Aborto: se sacó de la clandestinidad un tema polémico

Norma Morandini
Norma Morandini PARA LA NACION
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10 de agosto de 2018  • 15:33

En el día después, cuando sobrevive la soñolencia por la vigilia hasta la madrugada de un debate que se prometía histórico, por inédito, postergado y con un resultado anunciado, el rechazo del Senado a la media sanción de la ley de la despenalización del aborto trasciende el número de la votación ya que es innegable el proceso y progreso democrático que significó sacar de la clandestinidad un tema polémico como el aborto al que se han enfrentado todas las sociedades democráticas del mundo y los argentinos debimos esperar más de tres décadas.

Ese carácter tardío y el que todavía existan temas de los que en nuestro país no se pueda hablar libremente advierte más sobre el estadio del desarrollo democrático y la simetría entre las provincias.

El debate en torno al dramático y complejo tema del aborto no admite el maniqueo posicionamiento del "a favor" o "en contra" porque otro mérito del debate es haber puesto en evidencia la cantidad de cuestiones asociadas con la interrupción voluntaria del embarazo, como son su práctica, su clandestinidad, la ausencia de educación, los embarazos adolescentes, el estigma, la doble moral y el poder de la Iglesia, especialmente en las provincias más pobres y atrasadas del país. Desde que en la década del setenta, el Papa Karol Wojtyla hizo del aborto una causa contra el comunismo, ya que en los países de la órbita soviética permitían su práctica, la Iglesia católica condena toda intervención que altere el proceso de la vida y ha reafirmado su idea de que el rol "natural" de la mujer es la maternidad

Solo por eso, en un país como el nuestro en el que la influencia de la Iglesia católica atraviesa nuestra historia reciente, haber encarado el debate en torno al aborto de manera racional, respetuosa, sirvió también para mostrar los residuos autoritarios y antidemocráticos que sobreviven entre nosotros, expresados en la violencia verbal, los insultos, las coacciones, las amenazas que ensuciaron el último tiempo del debate como fue la imprudente e irresponsable equiparación con los genocidas de la última dictadura que "no mataron el bebe de las embarazadas en los campos" como se le escuchó a un ex decano de la Facultad de Derecho de mi provincia, Córdoba.

Llegamos tarde, pero fueron meses en los que el tema estuvo en el centro de la deliberación, en los argumentos de los expertos, en las mesas familiares como en las de los panelistas de la televisión, en las conversaciones de amigos, en los púlpitos y sobre todo, en la calle, donde estrenaron ciudadanía las chicas y los muchachos nacidos en este siglo. Una verdadera maratón de opiniones y reflexiones, de cifras y teorías que involucró a centenas de personas y concitó el interés más allá de los escándalos nuestros de cada día y la tentación futbolera de analizarlo todo como si se tratara de una gesta deportiva.

Reducir también el debate a su resultado es simplificar o no terminar de entender el papel del Congreso como la casa política de la democracia donde se expresa la pluralidad de la representación parlamentaria que se pone en juego toda vez que actúa como una caja de resonancia de los temas y problemas de una sociedad compleja, diversa y contradictoria como lo es la Argentina de hoy, habitada felizmente por generaciones nacidas, crecidas y educadas en democracia. Son esas chicas y muchachos nacidos en este siglo los que impusieron el tema del aborto como un derecho de las mujeres y por lo tanto, una cuestión de igualdad y libertad, consagradas ampliamente por toda la normativa de los derechos humanos y la filosofía humanitaria que define la naturaleza humana por su dignidad no por el sexo. La palabra manifestada sin miedo es la que promueve la deliberación democrática y la que mide , también, la fortaleza o la debilidad de un sociedad.

Esos jóvenes, al convertirse en ciudadanos activos que interactúan en el espacio público, discuten, aceptan o rechazan las soluciones propuestas por los gobernantes, impulsan también el desarrollo y la calidad de la democracia. Fue ese interés público el que se proyectó sobre el Congreso. Sin embargo, esto no alcanza si las decisiones parlamentarias se guían antes por la especulaciones electorales que por las cuestiones de bien público y la evolución de la sociedad. Al final, la democracia es el único sistema que se modifica con el tiempo. Tal como aconseja el experto y académico canadiense, Michael Ignatieff para compatibilizar la democracia con los derechos humanos ,la política debe poner más énfasis no solo en la democracia sino también en el constitucionalismo, el afianzamiento del equilibrio de los poderes, el control judicial de las decisiones ejecutivas y la salvaguarda de los derechos de las minorías. En eso estamos.

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