Llamado solidario: perdonemos a Cristina

Carlos M. Reymundo Roberts
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11 de agosto de 2018  

Oyarbide confiesa, entre llantos, que absolvió a Néstor y Cristina porque lo apretaron; todos los días aparece un nuevo empresario que admite que pagaba coimas; Abal Medina reconoce que recibía parte de esa plata; Josecito López dice que los dólares que revoleaba provenían "de la política"; al secretario de Abal Medina le encuentran dos pendrives con una prolija contabilidad de los pagos, algunos de los cuales iban destinados a una persona registrada solo por sus iniciales, CFK, en el único punto oscuro del caso: los investigadores buscan y buscan y no logran descubrir de quién se trata.

Salvo esa pequeña incógnita, todo lo demás está clarísimo. Ya lo dijo el fiscal Stornelli: nunca en sus 40 años en la Justicia vio tanta prueba junta, y tan contundente. Esta serie, el "cuadernosgate", en realidad es una miniserie de tres capítulos. En el primero aparecen los cuadernos; en el segundo, los acusados confiesan su culpabilidad, y en el tercero -perdón por adelantarles el final-, llegan las condenas. Una historia sencilla, lineal. Pero extraordinaria. Fulminante. Tres capítulos para liquidar, por si hacía falta, un apellido, una dinastía, una etapa de nuestra historia, un modelo, un relato. Hubo un tiempo en que llamarse Kirchner o ser kirchnerista pudo significar progresismo, revolución, derechos humanos. Terminó siendo una asociación ilícita, un saqueo organizado y sistemático. Hay que volver a leerle los labios a Clinton: "Es el afano, estúpido". ¡Sorry, Bill! Te juro que íbamos por el rescate del pueblo subyugado, mezclamos mal las cartas y nos salió el hampa.

Pongámonos por un momento en la piel de Cristina. ¿Cómo estará viviendo estas horas? Justo cuando su silencio le empezaba a dar rédito en las encuestas, justo cuando urdía la reconciliación con un hombre honesto y leal como Hugo Moyano, justo en el momento en que a Macri le crujía la economía, aparece el periodismo militante -militante de la investigación- y revela la mayor trama de corrupción que haya conocido el país, en la que ella y su marido ocupan el centro de la escena. El centro, centro: los vemos en Olivos recibiendo en joggineta los bolsos con la recaudación del día. En unas pocas horas, todo salió a la luz hasta en los más mínimos detalles, sin lugar a dudas o réplicas. Cris venía callando para juntar votos. Ahora calla porque ya no puede decir nada. Del silencio productivo al silencio autoincriminatorio. Miren qué ha quedado de la señora del micrófono.

En la misma semana, su mayor creación política, Boudou, es declarado culpable de haberse querido robar la fotocopiadora de billetes y va a la cárcel. En la misma semana, cambia de convicciones, apoya el aborto y pierde. Y en la misma semana se conoce que el Senado va a permitir el allanamiento de sus propiedades. Todo el mundo cree que será un trámite inútil, ridículo, porque no van a encontrar nada. Error. Como ahora está a la vista, es gente muy descuidada. Un ejemplo. Si Daniel Muñoz, secretario del matrimonio, declaró al llegar a la Casa Rosada, en 2003, que solo tenía un Gol modelo 99 y 14.000 pesos, deberían haber reparado en que 12 años después iba a llamar un poco la atención que su fortuna ascendiera a 65 millones de dólares. Me van a decir que no podían estar en todo. OK. Pero a jóvenes tan inexpertos en el campo del delito conviene aleccionarlos. Cuando Danielito apareció en los Panama Papers, la forma de justificar su salto patrimonial fue decir que eran "ahorros personales".

Volvamos al allanamiento. Obviamente no encontrarán dólares. Pero yo estuve muchas veces en el departamento de Juncal y hay algunos detalles que van a llamar la atención de los investigadores. Por de pronto, paredes y techos son verdes. Donde debería estar la heladera pusieron una caja fuerte. En el living se ven dos grandes retratos: no son de Máximo y Florencia, sino de De Vido y Baratta. La baulera de la familia, en el sótano, es de granito, tiene 22 llaves, alarma y monitoreo por cámaras. Como buenos hoteleros, a los cuartos les pusieron nombre, inscripto en la puerta: me acuerdo de que uno muy grande, sin muebles, se llamaba "Río Turbio". Otro tenía un nombre que nunca entendí, hasta ahora: "Bolsos chicos".

Por suerte, la saga de los cuadernos ha calado profundo en sectores estrechamente vinculados con el kirchnerismo. Aníbal Fernández dijo: "Hasta acá llegué. Con la corrupción no transijo". Baradel: "Esto merece la más fuerte condena: paro docente por 48 horas". Fito Páez: "Me dan asco". D'Elía: "Putos oligarcas". Alberto Fernández: "Qué picardía, justo cuando estaba volviendo a las filas de Cristina". Hebe de Bonafini: "No podíamos esperar otra cosa de un matrimonio que colaboró con la dictadura". Felisa Miceli: "Pensar que me echaron por 30.000 dólares". Milagro Sala: "¡A la cárcel!". Barrios de Pie, la CCC y la CTEP hicieron el martes una marcha hasta Plaza de Mayo, pero por un error logístico llevaron pancartas contra el FMI. Carta Abierta está a punto de romper lanzas con una declaración de título explícito: "Sobre cerrado".

Termino con un fervoroso llamado a la solidaridad. No sigamos disparando contra Cristina. Apiadémonos. Pensemos en que a esta pobre mujer le queda el peor de los castigos: salir a la calle y enfrentar la mirada de la gente.

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