Un himno a la alegría, los olores y el optimismo

Francis Mallmann
Francis Mallmann PARA LA NACION
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12 de agosto de 2018  

El olfato resume un universo especial que influye mucho en nuestra vida; agrado o desagrado. Además de la intuición que tenemos en cuanto a los olores, parece haber una memoria colectiva que nos es legada en la cuna. Caminar por los mercados callejeros asiáticos nos remite a fragancias fétidas que al desconocerlas se hacen insostenibles.

Estaba sentado en un tren muy veloz, viajando de París a Provenza con destino a Grasse, la capital de los perfumes. Hacía muchos años, un perfumero que se jactaba de tener uno de los mejores olfatos del mundo me había dicho que tristemente había una tendencia marcada a la universalidad del olfato, en la que cada vez más todo debía tener olores parecidos, lo mismo que sucedía con los vinos.

En la Edad Media, Grasse fue región de curtiembres, donde utilizaban orina y excrementos animales para curtir el cuero. A raíz de las quejas de los nobles por el olor que tenían sus guantes, un artesano decidió hacerlo con esencias perfumadas destiladas por paisanos.

Así, lentamente comenzó la artesanía del perfume, que con los años fue evolucionando con flores que llegaron de distintas regiones del planeta: jazmín de la India, nardo de Italia... Ya en el siglo XIX los contornos de Grasse se habían convertido en un gigante jardín de flores, donde la enseñanza y la trasmisión familiar había logrado dar a ciertas narices "un don de perfume".

La noche anterior, arrodillado en el piso, bajo la ducha, había lavado mi gorra con un cepillo duro, por dentro y por fuera; siempre me gustaba ver cómo se desteñía, dejando aureolas azules sobre los azulejos. Con un movimiento certero la arrojé al lavatorio. Al salir, la escurrí dentro de una toalla y la colgué. Antes de meterme en la cama, le agregue un leño más al fuego, que olía deliciosamente a resinas.

Esa mañana, cuando creí despertarme, vi que mi corazón estaba caído en el piso. Una profunda tristeza me había abrazado durante la noche; mis sueños me habían llevado por grandes tormentas de nieve. Allí había dormido con zorros en sus echaderas, apoyando mi cabeza sobre ellos, que olían a almizcle. Me agaché y levanté mi corazón, y me di cuenta de que al tenerlo en mis manos y apretarlo suavemente mi memoria retrocedía en los años y paraba cuando lo soltaba, dejándome en un momento exacto de mi vida, siempre entre nubes de olores precisos.

Delante de mis ojos pasaban las horas del pasado con cada posible detalle, en veloces imágenes. Luego de revisar durante largo tiempo los hechos, me di cuenta de que no había ninguna razón para haber encontrado mi corazón en el piso. Mi vida había sido un himno a la alegría, los olores y el optimismo. Las batallas, si bien habían sido muchas y dolorosas, siempre me habían dejado de pie, entero, con una camisa blanca planchada con lavanda para volver a comenzar. Sentía tener una fuerza esencial que se remitía a un lugar de mi memoria desde donde crecía una y otra vez, irrefutablemente, un jardín de paz.

Al despertarme aún había brasas rojas sobre las cenizas. Pensé: pero los sueños, sueños son. Me puse mi gorra todavía húmeda así se secaba rápidamente; olía a jabón de Marsella. Fui a la cocina, hice café y corté una enorme tajada de pan que tosté ensartándola deliciosamente en una varilla muy fina de hierro, que estaba de pie sobre las brasas; la asé lentamente para lograr una costra gruesa y crocante. Abundante manteca y dulce de damasco con café negro, nada mejor. Mis olores preferidos de la mañana serían una introducción a Grasse.

Había aprendido que finalmente la creatividad nacía con la generosidad y que todos los olores anteriores me llevaban a un nuevo comienzo, a una hoja que parecía estar en blanco, pero llevaba indefectiblemente los perfumes del pasado.

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