Las ventajas de saber habitar la derrota

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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11 de agosto de 2018  

Aveces uno quiere ganar, pero, sin embargo, pierde. Se apostó a la victoria y no se dio, no se obtuvo lo deseado o, peor aún, se dejó de ser o de tener lo que se tenía. Sobrevino la derrota, la caída, la pérdida.

Algunos tratan de obviar este tipo de sinsabor aboliendo el deseo, como lo hacen algunos enfoques orientales. "Si no deseás algo en especial, si no competís, si no querés vencer o salir primero, no sufrís pérdida ni derrota alguna", suelen decir, con bastante sentido común, aquellos dados a esas disciplinas espirituales.

Es verdad que ese tipo de frases, por causa de cierto automatismo en su manera de ser expresadas, en ocasiones parecen pronunciadas por gente que "está de vuelta sin haber ido", pero nadie puede negar su razonabilidad.

Pero acá estamos, occidentales al fin, deseando, compitiendo. Es así entonces que nos arrojamos a la contienda llenos de deseo de ganar algo, vencer, lograr imponernos, ser los primeros, sentirnos superiores a algún adversario o enemigo. Pero para nuestra tristeza esto muchas veces no se da porque los otros hicieron más goles, sacaron mejor nota o lograron descollar más que nosotros.

Es verdad que de las derrotas se aprende, que no hay que sentirse vencido ni aun vencido, que podríamos eventualmente apelar a la resiliencia, a la sabiduría, a la superación y toda una serie de recursos que, convengamos, solamente aparecerán después de haber sufrido la "Cancha Rayada" propia, con toda la amargura inapelable que aquel que pierde puede sentir.

Tememos perder porque cuando sentimos que solo valemos por ser ganadores, al ser vencidos nos sentimos arrojados a un infierno existencial. Esto es así porque una cosa es perder y otra cosa, muy diferente, por cierto, es ser un perdedor.

De hecho, "sos un perdedor" es uno de los nuevos insultos importados, de uso corriente hoy en día. En el rótulo de "perdedor", de "loser", hay un cariz ontológico: uno es un perdedor, no una persona que, cada tanto, pierde. Del ranking de la vida (para los que suscriben ese tipo de mirada, la vida se vive en términos de ranking), el perdedor siempre habita los últimos lugares, y eso supone una identidad que amerita el "no existís", algo que genera dolor, bronca y resentimiento.

La idea propuesta, sin embargo, es habitar la derrota, dolerse, amargarse, sin anestesia. Bancársela, como quien dice. No encubrir la derrota, sino sufrirla como corresponde: llorar, maldecir y todos los etcéteras que, señor lector, surjan de su propia experiencia. No negar los hechos: se quería ganar y se perdió; hay que bancárselo.

Solamente cuando, tras morder la tierra, nos demos cuenta de que seguimos siendo quienes somos, sabremos que, en verdad, no somos perdedores; solamente ocurre que, a veces, perdemos. Y es recién entonces cuando vale aquello de aprender de la experiencia, no darse por vencido ni aun vencido o habitar el desapego y la trascendencia sin atajos, sin imposturas: la derrota como circunstancia, no como identidad, para seguir el camino sin claudicar.

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