Adolescentes y alcohol: guiar y contener, el desafío clave de los adultos

Entre los 12 y 17 años, los chicos toman en las previas, los boliches o las fiestas; el consumo se inicia cada vez más temprano y la deficiente intervención de los padres es uno de los factores
Entre los 12 y 17 años, los chicos toman en las previas, los boliches o las fiestas; el consumo se inicia cada vez más temprano y la deficiente intervención de los padres es uno de los factores
Eugenia Tavano
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13 de agosto de 2018  

La anécdota se repite, casi calcada, entre muchas familias. Los padres "liberan" la casa una noche que salen o se van a dormir temprano, a partir del pedido de alguno de sus hijos para hacer una reunión.

Eso fue lo que hicieron Ema y Gabriel, profesora de inglés y arquitecto, respectivamente, padres de un varón de 17 y una chica de 12. En su clásica noche de viernes con amigos, no dudaron en dejar que su hijo mayor (respetuoso de las normas hogareñas en general y buen alumno) invitara a casa a su grupo de conocidos. De regreso, apenas pasada la medianoche, el panorama que encontraron fue caótico: había vasos y botellas por todos lados, y uno de los chicos estaba desmayado en el sillón, tras "ganar" una competencia de fondo blanco.

El consumo de alcohol entre los adolescentes argentinos aumentó más de un 18% entre 2010 y 2017, según la última encuesta sobre Consumo de Sustancias Psicoactivas de la Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas de la Nación Argentina (Sedronar). Entre las distintas causas, la escasa o deficiente intervención de los padres es decisiva. Por eso, los especialistas subrayan la necesidad de que los adultos hablen del tema con sus hijos, incluso desde antes de la adolescencia, con una mirada realista, evitando los "sermones", pero sosteniendo límites.

Consumo de alcohol en adolescentes

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La reciente campaña Chicos sin Alcohol, realizada por el Consejo Publicitario Argentino, desde el eslogan apela directamente a los adultos: "Sigue siendo un chico, no dejes que tome alcohol". El proyecto se llevó a cabo con la participación de empresas y organizaciones de la sociedad civil, entre ellas la Fundación Padres.

María Pía del Castillo, su directora ejecutiva, explica: "No hay un solo factor que influya: hay cuestiones de época, modas, pero sin dudas los adultos relajaron las pautas por miedo a decir que no, por temor a que los hijos no los quieran".

Para Ignacio Usandivaras, psicólogo coordinador del equipo de Promoción de Salud del Hospital Italiano, uno de los problemas es el borramiento de las fronteras entre la paternidad y otras formas de relación, como la amistad. "Al adolescente se le desdibujan esas formas y eso hace que tengamos generaciones de padres desorientados o perdidos. La figura autoritaria ya no funciona y el tema quedó sin rumbos", dice.

Un vínculo donde la confianza, el afecto y la autoridad primen es lo más importante a la hora de abordar este tema; es imposible estar en cada situación de riesgo, pero sí se puede brindar, como padres, herramientas y un marco de contención para que los adolescentes puedan saber qué hacer en esos momentos.

"A veces dicen que el problema es que los chicos tienen que tomar, pero 'de buena calidad', o que ellos 'les van a enseñar a tomar'. Es una generación de padres que necesitan apuntalarse", asegura Usandivaras. Y agrega: "Hay algunos en estado de alarma constante y otros que prefieren no saber nada; cualquiera de las dos posturas no sirve y hay que trabajar. Pero no solo con los chicos, eso no alcanza, hay que hacerlo con los adultos: padres y docentes".

Mientras, el panorama se torna cada vez más complejo: en la encuesta de la Sedronar, un 30% de adolescentes manifestó haberse emborrachado durante un fin de semana y el 40% indicó que dos o más amigos lo hacen frecuentemente.

Por otro lado, en un estudio de la Fundación Padres, muchos de los chicos y chicas consultados expresaron que toman durante las "previas" en casas, llegando muchas veces a emborracharse. Cuando en el mismo trabajo se les preguntó a los adultos qué hacían durante esas reuniones, estos dieron versiones encontradas que los chicos despejaron acotando que muchas veces los padres están ausentes o dormidos.

"El chico tenía olor: había vomitado. Nos quedamos a su lado hasta que llegaron sus padres, que nos conocen de la escuela", cuenta Ema sobre esa noche en que su casa las cosas se salieron de control.

A esta madre le cuesta revivir la historia porque, como aclara varias veces, la suya es una familia "normal" en la que a los chicos no les falta nada. "La verdad, sabíamos que toman cerveza. Después de lo que pasó nos asustamos mucho y cambiaron las cosas. Igual es difícil", reconoce.

Chicos sin alcohol - Campaña CPA

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Una mirada realista

Cuando se abandona la infancia, el grupo de pertenencia cobra una importancia determinante. Los adolescentes casi nunca consumen alcohol solos; lo hacen en grupo y si algo llega a salirse de control, priorizarán la lealtad a sus amigos ante todo. Por eso es crucial que los padres aborden el tema de forma preventiva, generando confianza sin perder autoridad, pero tampoco "a modo policíaco", como advierte Del Castillo, para que los chicos puedan sopesar los riesgos y sepan que ante una situación de emergencia siempre hay que recurrir a un adulto.

Según el Observatorio Argentino de Drogas, el alcohol es la sustancia psicoactiva que más consumen los adolescentes de nuestro país. "Además provoca la mayor cantidad de ingresos a guardias hospitalarias por intoxicaciones", aporta la doctora María Carolina Bertini, médica especialista en adolescencia del Servicio de Pediatría del Hospital Italiano de Buenos Aires.

La edad de inicio promedio se da en la adolescencia media, entre los 14 y 15 años, "cuando empiezan a relacionarse con pares", aclara Bertini. Y amplía: "Dadas ciertas características de los adolescentes, ese consumo puede tornarse problemático".

Se trata de una etapa de la vida que implica cambios muy marcados a nivel neurológico. "El cerebro y el sistema de recompensa están en pleno desarrollo, y eso lo lleva a ponderar más el placer que otras cuestiones relacionadas con la inhibición, el freno o el control", sostiene la médica.

Cualquier comportamiento o sustancia natural o artificial que impacte en ese área libera dopamina y da una sensación placentera: "Comer, estar con amigos, jugar al fútbol o tener relaciones sexuales se enmarcan dentro de lo 'natural', pero las sustancias de abuso también dan placer y liberan más dopamina".

Durante la adolescencia, serán las habilidades sociales e individuales de cada chico o chica las que harán la diferencia a la hora de medir las consecuencias. "Hay que pensar esta problemática como un triángulo donde el joven es uno de los vértices, y los otros su contexto social y los padres", grafica la especialista.

El mayor problema es lo que se conoce como consumo episódico excesivo, que suele darse sobre todo durante los fines de semana o en los viajes de egresados, recitales y otros eventos, y que aumenta las conductas de riesgo, los accidentes de tránsito, los traumatismos por riñas y las relaciones sexuales no consensuadas, entre otros. Las primeras dos variables son algunas de las que se cuentan entre las causas más comunes de muerte en la adolescencia.

Si bien está comprobado que el consumo de alcohol daña el cerebro, hacerlo en gran cantidad y en poco tiempo es aún más nocivo. "Es una sustancia psicoactiva y depresora del sistema nervioso central. Actúa sobre el lóbulo frontal, provocando desinhibición. En exceso genera desde dificultad para hablar o ponerse en pie hasta sueño, y si se sigue consumiendo, puede llegar al coma y generar problemas para respirar, taquicardia, arritmias cardíacas, convulsiones", enumera Bertini.

Muchas veces, antes de que la situación llegue a tales extremos, los chicos dejan a su amiga o amigo alcoholizado durmiendo en su casa, sin avisar a los padres: "Eso siempre está mal, hay que llamar a la emergencia porque se puede sufrir un coma durmiendo. Si hay vómitos o tendencia a desmayarse, debe ser monitoreado y ver cómo el cuerpo metaboliza el alcohol, según lo que haya tomado".

Manuel, papá de tres, cuenta su experiencia con una amiga muy querida de su hija: "Yo me daba cuenta de que estaba un poco 'zarpada', y aunque trataban de esconderse al hablar, pude pescar que se emborrachaba a menudo", sostiene.

Una tarde en su casa, Manuel le sacó charla y la chica le contó que su papá pensaba irse a España con su nueva pareja y que eso había generado un revuelo importante en su familia: "Se abrió conmigo y surgió lo del alcohol. De alguna forma bastante espontánea [la verdad es que improvisé, no podría decirte exactamente cómo hice] le avisé que iba a hablar con su mamá. Fue un paso importante y positivo para ella".

Para saber más

Campaña Chicos Sin Alcohol (CPA)

Fundación Padres

Sedronar

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