"Sólo servís para abono", le dijo el psicólogo preso en Córdoba a una víctima

Crédito: Facebook
Gabriela Origlia
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14 de agosto de 2018  • 13:56

CÓRDOBA. Una década de horror vivió la familia de Diego (nombre de fantasía usado para preservar su verdadera identidad). Es una de las "víctimas" -así se definen- del psicólogo Marcelo Bazán, detenido hace dos semanas por coerción y también investigado por supuesta trata de personas.

Diego se mudó de Buenos Aires al sur de Córdoba; tenía 23 años (es el más grande de cuatro hermanos) y decidió llegar hasta esta ciudad para seguir la carrera de Sociología. "Con tanto cambio dijo que necesitaba ayuda y un conocido le recomendó a Bazán. Fue el inicio del horror", afirmó a LA NACIÓN su madre.

En ese entonces el joven era "muy comunicativo con su familia, con sus amigos, muy responsable", pero -dice la madre- comenzó a cambiar. "Le veíamos actitudes que no le eran propias; estaba más nervioso. Terminó una relación de pareja mal, un vínculo laboral mal. No era la manera que él tenía de moverse. De todos hablaba como 'hijo de perra, se quiere aprovechar'... los culpables eran siempre otros".

Al cambio de carácter se sumó el distanciamiento. "Ya no hablaba antes, preguntaba para qué queríamos verlo. No quería que fuésemos a su casa, nos encontrábamos en una estación de servicio, en un bar. A sus amigos de Buenos Aires no les atendió más, no los llamó más, no viajó más".

Las estrategias de acercamiento fueron múltiples, desde hablar tranquilos a confrontar. Nada funcionaba. Hace tres años la familia de Diego fue al Centro de Asistencia a la Víctima de Córdoba; relató el caso y le dieron "algunos tips" para tratar de "recuperar" al joven.

"Fueron diez años de horror; se acabaron las fiestas, las reuniones, todo. Bazán es el peor tipo de la tierra, oscuro, terrible", sigue la madre.

Crédito: Facebook

Diego comenzó a responder a los llamados con mensajes y a transmitirles "invitaciones" de Bazán para ir a la fundación.

A esa altura la familia ya estaba en contacto con otras que tenían hijos en situaciones similares con el mismo psicólogo y que conocían de experiencias de enajenación de bienes y de ruptura total de vínculos.

"¿Esto no será una secta? ¿Qué haces ahí adentro? No pareces vos", le repetían a Diego.

Su madre recibía, a la madrugada, mensajes en los que la acusaba de "no servir para nada". Asegura que lloró todos esos años. Vio cómo Diego terminó Sociología y empezó Psicología -como buena parte de los pacientes de Bazán-, cómo perdía trabajos, vendía bienes y cortaba con la novia.

El fin de semana pasado se reencontraron. Antes de que Bazán quedara detenido, Diego llamó a un pariente suyo, abogado, y le dijo que tenía "temor" porque los querían "inducir" a cometer delitos. Hasta ahora no habló mucho, sólo que en los últimos tiempos había advertido que "algo no andaba bien". Esta semana se convertirá en otro de los denunciantes contra el psicólogo.

Presión por dinero

Tanto la madre de Diego como los testimonios registrados en el juzgado provincial que ordenó la detención de Bazán dan cuenta de que los pacientes regresaban a sus casas "desesperados" y que "vendían cosas" y "amenazaban con suicidarse si no les daban dinero".

"Cuando Diego no se quiso comprometer con lo que le pedían empezaron a dejarlo de lado. Es que probablemente ya no les servía. Es muy difícil salir de un lugar donde le habían cambiado la cabeza, aunque veía que las cosas se estaban yendo de las manos", dijo la madre del joven.

Insiste: "Están en el día a día; desde el primero al último son víctimas. Los obligaba, les exigía, los humillaba. Todos los familiares nos enfermamos; es una historia de locura total".

Las familias están convencidas -al igual que Pablo Salum, de la organización Libremente, denunciante en la causa- de que Bazán seleccionaba los perfiles también en función de la situación económica, buscando la manera de "sacarles dinero".

La Justicia tiene, entre las pruebas, el audio intimidatorio que Bazán le envió a un muchacho que viajó con él a España, que lo llamaba "papá" y que le había hecho vender todo a su familia para darle dinero al psicólogo: "Sos de la peor calaña que he conocido como gente; sos una basura inmunda, servís solo para hacer abono". Esa es la familia que hace la denuncia de coacción.

El joven se acercó a la fundación con problemas de depresión y de adicción. Después de un tiempo empezó a recibir presiones para que entregara dinero y, en los últimos tiempos, Bazán lo amenazó con denunciarlo y con hacer que lo metieran preso "si hablaba".

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