Darth Vader, enemigo jurado de mi auto

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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11 de agosto de 2018  • 00:18

Esta historia es de verdad increíble. Pero como estuvo muy cerca de causarme, de mínima, un accidente muy grave, y como el origen de ese potencial desastre se remonta a la más inverosímil e insignificante de las circunstancias, y como, además, todo esto tiene que ver con electrónica y computadoras, ahí va.

Siempre usé la misma marca de autos. No importa cuál, pero siempre la tuve por muy robusta y, dada mi impiedad con los vehículos de motor, nunca me dio motivo de quejas. En 2011 cambié mi coche por otro de la misma fábrica, luego de castigar durante 16 años (en serio) al anterior.

Era, de nuevo, un compacto sin pretensiones, de precio medio, pero, para mi asombro, incorporaba tecnologías de las que mi anterior vehículo carecía; 16 años también significaban mucho para la industria automotriz, por la llegada de la digitalización.

Media pila

A mi nuevo coche lo bauticé X-Wing, porque entre su caja manual (nunca me saquen la caja manual, por favor) y su escasa distancia entre ejes, se comporta con la agilidad de un jet de combate. Pero, salvo en las películas, tarde o temprano, algún componente de cualquier máquina necesita un reemplazo . Saltemos siete años, a mayo último, cuando mi X-Wing empezó a exhibir algunos problemitas para arrancar. Por supuesto, le había hecho todos los servicios de rigor, en eso soy metódico. Pero algo estaba pasando.

Puesto que vivo a 40 kilómetros del diario y en una zona donde los colectivos pasan con más o menos la misma frecuencia que en el Sahara profundo, decidí llevarlo a un taller. Allí, una persona sabia, antes que ninguna otra cosa, y a juzgar por el aspecto vetusto de la batería, optó por medirla con un instrumento que parecía salido de El Imperio Contraataca. De inmediato mostró algo en la pantalla. Algo que, evidentemente, no estaba bien. Quiero decir, nada bien. Porque el muchacho se dio vuelta, me miró con cara de asombro y negó con la cabeza estupefacto. Me dijo una serie de cosas que ya he oído en otras ocasiones. Que esa batería estaba totalmente agotada (pero totalmente, ¿eh?). Que no entendía cómo el auto arrancaba. Si recordaba cuándo la había cambiado por última vez.

-Más de tres años, seguro -calculé-. Por ahí, cuatro.

Volvió a negar con la cabeza, como quien está frente a un prodigio a la vez imposible y censurable, y procedió a cambiarla; ignoro por qué nadie me avisó antes sobre este asunto. En todo caso, esta vez el coche arrancó con un trino dichoso, y no con un gruñido agónico, pagué y me fui a la Panamericana lo más contento. Pero los verdaderos problemas no estaban sino a punto de comenzar. Uno o dos minutos después perdió potencia durante unos instantes, cosa muy rara, y luego se calmó. Quise creer que no era nada. Pero al día siguiente el auto súbitamente perdió potencia otra vez, cabalgó, se encendió una alerta en el tablero y, como no tenía ningún Arturito para que me asistiera, me preocupé bastante.

Por fortuna, soy tal vez demasiado prudente para manejar. Siempre voy por la derecha y a 90 kilómetros por hora. Un mes después, ese exceso de cautela iba a salvarme la vida.

Ese día, sin embargo, se calmó y no volvió a darme problemas. Quise creer que había sido algo al azar, una basurita en la nafta o algo por el estilo (siempre pensamos así, aunque sabemos que es por completo ilusorio), y a la mañana siguiente el alerta se había apagado. Por supuesto, el auto volvió a fallar ese día, varias veces. Lo mismo en las siguientes jornadas. También se encendió una nueva y más amenazante alerta en el tablero y, tras una semana de sustos, quedaba claro que tenía que volver a boxes.

Había una sola circunstancia sospechosa en esta película. Hasta el momento de cambiar la batería, el auto andaba perfectamente bien. No podía no haber relación entre una cosa y la otra. Pero todavía no tenía ni idea de cuál era el vínculo.

La solución para esta clase de fallas es más o menos siempre la misma, al menos con estos modelos. Se cambian la bobina, los cables y las bujías. Todo a nuevo y original. Llevó menos de una hora, pagué y volví a la Panamericana lo más confiado. Hasta que cinco minutos después volvió a toser, a perder potencia durante unos segundos y a mostrar alertas en el tablero. Recité un montón de párrafos de La Eneida en latín y quise creer (de nuevo) que mi X-Wing, ya curado, mostraba sólo síntomas de su convalecencia.

Un viernes fatídico

Bueno, no. Durante los siguientes dos o tres días, a la falla, de por sí bastante aterradora en una autopista por la que zumban vehículos a más de 100 kilómetros por hora, vino a sumarse un nuevo suplicio. En un momento, el motor, simplemente, se apagó. Vinieron en mi auxilio los casi 40 años que llevo manejando, y, sin perder demasiado la calma, lo puse en punto muerto, corté el encendido, esperé un par de segundos y volví a ponerlo en marcha; sin detener el auto, por supuesto. Por fortuna, arrancó.

Era obvio, sin embargo, que tenía un problema muy serio y ese mismo día tomé un turno con el service oficial. Porque ahora a los autos se los puede escanear y sus computadoras cantan la justa, como si fueran una PC. Bueno, esto no es nuevo, en realidad, pero me daba la posibilidad de preguntarle al coche qué demonios le estaba pasando, al revés que con mi vehículo anterior. No obstante, como averiguaría más adelante, ninguna computadora del mundo habría podido develar el secreto detrás de estos percances.

Durante los más o menos diez días que pasaron antes de mi turno, el coche siguió fallando a diario, aunque con largos y misteriosos períodos de calma. Mi cabeza funcionaba a máxima velocidad tratando de entender qué ocurría. Hablé con un montón de gente. Consulté foros. Era más intriga que voluntad de resolverlo. Pero no llegué a ninguna conclusión firme. Habría bastado con hacer memoria, sin embargo. Porque la catástrofe había estado incubándose durante años, y yo debería haberlo sabido.

El coche iría al service oficial un martes. El viernes anterior, a la hora pico, cuando volvía del diario por la Panamericana, el asunto se puso de verdad desagradable (y peligroso). Supongo que no necesitan que les explique lo que es el tránsito de viernes. Pues bien, aparte de perder potencia varias veces, esa noche el motor se apagó en siete ocasiones. En seis logré ponerlo en marcha de nuevo, pero a la séptima -número cabalístico, si los hay- mi X-Wing quedó a la deriva (casi sin dirección), con un camión de como 100.000 toneladas pegado a mi baúl y haciéndome luces solidariamente.

Es en este punto de la historia en el que manejar con excesiva prudencia me salvó del desastre. Porque si hay algo que no querés es quedar un viernes a la hora pico detenido en el medio de la Panamericana. Es casi inevitable que alguno de los descerebrados que van buscándose un accidente terminen por encontrarlo al impactar contra tu auto. Hay que decir también que habría sido muy irresponsable de mi parte ir por esos carriles con un coche que venía fallando así. Pero es un hecho que los que hacen eses a 180 kmph suelen chocar con coches detenidos a la derecha.

En fin, encendí las balizas, lo deslicé lentamente hacia la banquina, el señor solidario del camión gigantesco me obsequió un largo bocinazo de lo más comprensivo y tolerante y, cuando me detuve, esperé alrededor de un minuto (que pareció un mes) y después de eso arrancó de nuevo. Y no volvió a fallar.

¡Ups!

Sinceramente, no sé qué me molestaba más, si no poder confiar en mi coche o no saber qué carámbanos estaba pasando. No obstante, creía haber descubierto un patrón. Era cierto, pero estaba todavía muy, pero muy lejos de adivinar el origen de ese patrón.

¿Qué había descubierto? Que cuando el auto marchaba a una velocidad muy constante y por superficies muy lisas, la falla se esfumaba. Lo probé varias veces, y era posible reproducir esta condición. ¿Están pensando en un cable suelto? ¿En un falso contacto? Sí, claro, ¿pero qué lo había causado en primer lugar?

Llegó el martes y, por fortuna, recibió mi auto Raúl. Al revés que muchos otros, Raúl no se limitó a oír mi relato, tomar notas, ponerle tildes a algunas casillas y llamar al mecánico. Con el capó abierto y el motor en marcha, notó unos flexibles allá abajo sujetos con cinta aisladora. Eso no le gustó, los movió con la mano. Y el coche se apagó.

-¡Ups! -exclamó. Luego volvió a ponerlo en marcha, tocó de nuevo los cables y otra vez se apagó, sin más.

-Era eso, caramba -recordé de pronto, perplejo y furioso (no usé exactamente la palabra caramba), y le conté la historia de esos flexibles sujetos con cinta aisladora. ¿Están sentados?

Black is the old black

Luego del segundo service, en 2013, mi X-Wing falló un par de veces, con pérdidas de potencia, aunque sin apagarse. Lo llevé de inmediato al taller oficial, porque ya me había ocurrido otras veces que el service dejara algo mal conectado, y después de esperar 15 minutos de bastante mal humor, apareció Pablo, el gerente del taller.

-Una consulta -lanzó-. ¿Usted deja el auto en un garaje?

-Sí, señor -le respondí.

-¿Y es posible que haya ratas en ese garaje?

OK, eso no me lo esperaba. Le dije:

-No, imposible. Pero si es lo que estoy pensando, no fue una rata.

Me llevó hasta el auto, que estaba rodeado por seis mecánicos que miraban el motor, y me mostró unos flexibles allá abajo, minuciosamente masticados. Obviamente no eran las marcas que deja un roedor. Era, de hecho, todo lo contrario.

Unos seis meses antes de este service había rescatado a Matilde, una gata que encontré malherida en la calle. Pasaron los meses, se curó, creció y demostró ser muy sociable con la gente, pero no con sus congéneres. Así que, para ayudar en la adaptación, dormía en el garaje, apartada de mis otros gatos.

Llegó el frío y Matilde no sólo encontró un lugar calentito para dormir, el chapón debajo del motor de mi auto, sino también algo con lo que entretenerse y calmar la ansiedad. Exacto, el flexible por donde pasaban varias arterias eléctricas vitales del auto. Lo usaba de chicle.

En esa ocasión, le pregunté a Pablo:

-¿Qué habría pasado si los cables se terminaban de cortar?

-Bueno, de todo, desde quedarte sin dirección hasta que se apague el motor.

La escena me pareció aterradora, sin imaginarme que cinco años después atravesaría exactamente por esa situación. Repararon los cables, dañados por al antedicho felino doméstico, y nunca más tuve un problema. Pasó el tiempo y me olvidé por completo del evento Matilde.

Hasta que la reparación de 2013 (mal hecha, me explicaría luego Raúl) dijo basta y empezaron a producirse toda clase de infartos eléctricos y lógicos. Esta vez, me aseguraron, reemplazarían los cables, que era lo que correspondía, y asunto terminado. El mismo día tuve otra vez mi auto y, obviamente, funcionó desde entonces sin el más mínimo error.

La maniobra del cambio de batería había empezado a degradar ese antiguo empalme. El cambio de bobina, bujías y cables posiblemente fue innecesario, pero nunca está de más; eso sí, también contribuyó al derrumbe casi total de la reparación que habían hecho en 2013.

Nota graciosa: una semana antes de todos estos enojosos incidentes, el vehículo había pasado con éxito la verificación vehicular. Otra cosa: al rodar por pista lisa y a velocidad constante, los cables casi no se movían y por eso la falla desaparecía. La computadora del coche solo informaba problemas con el catalizador (lógico, porque la combustión apestaba), pero no decía nada de los cables masticados por el mamífero bigotudo. Háblenme de inteligencia artificial, pero la diferencia esta vez la hizo la intuición de un ser humano, y su compromiso con las tareas que hace a diario.

Y algo más: Matilde sigue con nosotros, por supuesto, aunque no se le permite el acceso a ninguna clase de vehículos de motor. Es una hermosa gata negra. Completamente negra. Como Darth Vader, digamos.

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