El protagonismo infantil marca tendencia

Mariángeles Castro Sánchez
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19 de agosto de 2018  • 02:26

Los procesos de socialización de la niñez han sufrido transformaciones a lo largo de la historia. Diferentes modelos se han sucedido, incluso coexistido. Lo cierto es que hoy nos encontramos en un punto en el cual, lejos de los esquemas rígidos y estereotipados de antaño, el protagonismo infantil en el modelado del entorno social marca tendencia.

Es claro que en nuestros días los niños son escuchados en todos los ámbitos. Esto, que a simple vista parecería una cuestión intrascendente, constituye un avance notable y traduce el giro copernicano que desplazó del centro de la escena al adulto. Tal movimiento adquirió corporeidad con la Convención sobre los Derechos del Niño, instrumento que dejó expuesta ante la comunidad global la decadencia del adultocentrismo.

De un extremo al otro el péndulo de la historia en busca del equilibrio perdido. Y en los tiempos que corren todo parece revolucionar en torno a los niños. Corresponde pensar si necesitamos de otro desplazamiento, esta vez enfocado en el vínculo. Porque de la mano del protagonismo infantil, los adultos nos reconocemos personas en permanente evolución, seres que también continuamos aprendiendo a lo largo de la vida. La realidad nos empuja, pues, a la búsqueda de un nuevo punto de anclaje.

En la actualidad, los vínculos entre padres e hijos se desarrollan en un plano más horizontal. Esta horizontalidad, dada por la ausencia de jerarquías basadas en relaciones de dominación, está caracterizada por el respeto mutuo, la libre expresión y la existencia de un apoyo incondicional que favorece el crecimiento. De ambos, niños y adultos. Las asimetrías, en cambio, existen y existirán, porque el juego de roles propio del sistema familiar las define y sustenta.

Lo cierto es que nuevos patrones de participación infantil se insertan también en los territorios de mayor intimidad. Dentro de este trazado, las relaciones parento-filiales siguen un modelo de reciprocidad que considera al niño activo en su propia formación. La adaptación recíproca está en la base de las interacciones familiares en el presente, y desde allí, el niño se afirma por su conexión con el adulto, que le transfiere su fortaleza y sus recursos, en lugar de imponérselos. Ahora bien, en este devenir, los padres también asimilan, negocian, orientan y reconducen, basándose en la reflexión sobre sus propias prácticas y experiencias, y mediante la instauración de un diálogo fluido, abierto y responsable con sus hijos.

El enfoque positivo de la parentalidad promueve hoy un liderazgo educativo de padres y madres. Y son estas relaciones positivas las que permiten a los niños desplegar ampliamente su potencial, proporcionándoles una estructura, reconociéndolos en su individualidad y afirmándolos en una progresiva autonomía. Así, debidamente informados, tienen incidencia directa en los procesos de decisión en el seno de las familias. Y no sólo participan en este núcleo más próximo, sino que, a través de redes, de espacios alternativos de comunicación y encuentro colaborativo, comparten intereses, aspiraciones y soluciones a sus problemas cotidianos. Y sientan también posición frente a los retos sociales que los nuevos paradigmas nos presentan.

Porque los niños son competentes. Y en este entendimiento los adultos volvemos la mirada hacia sus cualidades distintivas: autenticidad, ingenuidad, frescura, desenfado y sinceridad, creatividad e innovación. Todas ellas, sobrevaloradas hoy, perfilan estas nuevas infancias empoderadas. Parte de una toma de conciencia necesaria de lo que la niñez y sus representaciones pueden aportar al futuro de las sociedades y al desarrollo humano.

Mariángeles Castro Sánchez

Directora de la Licenciatura en Orientación Familiar del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral

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