Todos se anotan en el club de los arrepentidos

Héctor M. Guyot
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11 de agosto de 2018  

El efecto de los cuadernos de Oscar Centeno se multiplica en progresión geométrica. Se trata de un proceso difícil de seguir en sus ramificaciones. Tampoco es posible prever hasta dónde llegará. La concisión con que el hombre registró el acarreo de decenas de millones de dólares en coimas a través de centenares de viajes desarmó a un ramillete de grandes empresarios que no tuvieron más remedio que empezar a hablar. Cuando el remisero admitió que había llenado esos ocho cuadernos de su puño y letra durante los diez años que duró el delivery, se convirtió en el primer "arrepentido". Entonces los empresarios, acorralados, salieron a sacar número para sumarse al club. De pronto estaban del lado de la verdad. Todos dijeron que una fuerza irresistible los hacía obrar contra su voluntad, lo que no impidió, por supuesto, que durante una década se llevaran una generosa tajada mediante obras proyectadas a medida con sobreprecios astronómicos, mientras el tercio del país que más sufría el despojo de los bienes públicos caía en la pobreza y la indigencia.

Sin embargo, ahora son víctimas. Víctimas indefensas de esa presión insoportable, de esa "fuerza irresistible" que, como señaló entre sollozos un exjuez que tuvo la desdicha de sufrir los mismos aprietes, ya no está entre nosotros: "La persona que falleció, el esposo de la presidenta". La culpa de todo la tiene Néstor, claro. Los empujó por el mal camino. Mediante métodos extorsivos, los llevó a cometer crímenes y pecados de los que ahora se arrepienten. ¿Dirá lo mismo el lunes la expresidenta, que ha dado muestras de ser imbatible en el arte de hacerse la víctima?

Todo es posible en el escenario que han abierto los cuadernos. Si hasta han sido capaces de borrarle la sonrisa de suficiencia a Oyarbide, que cayó en desgracia justo cuando se disponía a gozar del fruto de veinte años de trabajo como juez federal. Lejos quedó esa "coreo" que improvisó entre fornidos gremialistas, ahora que el sistema del que ha sido parte fundamental se resquebraja y amenaza con tragárselo junto a las sentencias con que sirvió a la patria, empezando por aquella en la que sobreseyó a los Kirchner en la causa por enriquecimiento ilícito, un fallo que bendijo el saqueo que por entonces se consumaba. También el exjuez sacó número para entrar al club de los arrepentidos, aunque no se decide a dar el paso. Declaró de todos modos que le "apretaron el cogote" para que sobreseyera al binomio presidencial. Con esa admisión sumó a la Justicia (a parte de ella, en rigor) al entramado mafioso de políticos y empresarios que esquilmó a la Argentina y ahora se está exponiendo a la luz.

La confesión de Abal Medina fue la primera que hace un miembro de la gestión kirchnerista. El exjefe de Gabinete de Cristina Kirchner reconoció que el recaudador Baratta le entregó bolsos con dinero de empresarios a su secretario privado. En su inocencia, creyó que eran aportes voluntarios para la campaña electoral. Lo mismo han dicho los empresarios acerca del destino de ese flujo de dinero: no eran coimas, sino aportes "obligatorios" que alimentaban la política. El enorme caudal de dólares que llegaba a la cumbre de este sistema, es decir a los Kirchner, explica sin embargo esa industria paralela de lavado de dinero que el matrimonio santacruceño habría montado con hoteles que trabajaban a destajo sin la necesidad de recibir turistas.

Todos los que hablan, incluso los "arrepentidos", juegan un póker en el que van entregando al juzgado lo justo y necesario para zafar o pagar el menor costo posible. El problema es que no conocen las cartas del otro. Eso también vuelve impredecible el curso de los acontecimientos.

Ya se alzan voces que advierten que el proceso iniciado tras la aparición de los cuadernos es peligroso para la política y podría repercutir en una caída grave de la actividad económica. Es posible, pero no se sale de un cáncer sin pagar un costo. Lo inviable es seguir como estábamos.

Mientras, el peronismo calla, aunque el kirchnerismo atribuye esta suerte de Lava Jato a una operación del Gobierno y contraataca con el escándalo de los aportes de campaña truchos (maniobra incomparable al latrocinio perpetrado en la década perdida, pero de la que el oficialismo debe rendir cuentas). ¿Qué harán los senadores peronistas a la hora de decidir si votan o no el desafuero de la mujer a la que todos temían? Cualquiera sea la decisión que tomen, pagarán un costo importante. Aunque una de las alternativas es más gravosa que la otra. Sin embargo, a la luz de las últimas revelaciones, otras preguntas se imponen. ¿Quiénes eran en verdad los Kirchner? ¿Dónde han escondido el dinero?

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