San Martín, un hombre que impartía disciplina

San Martín exigía que los soldados tuvieran una conducta intachable
San Martín exigía que los soldados tuvieran una conducta intachable
Daniel Balmaceda
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17 de agosto de 2018  • 01:21

En marzo de 1812, arribó José de San Martín al puerto de Buenos Aires, a bordo de la fragata George Canning, con el objetivo de ofrecer sus servicios como militar experto al gobierno local, delegado en el Triunvirato.

Su ofrecimiento fue aceptado de buen gusto y se le solicitó la formación de un escuadrón de granaderos. El teniente coronel San Martín aceptó y puso manos a la obra. No había tiempo que perder. Los españoles querían recuperar el poder en el antiguo virreinato del Río de la Plata y los criollos carecían de un ejército profesional.

Para lograr su objetivo, el hombre nacido en Yapeyú sabía que, además de entrenamiento militar, la única forma de profesionalizar una tropa era con disciplina. Dentro y fuera del escuadrón, luego regimiento, los soldados debían cumplir con una conducta intachable.

El 9 de junio de 1813 se organizó un baile en las afueras de la ciudad, en un rancho cercano al actual Jardín Botánico. Allí se encontraban José María Rivera y Vicente Mármol, jóvenes alféreces de los Granaderos a Caballo. Apareció en el baile Bruno Arroyo, un teniente del Tercio Cívico, la fuerza encargada de defender la campaña. La insignia de oficial en su chaqueta no se advertía a simple vista. Llevaba dos mantas en sus brazos. ¿Por qué? Teniendo en cuenta la época del año y lo descampado que era Palermo en aquel tiempo, le servirían para abrigarse en la cabalgata de regreso al centro. Pero además podía terminar durmiendo en algún yuyal cercano a la fiesta. No era extraño llegar a un baile con una manta, aunque dos podían llamar la atención. Por otra parte, nadie dejaba estos abrigos en su caballo porque seguro desaparecían.

Los granaderos apenas advirtieron el ingreso del hombre al rancho. De pronto, dos paisanos agitados entraron a la fiesta diciendo que habían sido asaltados por dos soldados del tercio cívico en las cercanías de la casa. Rivera y Mármol se lanzaron encima del pobre Arroyo. Fue inútil que el hombre les aclarara que era oficial y que debían respetar su jerarquía. Los granaderos lo ataron en medio del baile, marcándolo como principal sospechoso del robo. Por el alboroto se acabó la fiesta. Los granaderos no le creían a Arroyo que era oficial, pero un testigo dijo que lo conocía y certificó que era teniente. Fue liberado.

Al día siguiente, trece oficiales de los Cívicos entregaron una carta a las autoridades, quejándose del atropello y de la constante arrogancia de los granaderos en las reuniones sociales. En cuanto se enteró San Martín, convocó a Bruno Arroyo. El hombre concurrió con las dos mantas y le contó su versión. Entonces, el comandante mandó llamar a Mármol y Rivera. Delante de ellos, le preguntó a Arroyo qué satisfacción pretendía, ya que se le daría. El soldado agraviado no supo qué decir. Por lo tanto, San Martín ideó la disculpa.

Ordenó a los alféreces que fueran con el damnificado a la dirección del baile y consiguieran una lista completa de los invitados e indicaciones de los respectivos domicilios. Luego, debían recorrer las casas y el rancherío para leer a los invitados una carta, redactada por Arroyo, en donde aclaraban que cometieron un grueso error en la noche de la fiesta y que el oficial de los Cívicos no era ladrón, sino una persona por demás honorable.

Tres días -19, 20 y 21 de junio- les demandó a los dos granaderos explicar, puerta a puerta, el error que habían cometido.

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