el propósito de cicatrizar los surcos de ese sentimiento, un lector (dama o caballero) podría decir que al fin y al cabo somos ricos porque tenemos palabras.

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