La discusión sobre el aborto a la luz del día después

Juan Luis Iramain
No se trata de capitular ni de renunciar a las convicciones propias, sino de buscar acercamientos hacia esa otra parte de la sociedad sin la cual no se puede pensar el futuro
No se trata de capitular ni de renunciar a las convicciones propias, sino de buscar acercamientos hacia esa otra parte de la sociedad sin la cual no se puede pensar el futuro Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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13 de agosto de 2018  

En las democracias modernas, los excesos no prosperan. No deben prosperar. El proyecto de ley de interrupción voluntaria del embarazo que rechazó el Senado se pasaba dos pueblos. Entre otras cosas, permitía que una chica de 13 años, si quería, se hiciera un aborto cumpliendo menos requisitos que los que necesita para ponerse un piercing, sin que nadie pudiera impedirlo. Todos los hospitales, sin importar las convicciones de sus directivos, estaban obligados a practicar abortos a quienes lo pidieran. Si no lo hacían sus propios médicos, debían derivar inmediatamente el caso a otro hospital y hacerse responsables de que el aborto se llevara a cabo. Cayera quien cayera. El argumento, tan usado por los verdes, de que los celestes debían ser tolerantes y no imponer a los demás sus convicciones, se les podía aplicar a ellos mismos. Confiados, se cebaron.

La nueva ley no se aprobó por un error de cálculo. Desconocía las convicciones de buena parte de los argentinos. Imponía un criterio que violentaba la conciencia de muchos. Escrita para noruegos, ignoraba la influencia de la Iglesia, el voto de las provincias del norte, la tradición intelectual de los más importantes constitucionalistas argentinos y quiénes son y qué piensan muchos de los médicos más reconocidos del país. Los de pañuelo verde creyeron, quizá, que las redes sociales y los medios neutralizarían todo eso, como si los defensores de las dos vidas, medievales, no tuvieran miles de nativos digitales en sus trincheras. Hoy, con el diario del lunes, probablemente la estrategia hubiera sido otra: con un par de ajustes al borrador original del proyecto, pasaba con algunos votos más en Diputados y, raspando, también en el Senado. Tarde. Con Bielsa o Pekerman quizás hubiera sido otra la historia, pero fuimos con Sampaoli.

Son los de celeste los que corren el riesgo de equivocarse ahora, porque las victorias no son buenas maestras. En el vestuario, la euforia del festejo pone en la misma bolsa una estrategia acertada en redes sociales, ciertos argumentos jurídicos y médicos, un lobby artesanal y relativamente bien coordinado con los senadores, la protección de la Virgen de Luján y el testimonio desgarrador de los activistas que vieron de cerca fetos desmembrados y tirados a la basura. Y no es todo lo mismo. Cuando se gana, se olvidan los pases mal dados y solo se recuerdan los goles. Y así se gestan las derrotas futuras.

La primera clave es recordar que el problema sigue ahí: se siguen produciendo miles de embarazos no deseados en la Argentina cada año. Y ese es el origen de los abortos. El colectivo provida ha sido proactivo -y en muchos casos eficaz- abordando el problema cuando ya es un hecho consumado: ONG diversas acompañan con apoyo emocional y medios materiales a embarazadas desesperadas; otros grupos buscan dar asistencia a mujeres que ya abortaron; otros promueven cambios en la legislación para hacer más ágil el proceso de adopción. Nadie sabe cuántas vidas salvaron. Seguramente, muchas. Hay buena recuperación de pelota en mitad de la cancha.

La que resulta menos sólida es la defensa: falta anticipación. Persisten las dudas sobre quién, cuándo y cómo debería impartirse la educación sexual en las escuelas, por temor a promover una sexualidad precoz en adolescentes que de otro modo todavía jugarían a los autitos y las muñecas. Hay titubeo todavía sobre la promoción del acceso efectivo a los métodos anticonceptivos, pensando que si de verdad se enseña a usarlos se les da patente de corso a quienes deberían optar por una abstinencia sexual responsable por no estar listos para ser padres todavía. Y por ahí vienen los goles.

La paradoja queda servida: quienes quieren defender las dos vidas siempre pueden ponerlas en riesgo sin querer. La indecisión sobre la promoción de todos los medios disponibles para evitar embarazos no deseados deja en situación de mayor vulnerabilidad a mujeres frágiles, candidatas al aborto. Como si los lujos de mitad de cancha para arriba justificaran una defensa desarticulada y un arquero miope.

Quizá la raíz del problema atraviese dos ejes: un error de diagnóstico y una equivocación acerca del rol que cumple la ley en las democracias modernas. El diagnóstico errado dice que la argentina es una sociedad relativamente homogénea, predominantemente cristiana y básicamente conservadora en materia de conducta sexual. Por eso los embarazos no deseados son fenómenos más bien infrecuentes, típicos de la marginalidad, manejables sin despeinarse demasiado. La realidad muestra otra cosa.

Sobre la ley, ya los medievales le reconocían una función por lo menos doble: docente, enseñar lo que está bien y lo que está mal, y ordenadora, darles cauce a las conductas que suceden inevitablemente -no siempre del todo ejemplares-, para evitar que tengan efectos muy negativos. Por eso no todo lo malo está prohibido o penado. A veces hasta está pautado, para que no dañe demasiado. Como además vivimos en una sociedad en la que no siempre hay acuerdo sobre el bien y el mal, la prudencia del legislador obliga a promover leyes imperfectas, pero aceptables para la mayoría.

Uno de los desafíos de las democracias modernas es que, en la medida en que cobijan sociedades plurales, no pueden sino tener legislaciones algo grises. Incorporar puntos de vista de las minorías inevitablemente genera inconsistencias y descontentos, pero son las reglas del juego de los sistemas republicanos modernos. En eso consiste ser inclusivo. Si no se respeta ese balance, las minorías se radicalizan y la convivencia se rompe.

La grieta violenta que divide a asesinos de bebés de medievales retrógrados es eso: la expresión de dos voluntades hegemónicas intentando imponer su criterio. Las manifestaciones normativas de estas actitudes son equivalentes. De un lado, una ley que va por todo y buscar meter preso al director de hospital que no acepte practicar un aborto. Del otro, una ley que exige cárcel para la mujer que aborta, por asesina. Una sociedad abierta e inclusiva, pasadas las naturales tensiones que genera la discusión, busca un camino de consenso. Imperfecto, pero aceptable para la mayoría.

No se trata de capitular. No es renunciar a las convicciones más profundas. Es identificar tácticas de acercamiento hacia esa otra parte de la sociedad sin la cual no se puede pensar el futuro. La próxima década en la Argentina no se entiende sin una multitud convencida de que hay vida humana desde el momento de la concepción, que siempre debe ser protegida. Los del pañuelo verde deben entenderlo si quieren tener éxito con sus propuestas. Es más: quizás habrían logrado su propósito hace pocos días si lo hubieran considerado. Pero el futuro tampoco se entiende sin otro grupo, también muy numeroso, que reclama que el Estado proteja y asista a la madre desesperada que decide abortar. Si los de celeste no lo aceptan, antes o después habrá consenso en el Congreso para una ley que quizá sientan injusta.

Ambos habrán triunfado, aunque no siempre puedan reconocerlo, si en el futuro no se pena a una madre desesperada que cree que no tiene más alternativa y decide abortar. Si se logra que haya menos adolescentes embarazadas, porque saben qué hacer para evitarlo y tienen los medios a su alcance. Si se cuenta con más medios para que las embarazadas no desesperen e imaginen un futuro para su hijo mejor que morir antes de nacer. Eso sería ir a la Copa del Mundo, y hasta quizá ganarla. Aunque sea jugando sin lujos.

Doctor en Comunicación Social

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