Subir al ring: el aura mágica de Lisandro Aristimuño inundará hoy el Luna Park

Con un estilo singular, que puede combinar la electrónica, la canción y el folclore, logró desarrollar su propia escena musical
Con un estilo singular, que puede combinar la electrónica, la canción y el folclore, logró desarrollar su propia escena musical Crédito: V. Gesualdi/AFV
Alejandro Lingenti
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11 de agosto de 2018  

Un simple dato informativo sirve para comprobar el notable crecimiento de Lisandro Aristimuño : aquel cantautor independiente e ignoto que en plena crisis del 2001 decidió viajar desde Viedma a Buenos Aires para probar suerte con sus canciones en un entorno exigente y recargado de ofertas es hoy un músico popular consumado capaz de llenar el Luna Park. Hoy, Aristimuño se presentará otra vez, como en septiembre del año pasado, ante una multitud en el emblemático estadio porteño. Hará un recorrido por toda su obra -de Azules turquesas (2004) hasta Constelaciones (2016)-, ajustando cada tema al sonido renovado de la banda que lo acompaña actualmente.

El desafío es nada menos que el del Luna, un lugar imponente y con mucha historia: "Tocar ahí te condiciona, claro -dice él-. Pero de un buen modo. Que haya tanta gente es algo que energéticamente juega a favor. A mí no me gustaba el sonido del Luna, entonces terminé haciendo ocho Gran Rex. Pero después cambiaron esas condiciones sonoras, las mejoraron mucho, lo pude comprobar cuando me invitaron a ver un show de Divididos, y entonces agarré viaje".

Al consultarlo si es de cambiar las versiones de los temas más antiguos, el músico, señala que es una de sus características propias. "Es como si los produjera de nuevo. Me interesa ir cambiando el sonido y los arreglos de las canciones constantemente. Muchas veces, hasta que no empiezo a cantar la gente no sabe qué tema es. Los deformo, les cambio la velocidad... Lo puedo hacer porque tengo una banda con muchos timbres, muy ecléctica, con cuerdas, electrónica... Me gusta mutar, modificarme todo el tiempo, conocer a otros músicos y absorber distintas influencias. En todos estos años tuve la suerte de conocer muchos amigos, colegas y maestros. Y yo soy medio esponja.

Con una obra cuidada, aunque no tan prolífica, Aristimuño cuenta que ya tiene algunas "maquetas" para un nuevo disco. "Los temas nuevos tienen un beat más rápido. Creo que el entorno influye, la velocidad con la que circula la información hoy... Y trato siempre de hacer cosas distintas, de no quedarme estacionado en un lugar. Vos escuchás un tema como "Azúcar del estero", esa mezcla de folclore con electrónica que quedó muy bien y que pegó tanto en la gente, y pensás 'bueno, es por acá'. Pero no es a lo que apunto. Prefiero probar otras cosas".

Aunque es capaz de llenar un Luna Park, Aristimuño mantiene su perfil independiente dentro de una industria que mutó mucho desde que salió su primer disco que lo colocó en el mapa de una música refinada y popular a la vez.

"Ser un músico independiente y autogestivo me da una gran libertad, nadie me apura. Edito los discos cuando tengo ganas. El tiempo que hay entre cada uno no me preocupa. Otros músicos tienen la obligación de sacar un disco por año, entonces aparecen los Grandes éxitos, los En vivo, los Con amigos. Por suerte, no estoy en esa. El arte tiene que ser más libre", expresa. Hace casi veinte años, llegó de Viedma a Buenos Aires para cambiar un lugar de paz por la velocidad de la gran ciudad.

"Estoy muy bien en Buenos Aires. Me costó mucho acostumbrarme, porque venía de la siesta, el mate con amigos a la orilla del río... Fue un gran cambio, y al principio estaba medio fóbico. Pero las grandes ciudades también te permiten armarte tu propio pueblo, tu circuito. Y el hecho de tener una hija porteña también me ancló acá. Quiero verla crecer, que vaya a la escuela pública, ver su cuaderno todas las semanas, estar cerca de ella y que sea feliz. También tengo muchos amigos en Buenos Aires. Y la posibilidad de seguir instruyéndome en la música, algo que en Viedma sería más difícil. Cuando llegué hacía discos de cantautor, pero después eso fue cambiando. Buenos Aires me dio el rock que no tenía viviendo en Viedma. Acá te ponés más rockero. Allá pensaba más en asuntos como la ecología y acá estoy más atento a toda la información más política y social. Eso me hizo crecer", dice sobre su período de adaptación.

-¿Te afecta mucho el entorno?

-Sí, claro. No tengo un filtro para eso. No puedo decir 'no me gusta esta situación, pero igual voy a cantarle a la felicidad'. Nunca la pude caretear. Y eso pesa a la hora de escribir las letras. Yo hablo con la gente en la calle, voy al chino, hago la vida normal de muchísima gente. Pero intento usar la poesía como fuente. No me gusta mucho la pancarta. Prefiero camuflar un poco el discurso, crear desde un lugar más fantástico.

-Seguro que tenés tu propio altar de influencias y referentes. ¿Fue cambiando eso con el paso del tiempo?

-No tanto. Si tuviera que elegir uno solo sería Luis Alberto Spinetta. Es una guía para mí por cómo manejó su carrera y su vida, por todo lo que nos dio. Ricardo Mollo me dijo una vez: 'Cuando hay que tomar una decisión, siempre tenemos que preguntarnos qué hubiera hecho Luis'. Me quedó grabado eso. Después, escucho mucha música porque soy un melómano con una colección importante de discos. Si no hubiera sido músico, habría tenido una disquería, o trabajaría como musicalizador de radio. Creo que es la influencia familiar. La discoteca de mis padres estaba llena de colores, de variedades: folclore latinoamericano, Silvio Rodríguez, Philip Glass, Brian Eno, los Beatles, Bob Marley, Peter Gabriel... Como se dedicaban al teatro había mucha música incidental de árabe, de África, India... Con mis amigos, ya en la adolescencia, escuché mucho a Soda Stereo, Sumo, Virus, Charly, Fito, Spinetta... Y de más grande, ya transformado en músico, empecé a buscar el tipo de audio que quería lograr. Y ahí empecé a valorar mucho a Radiohead, que me parece una de las mejores bandas del mundo. Me gusta cómo suenan, pero también cómo se manejan, cómo promocionan sus discos, cómo le tiran data a su público, cómo eligen cuándo decir que sí y cuándo decir que no. Es como el caso de Spinetta: antes de tomar una decisión, me pregunto qué hubiera hecho Thom Yorke (risas).

-¿Qué opinás del nuevo disco del Indio Solari?

-Lo respeto muchísimo. Me parece que su existencia les hace bien a la música, al arte y a la gente que lo ama, que es muchísima. No es mi estilo de música, apenas escuché alguna canción suya en la radio, pero tengo claro que muy fiel a sus ideas, a sus convicciones. Es difícil mantener eso tantos años. Hay muchos que se dan vuelta como un panqueque.

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