Alta fidelidad. Álvarez, Argerich, Bach: esto sí que es Argentina

Martha Argerich
Martha Argerich Fuente: Archivo
Fernando García
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12 de agosto de 2018  • 10:52

"La ficción te da licencia para matar", me había dicho el mexicano Juan Villoro en una de sus visitas a la Feria del Libro de Buenos Aires. Hablábamos entonces durante un desayuno sobre su camino de ida y vuelta entre la crónica y la novela. "Aires de hip hop" sería la mejor manera de definir "Una Vela", la canción o el rap de Pity Álvarez con Intoxicados. Se escucha en el sexto capítulo de la primera temporada de la ficción El Marginal, cuya segunda temporada acaba de poner en el aire la TV pública alias Canal 7. Suena de fondo a un plano aéreo sobre el patio de la imaginaria cárcel de San Onofre conocido puertas adentro como La Villa. Si el género se supone intimidante esto es lo más cerca que se ha llegado en la Argentina. Álvarez sale a pasear en bicicleta por su barrio bravo y señala, con swing y crudeza, las cosas como son. La secuencia de El Marginal se filmó en 2015 y entonces Álvarez ya era un consumado adicto a la pasta base y el fantasma de acaso el mejor cronista del hegemónico rock neorrealista de las últimas dos décadas. Pero el contexto cambió y cuando se la escucha ahora ya no es la música de un artista que coqueteaba con el abismo sino la obra de un homicida que terminó en una cárcel real. Utilizándola para su soundtrack la serie, la ficción, anticipó sus pasos. Lo puso entre rejas antes que la justicia.

Pity Álvarez
Pity Álvarez Fuente: Archivo

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Parte de la magia de Martha Argerich radica en hacernos sentir que la espiamos mientras toca sola el piano en su casa que es el escenario. Por eso su desplazamiento del backstage al instrumento parece íntimo y tan doméstico. Bajo la cortina de su melena cenicienta sus dedos rehacen a Bach trescientos años después. Sin partitura a la vista Argerich ejecuta ya no una pieza de piano sino una emoción atávica. Afuera llueve y la calle está llena de gente muy joven, la mayoría mujeres con pañuelos verdes, que siguen el debate en el senado por la legalización del aborto. Si para llegar al CCK se atravesó el gentío es imposible no pensar o sentir que la tarde noche se ha vuelto histórica y a la épica de la movilización le corresponde el sonido de la Historia que es esto mismo que Argerich esparce en el ambiente. Juan José Saer elegía la cultura alta a la popular porque decía que esta era "instrumentalizada" una y otra vez por la industria. Hagamos Bachplotation entonces y repasemos mentalmente las imágenes del día con este sonido sublime. Argerich ha conseguido que una pieza del siglo XVII parezca compuesta exclusivamente para esta jornada. Y no le hizo falta atar un pañuelo a su instrumento como sí había hecho sobre este mismo escenario Patti Smith.

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En Buenos Aires hay un piano fantasma y está en la estación Las Heras de la línea H del subterráneo. Quienes la frecuentan saben que a cualquier hora alguien, anónimo, ocupa un piano eléctrico Casio que se dispone en un rincón de camino a las escaleras que llevan al andén. A diferencia del músico ambulante que espera en el andén o irrumpe en los vagones, el pianista fantasma no espera captar las monedas o el aplauso del público. No se forman círculos a su alrededor, a veces algún pasajero se detiene a una distancia prudente y lo espía o filma con el smartphone. Se parece menos a un concierto espontáneo que a lo que en el arte contemporáneo se llama "instalación". A veces fantaseo con, en el estilo de televisión expandida de la dupla Cohn-Duprat, poner una cámara fija y filmarlos a todos, sonrisas de clavicordio. Yendo y viniendo de la estación Las Heras he escuchado de todo: Beethoven, Lennon-MacCartney, Piazzolla; improvisaciones de jazz y blues; una versión de "Hold the line" de Toto y otra memorable de "Spaghetti del rock" de Divididos. El piano fantasma suena todo el día: rarísimo encontrarlo vacío, sin ejecutante. Quizás mientras Argerich rehacía a Bach como el Ennio Morricone de la película argentina en la estación Las Heras el piano fantasma haya tocado "Homero" , la más emocionante de las canciones de Álvarez, rockstar (no es metáfora, no es Villoro) con licencia para matar.

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