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Bienestar

Dejó su trabajo como productora de arte para dedicarse a retratar mascotas

Jimena Barrionuevo
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14 de agosto de 2018  • 00:57

Aunque Lucía Kazanietz creció en lo que a simple vista parecía el "ambiente ideal" para alguien que mostró desde temprano un marcado interés por las artes, para ella siempre fue difícil sentirse a la par de tantos talentos. Nació en Buenos Aires pero pasó su infancia en La Pampa entre planos, pinturas y bastidores -su padre y su hermano son arquitectos, otro de sus hermanos es muralista y su madre es artista plástica-. "Mi pasión por el arte está claramente marcada por mis padres. Durante muchos años fue algo habitual en mi vida y creo que se grabó de manera inconsciente mientras yo jugaba sin darme cuenta en ese ambiente. Creo que se me hizo muy presente el día que lloré frente al David de Miguel Ángel en Florencia, Italia, y pensé gracias mamá por enseñarme a apreciar esto. También me pasó algo similar en mis comienzos laborales y la pasión que descubrí por otro tipo de arte, el escénico".

Se recibió de Diseñadora de Imagen y Sonido pero asegura que su formación estuvo más marcada por sus necesidades personales que por el ámbito académico. "Aprovecho todo y creo que todas las muestras tienen algo para aportar. Y cuando hablo de arte, no me refiero solamente al que está en los museos: me gusta la calle, la arquitectura, el cine, la moda y ni hablar del teatro. La formación, para los que elegimos el camino del diseño y el arte, se encuentra en todos lados, es una exploración constante".

En 2005, cuando se cumplieron tres años de haberse mudado de La Pampa a la ciudad de Buenos Aires, fue a ver "Los Productores" al teatro. La obra la marcó profundamente y, días después, ingenuamente escribió un mail al arquitecto y escenógrafo responsable de la puesta en escena que había diseñado tal maravilla para pedirle una pasantía para aprender junto a él. "Conseguí una entrevista y a partir de ahí mi vida cambió. Nunca fue una pasantía, fue un trabajo en relación de dependencia que duró unos diez años y aún hoy sé que cuento con ese lugar si quisiera volver. El arquitecto, Alberto Negrin, es el mejor profesional en su campo. Arranqué en su equipo buscando utilería para una obra en el teatro Ópera y terminé siendo su mano derecha en todos los proyectos: de arquitectura, teatro, diseño, televisión e interiorismo".

Soltar para tomar las riendas

Lucía estaba siempre atenta a lo que ocurría a su alrededor. Ella se definía como una productora de arte. Y, aunque participaba del proceso creativo, eran Negrin y sus compañeros los que dibujaban y construían. En ese entonces ella afirmaba no saber dibujar, con lo cual sus tareas eran de producción: presupuestar, armar presentaciones, supervisar proveedores, cronogramas de trabajo. "Nada de eso era menor a las tareas creativas, pero por lo general escapaba a la toma de decisiones en cuanto a lo estético. Aunque era lo que más me gustaba, era también lo que más temía. Recién en los últimos años me animé a un poco más. Me resultaba muy difícil soltarme y estar a la altura de alguien tan creativo como mi jefe, yo siempre asistí, acompañé, y como acompañante creo haber sido la mejor de todas. Pero acompañar implica estar dejando algo de lado, y los últimos tres años en relación de dependencia se volvieron pesados, más amargos, la inconformidad personal me desbordaba. Volvía llorando a casa pero no podía hacerme cargo de que estaba llegando el momento de soltar, de trascender".

Lograr comprender y hacerse parte con ese proceso le llevó un tiempo. En 2014 se sintió madura y preparada para renunciar, aunque no tenía otro plan en vista. Pasó dos años trabajando como productora para programas de televisión de otros países, pero nada era lo que quería hacer, simplemente era lo que sabía hacer. "Durante el tiempo que trabajé para otras productoras como freelance hice mucho lío con mi economía, no podía ajustarme a las fluctuaciones en la entrada de dinero -unos meses ganaba miles y otros ceros-. Y fue en esos meses de cero en los que no trabajaba, que me armé en casa una mesa con dos caballetes y me compré unas acuarelas. Siempre supervisada telefónicamente por mi madre desde La Pampa, haciendo preguntas de cómo usar los materiales y después haciendo lo que yo quería, me animé a pintar. Y volví a terapia".

Las primeras producciones estaban cargadas de motivos florales, también había pequeñas aves, pero todo formaba parte de un hobby que comenzaba a salir a la luz muy tímidamente. Un buen día, llevada por el impulso pintó su primer retrato. Fue de Mini, su gata y compañera inseparable. Jamás había pintado un retrato en su vida. Lo colgó en la pared de su casa y algunos amigos comenzaron a encargarle los propios. Pero siempre lo hacía en el mientras tanto. En esa época también volvió como freelance a trabajar con su antiguo jefe: pintar no pagaba las cuentas.

El placer en el pincel

Pero siguió mejorando la técnica y jamás guardó el pincel. "Un día, tomando un café con una amiga arquitecta me dijo que tenía que vender mis retratos. Primero pensé que estaba loca, pero me animé a hacer formalmente mi primer retrato a pedido. El proyecto de los retratos siguió creciendo, y cuando decidimos vivir juntos con Fer, mi novio, apareció la oportunidad de abrir nuestro propio estudio, él es Diseñador Gráfico, así que acá estamos, creando, diseñando. Todo el tiempo estoy pensando cosas nuevas para hacer, a veces mi cerebro va más rápido de lo que puedo producir. Mi vida hoy es completamente distinta a lo que yo imaginaba hace diez años. Ser emprendedora es un trabajo arduo que requiere constancia, dedicación, y perseverancia. Frustrarse puede ser cotidiano, pero lo importante es seguir intentando porque las satisfacciones le ganan a todo".

Lucía aprendió a cumplir una rutina clara y ordenada, y por eso no trabaja a cualquier hora. De 9 a 18 está en el estudio. Ya no sólo dibuja perros y gatos, hace todo tipo de ilustraciones a pedido, para marcas, para independientes. A la hora de repasar su trayectoria, recuerda que su CV bajo relación de dependencia incluye más de treinta obras en la calle Corrientes, programas de TV como el de Mirtha Legrand o proyectos de arquitectura internacionales. "Pero destaco uno entre todos que lo viví desde el día cero hasta su finalización que fue Tita, una vida en tiempo de tango, creada, escrita, dirigida y diseñada por Alberto y Nacha Guevara. Fue un proceso durísimo y súper intenso, tomando notas cuando ellos creaban, desgrabando audios de Tita Merello, recorriendo su vida y después llevándola al escenario acompañando a esos grandes artistas. El día del estreno fue una felicidad total".

Después llegaría la felicidad de lo personal plasmado en cada retrato que entregaba, el placer en la cara de cada cliente, muchos con lágrimas recordando a su compañero fiel que ya no estaba, otros sorprendidos por el parecido. "No me voy a olvidar nunca una chica que me encargó el retrato del gatito de la familia para regalarle a su mamá ya que estaba enfermo, y el día que vino a buscarlo había fallecido, una tristeza enorme y una alegría por haber aportado ese recuerdo".

Confiesa que extraña ver el sueldo depositado todos los meses del uno al cinco, pero disfruta tener los fines de semana libres, sus proyectos propios, tomar las decisiones, tanto estéticas como productivas. "Algunos meses serán miles y otros serán ceros o unos, pero todos los proyectos serán tratados como los más importantes y los más deseados. Animarme a dar el salto fue difícil y sigue siendo laborioso, pero también es muy gratificante saber que pude romper con mis propias barreras".

La voz del especialista

Sandra Ojman es Licenciada en Psicologia (MN 12406), tiene un posgrado Gestión Estratégica de Recursos Humanos (Escuela de Negocios IDEA) y otro en Gestión del Cambio (Universidad de Buenos Aires) y en este audio explica que todo proceso de cambio implica salir de la zona de confort y activar una búsqueda. En ese camino (que no es un destino y tiene altas y bajas), la inquietud y la curiosidad funcionan como motores de crecimiento.

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