Boca quiere sentarse a la mesa de los poderosos con la misma receta: poco juego y mucho gol

Fuente: FotoBAIRES
Rodolfo Chisleanschi
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12 de agosto de 2018  • 23:59

El fútbol argentino se le ha quedado chico a Boca. O por lo menos, de eso están convencidos sus dirigentes, con Daniel Angelici a la cabeza. La afirmación surge de la simple constatación de una suma de decisiones y hechos que en los últimos años apuntan en la misma dirección: extender las fronteras del universo auriazul muchísimo más allá de las de nuestro país.

Hoy mismo, el plantel que dirige Guillermo Barros Schelotto comenzará un viaje relámpago a Barcelona para disputar el miércoles el trofeo Joan Gamper ante el último campeón de la Liga española. La travesía puede tener su costo de cansancio y distracción pensando en el compromiso ante Estudiantes por la segunda fecha de la Superliga, pero el esfuerzo se ve compensado por el significado de una presentación que tiene garantizada una audiencia multitudinaria en medio planeta.

Contra lo que puede suponer el hincha de a pie, la gran aspiración de Boca/institución no es la Copa Libertadores. O mejor dicho, el principal de los torneos continentales es apenas un mojón en la ruta hacia la meta final, que no es otra que sentarse en la misma mesa de los más grandes. Los directivos sueñan con hablar algún día de igual a igual con los rectores de los clubes más poderosos de Europa. En ese sentido, el choque ante el Barça de Messi los acerca un poco más a ese círculo de los elegidos.

Mientras tanto, se trata de no dejar ningún cabo suelto. Para "ser" como Real Madrid, Barcelona, Bayern Munich o cualquiera de los equipos dominantes de la Premier League inglesa hay que engordar sin cesar la cesta de títulos, el número de adeptos y las cuentas corrientes. Por eso Boca busca internacionalizarse. Pretemporadas en el exterior, Qatar Airways como sponsor en la camiseta, amistosos en Sevilla y el Camp Nou... Por eso también se ha empeñado en hacerse fuerte en los despachos, tanto en la AFA y la Conmebol como en la Superliga. Y por eso en cada mercado invierte más y más millones para incorporar figuras consagradas.

Mauro Zárate, por primera vez con los colores de Boca - Fuente: Club Atlético Boca Juniors

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"En un club debe haber alguien que se ocupe de preservar la cancha de los negocios, de conservar la especie", dijo alguna vez Jorge Valdano cuando era director general del Real Madrid. El tiempo demostró que su intención era utópica: ese mismo club es ejemplo fiel de que la facturación y el business le ganan por goleada a la planificación puramente futbolística. No puede decirse que le vaya mal. Los merengues coleccionan títulos a base de comprar estrellas. Para sus directivos, que esto responda a las necesidades del técnico o a la idea de sostener una determinada línea de juego tiene una importancia muy menor.

Embarcado en una estrategia de crecimiento patrimonial constante, Boca recorre actualmente esa vía. Ficha jugadores valiosos en cada mercado y se va acercando al modelo de juego que gobierna el Real Madrid desde los tiempos de Zidane, Ronaldo, Beckham y compañía o al más reciente que siguió el Barça con Messi, Suárez y Neymar: equipos con enorme capacidad de gol más allá de que jueguen mejor o peor, que dominen o no los partidos, que tengan o carezcan de un patrón definido.

Por supuesto, hay una enorme distancia futbolística entre los Pavón, Zárate, Cardona y Ábila respecto a Cristiano Ronaldo, Benzema, Bale o cualquiera de los "monstruos" que pueblan los clubes europeos. Pero salvando las distancias, y en el contexto argentino y sudamericano, existe un cierto correlato.

La versión que esbozó Boca en los partidos ante Libertad por la Copa y Talleres en el inicio de la Superliga tuvo mucho de las ya desarmadas "BBC" del Madrid o la "MSN" del Barça. Control del juego solo por ráfagas, escasa o nula elaboración en la mitad de la cancha y un alto nivel de eficacia y puntería para marcar diferencias en ataque.

Guillermo plantó dos volantes y medio (Pablo Pérez, Barrios y de a ratos Cardona) en el duelo frente a los paraguayos. Sumó a Nández ante los cordobeses, pero la esencia del juego fue la misma. Las falencias evidentes en la sala de máquinas motivaron que no hubiera continuidad en la secuencia de pases, que las llegadas en bloque fueran escasas y que todo quedase limitado a las apariciones individuales de los que saben.

Barrios, fantástico en la recuperación, tiende a fallar más de la cuenta en el primer pase. A Pablo Pérez, un excelente segundo violín, le queda grande el cargo de director de la orquesta. Nández se embarulla en su propio vértigo. Y Jara y Mas no aportan demasiado por afuera. La pelota, entonces, llega con mucha menos claridad de lo necesario a los de arriba, que se ven obligados a sacar petróleo de cada ataque.

Echa de menos Boca la presencia de alguien que enhebre las líneas. Ausente Gago por lesión podría haberlo sido el chico Maroni, cedido a Talleres. O Reynoso, pero el cordobés parece muy relegado ante la presencia de tanto figurón de renombre. Sus ejemplos tal vez sirvan para enseñar cuál es el actual camino.

Como los dueños del mundo a quienes quiere emular, Boca se mueve como un equipo hecho para matar sin importar de qué manera. Muy de estos tiempos dominados por dólares y euros. Muy en la línea de un club que empieza a percibir el fútbol como la herramienta imprescindible para sentarse a la mesa de los grandes negocios. Al fin y al cabo se trata de ganar: el juego siempre puede esperar.

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