Martha Argerich y Graciela Reca, recital a cuatro manos: la aventura de dos pianos que quedará para la historia

Reca y Argerich, en el disfrute de la interpretación
Reca y Argerich, en el disfrute de la interpretación Crédito: Juan Marcelo Baiardi
Pablo Kohan
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14 de agosto de 2018  

Martha Argerich y Graciela Reca, recital a cuatro manos y a dos pianos / Programa : Mozart: Sonata para piano a cuatro manos, K.521; Prokofiev: Sinfonía clásica, op. 25; Debussy: Petite suite para piano a cuatro manos; Rachmaninov: Danzas sinfónicas, op. 45. Sala Sinfónica del CCK / Nuestra opinión: excelente

Indiana Jones tuvo que atravesar trampas, atentados criminales y enemigos crueles para llegar a su arca perdida. Jack Colton (Michael Douglas), en la jungla, tuvo que sortear ciénagas, malarias varias y asesinos impiadosos para encontrar la esmeralda perdida. A Martha Argerich , sin contingencias temibles, le alcanzó con ir hasta Paraná para encontrar su propia joya, una pianista escondida con la cual formar un dúo de ensueño. En la conversación que mantuvimos con Argerich hace unos días, ella explicó sus necesidades: "A mí me gusta estar en contacto con músicos y me estimula tocar con ellos, con todos ellos.., sean músicos que hacen carrera o con quienes no la hacen". Solo Graciela Reca sabrá por qué una pianista tan notable y de tantos valores está ahí, en su ciudad, sin hacer carrera. La pianista entrerriana demostró que tiene suficientes herramientas técnicas y artísticas para no solo estar a la altura de Argerich, sino que le sobró material como para ser capaz, además, de transitar junto a ella por cuatro piezas de tremendas exigencias ya no meramente con salud, sino con sobradas suficiencias.

Ante un auditorio absolutamente colmado y expectante, el recital comenzó con la Sonata para piano a cuatro manos en Do mayor, de Mozart. Desde el primer sonido, el clasicismo más salzburgués y elegante brotó con una transparencia sublime. Si para describir los toques, la técnica y el arte de Martha no alcanzan las palabras (amén de resultar prescindibles y reiteradas), menester es decir que Graciela exhibió una mecánica precisa y exacta y una certeza estilística admirable. Ateniéndose al material que tenían frente a ellas, Argerich y Reca expusieron la más intensa expresividad del clasicismo, sin dejar que aflorara la más mínima improcedencia ni la más innecesaria ajenidad. De esas cuatro manos brotó el Mozart más bello y más clásico.

De estar codo a codo, cada una pasó a su propio instrumento y, a dos pianos, interpretaron la transcripción de la Sinfonía Nº 1, la "Sinfonía clásica", de Prokofiev. Aquel clasicismo mozartiano siguió latiendo ahora en esta partitura maravillosa, que, a dos pianos, suena más agreste, más rústica y, a su manera, más punzante que la admirable versión orquestal original. De tremendas dificultades para hacer coincidir con precisión esas dos partituras endemoniadas, Martha, en el primer piano, y Graciela sortearon todos los escollos y ofrecieron un Prokofiev irónico, poético, clásico y, en ese sentido, sumamente novedoso.

Después de la pausa, para demostrar capacidades de cámara infinitas, Martha y Graciela ofrendaron su homenaje a Debussy, en el centenario de su fallecimiento, tocando la Petite suite para piano a cuatro manos. Si bien lo de ambas es hacer arte, de algún modo también pareciera que las dos pianistas tenían como objetivo, además, mostrar la inmensa versatilidad que pueden ofrecer. Del teclado salieron colores, toques sutiles y precisos, perfumes y otros sonidos diferentes de los que se habían escuchado. El "Menuet", el tercer movimiento, fue un muestrario de delicadezas, y el "Ballet" final, una ráfaga fenomenal del mejor romanticismo preimpresionista francés.

Para terminar, dejaron la transcripción que el mismo Rachmaninov hizo de sus Danzas sinfónicas, op. 43. En el final de sus días, el compositor ruso había avanzado hasta otros territorios discursivos, aunque siempre dentro de la emocionalidad de ese romanticismo expreso que siempre cultivó. La partitura es tremenda, plagada de dificultades extremas y que requiere de todas las artes y mañas para que cada una se las vea con los obstáculos propios pero que, asimismo, sean capaces de conformar un dúo de precisiones, expresividades y propuestas compartidas. La tarea, técnicamente embarazosa por donde se la mire, fue salvada, artísticamente, con amplitud. La obra fue de una belleza tan descomunal como contundente.

La ovación final, con el público de pie, fue atronadora. Tomadas de la mano, Martha y Graciela pasearon por la amplitud del escenario saludando al público por sectores, con una sonrisa bien ganada. Para cerrar el círculo, fuera de programa, interpretaron, con una Martha Argerich en especial estado de gracia, el "Rondó" de la Sonata para piano a cuatro manos en Re mayor, de Mozart. Seguramente para felicidad de otros argentinos, Martha Argerich concluyó sus dos conciertos porteños y marchó hacia otros territorios para ofrecer ese arte y esos placeres que solo ella es capaz de despertar.

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