El regreso, 43 días después de la eliminación en el Mundial: Messi reapareció con otra marca de leyenda

Fuente: Reuters
Cristian Grosso
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12 de agosto de 2018  • 22:59

Un acto protocolar desacostumbrado. Estrechó su mano derecha con otras 19 personas en el palco oficial del estadio Ibn Batuta de Tánger antes de recibir la Supercopa española. Obligaciones de una nueva era. Ya se habían marchado Carles Puyol, Xavi Hernández y, recientemente, Andrés Iniesta, por eso la cinta con los colores de Catalunya y la inscripción capità ahora es suya. El estreno no pudo ser mejor: la primera vez que Lionel Messi fue el capitán titular de Barcelona., levantó una copa. Una más, aunque especial porque lo catapultó a la cima de la historia azulgrana. Demasiadas significaciones detrás de una victoria apretada por 2 a 1 sobre Sevilla que, además, representó la reaparición futbolística de Messi luego del derrumbe argentino en el Mundial de Rusia 2018. Una caricia para confiar en la reanimación.

Barcelona comenzó perdiendo y en el último minuto Sevilla dispuso de un penal para empatar. Pero ganó Messi. Por primera vez la Supercopa española se definió a partido único y fuera del territorio español. Y ganó Messi, el hombre de los récords, una especialidad. Ya es el futbolista de Barcelona que más títulos ha conquistado en toda la historia del club (33). En el marroquí suelo de Tánger, frente al estrecho de Gibraltar, desplazó a Iniesta, pues hasta ayer compartían la supremacía con 32 consagraciones. ¿La cosecha? Son 9 Ligas de España; 6 Copas del Rey; 4 Ligas de Campeones; 8 Supercopas de España; 3 Supercopas de Europa, y 3 Mundiales de Clubes. Los mismos que Alfredo Di Stefano (17) y Cristiano Ronaldo (16) juntos. cuentan con vanidoso orgullo en Cataluña. ¿Quiénes contabilizan más títulos que el rosarino en una revisión de todos los tiempos? Pocos, muy pocos: dos laterales brasileños, Dani Alves y Maxwell con 37; luego, el galés Ryan Giggs (36) y el arquero portugués Víctor Baia (35).

Aun multicampeón azulgrana y capitán, lo que no cambió en su rutina es el casi inviolable silencio luego de los partidos. No habló en Marruecos. Nadie lo volvió a escuchar en público desde el pasado 26 de junio, cuando la Argentina superó 2 a 1 a Nigeria y consiguió un angustioso pasaje a los octavos de final de la Copa del Mundo. "No recuerdo tanto sufrimiento, por la situación y lo que nos jugábamos. Pero yo sabía que Dios estaría con nosotros, no nos iba a dejar afuera", dijo entonces el rosarino en San Petersburgo. Solo 96 horas más tarde llegaría el mazazo de Francia. La despedida menos deseada y las vacaciones anticipadas por Turks and Caicos e Ibiza. No jugaba hace 43 días. No habla ante los medios de prensa hace 47.

Messi no tuvo un partido destacado, hasta por pasajes siguió en modo desconexión como en el Mundial. Falto de ritmo, sin gambeta en velocidad ni ese sprit tan característico, vale apuntar que Messi retomó los entrenamientos hace poco más de una semana. De todos modos, fue titular, mientras que otros mundialistas como Rakitic, Coutinho y Umtiti comenzaron en el banco. Entre los refuerzos, el zaguero francés Clément Lenglet y el volante brasileño Arthur fueron titulares, mientras que el chileno Arturo Vidal ingresó sobre el final. El delantero brasileño Malcom no estuvo ni entre los convocados por el entrenador Ernesto Valverde.

De todos modos, Messi participó en los dos goles: al cierre del primer tiempo, cuando un tiro libre suyo pegó en la base del poste, en la espalda del arquero Vaclik, nuevamente en el palo y ese segundo rebote lo empujó Gerard Piqué al gol. Para el tanto decisivo de Ousmane Dembélé, un misil de media distancia, Messi jugó rápido para el francés a la salida de una falta. Sevilla se había puesto en ventaja en el despertar del choque con un remate cruzado de Pablo Sarabia. El VAR, en su estreno oficial en competencias españolas, entró en acción enseguida por esa jugada: dudó el árbitro y consultó, pero estaba bien habilitado Sarabia tras una cesión del colombiano Muriel.

Un torpe penal del Marc-André Ter Stegen le regaló una ilusión a Sevilla cuando la final se consumía. Pero no lo pateó un especialista como Éver Banega ni el escurridizo 'Mudo' Vázquez. Lo ejecutó el francés de origen tunecino Ben Yedder de manera tan anunciada que habilitó la reivindicación del arquero alemán. Entonces, llegaron los requerimientos de la nueva investidura. La escalinata interminable hasta el palco con las autoridades y los saludos de rigor. La Supercopa en alto y el regreso apresurado al campo de juego, donde Messi se reencontró con la informalidad de los festejos en grupo. Porque la leyenda se siente plena en la cancha. El refugio perfecto cuando lleva la camiseta de Barcelona.

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