La velocidad de nuestras vidas

13 de agosto de 2018  

Hace algún tiempo, una amiga recién llegada al periodismo, proveniente del ámbito de la filosofía, se admiraba de que sus flamantes colegas pudieran cumplir con la exigencia propia del oficio y escribieran un artículo, de principio a fin, en una sola jornada, que saldría publicado a la mañana siguiente. "Yo -bromeaba ella- para poder 'cerrar' una nota 'en el día', necesitaría que el día tuviera 72 horas". La boutade pone de manifiesto la relación absolutamente subjetiva que mantenemos con el paso del tiempo, y los problemas que surgen cuando esa subjetividad no se ajusta a la velocidad establecida de las cosas. ¿Establecida por quién? La respuesta varía según el prisma ideológico con que se analiza el fenómeno, pero, en líneas generales, filósofos y sociólogos -cada vez más ocupados en la cuestión- coinciden en que se trata del "sistema": un veloz y exigente precipitado de la conjunción de capitalismo y progreso tecnológico.

La situación se agrava, señalan, porque hemos desechado la opción entre una vida breve e intensa o prolongada y sin sobresaltos. En "la era de la aceleración" se ambiciona la longevidad, pero sin renunciar a la intensidad. "Elegí todo", reza el oxímoron imperativo de una publicidad muy difundida por estos días. Los Rolling Stones, todavía capaces de salir de gira y desplegar sobre el escenario una vitalidad juvenil -pasados ya los setenta años de una vida donde el exceso fue la norma-, son el mejor ejemplo de este nuevo paradigma.

El sociólogo alemán Hartmut Rosa, que ha dedicado varios trabajos al tema, distingue tres tipos de "aceleración": la técnica, relativa al aumento de la velocidad en el transporte y en las comunicaciones; la social (los cambios de costumbres ya no se producen de una generación a otra, sino en el lapso de una misma vida), y la existencial (nuestro ritmo cotidiano se intensifica progresivamente). El efecto paradójico de esta aceleración es que cada vez nos sentimos más presionados por la falta de tiempo. Ocurre que, cuanto más rápidamente hacemos las cosas, más cosas queremos hacer. Esta compulsión imparable hacia la acción y el movimiento tendría un sustrato cultural: en las sociedades secularizadas, la única oportunidad de plenitud la ofrece el presente de una vida terrenal, y no hay "más allá" ni promesa de eternidad que nos redima del "pecado" de haber malgastado las horas que tuvimos bajo el sol.

En la opinión del filósofo francés Jérôme Lèbre, nuestra incapacidad para administrar adecuadamente el tiempo no es una excepción, sino, más bien, la regla a lo largo de la historia. La novedad -según dijo a la revista Philosophie- radica en que "la movilidad propia de la era de la aceleración produce cada vez más inmovilidad coercitiva". Se refiere así a las largas horas que pasamos inmóviles, atados al asiento de nuestro coche en el embotellamiento de una autopista, o a nuestra butaca de avión en un vuelo transoceánico. "Cuanto más rápido comunica cosas el mundo, tanto más devenimos espectadores inmóviles de esa circulación generalizada de la información. Cuanto más trabajan las máquinas, tanto más los hombres las controlan de manera pasiva detrás de una pantalla. Los oficios se inmovilizan y el progreso tecnológico crea desempleo. La movilidad se vuelve inmovilidad", resume Lèbre.

Salir de la trampa de la aceleración requiere -además de ser conscientes de ella, claro- ejercitar la sabiduría necesaria para encontrar el ritmo propio que a cada uno conviene dentro del movimiento del conjunto, sin caer en la tentación de "llenar" cada minuto de tiempo libre, ni siquiera con la acumulación de actividades supuestamente recreativas. Ese aprendizaje, nos recuerda el filósofo, es tanto físico y corporal como mental y psíquico. Es acaso una de las tareas más difíciles, pero también una de las más necesarias.

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