El fino arte de desordenarlo todo

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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15 de agosto de 2018  

Desde que tengo memoria me han censurado, ridiculizado y mortificado a causa de mi desorden. No les falta razón, lo reconozco. Soy tan desordenado que parece adrede. Más aún, soy muy eficiente para originar desorden. Mi mesa de trabajo, en casa, ya parecía el resultado de un desastre natural al día siguiente de mudarme.

Cocino todos los días. Lo hago porque me gusta, no de vez en cuando y tras dejar un tendal de cacharros grasientos o carbonizados. Todo lo contrario. La cocina es uno de mis espacios favoritos, y me ocupo en consecuencia. Pero mi alacena, ¡ay! Los que, pobres almas, llegan a vislumbrar su interior nunca están seguros de si se trata de una instalación de arte provocativo o el fruto de una alucinación medicamentosa. Personas que me quieren bien intentan revertir ese estado de cosas. Sin éxito, porque lo mío es un don. No desidia o negligencia. Mucho menos mala intención. Al revés de lo que podría sospecharse, mi desorden, como el de todos los que pertenecemos a esta elite incomprendida, no es sino una forma diferente de orden.

No, ya sé, no es lindo. En el diario, por escrúpulo, mantengo mi escritorio lo más despojado posible. De otro modo, inevitablemente, terminaría llamando la atención. Pero no me hablen de caos, porque en el sentido estricto de la palabra mi desorden no es caótico. Me declaro aquí en rebeldía con la segunda acepción que le asigna el Diccionario de la Real Academia Española. En mi alacena no existe confusión alguna. Es más bien al revés.

En el fondo, se me ocurre, se trata de una cuestión de economía. El orden requiere esfuerzo. Conlleva tiempo e impone un costo condenado al derroche. El desorden, en cambio, surge solo, es espontáneo. Nadie, que se sepa, va y deshace la cama, mueve al azar las cosas de su mesa de luz, dispone la vajilla de modos insensatos o deliberadamente distribuye libros o lápices por doquier sin razón alguna.

El desorden es la biografía de nuestros quehaceres. Ni las galletitas están ahí por casualidad, ni las tazas, ni el tomillo. Cada fracción de ese aparente desorden responde, en realidad, al principio de Pareto. ¿Qué sentido tiene colocar esa ollita que se usa dos veces al año junto a la que trabaja todas las semanas, tan solo porque ambas califican como el mismo tipo de utensilio? Las clasificaciones son útiles a veces, no lo voy a negar, pero mi Corripio debe estar siempre a mano. Carece por completo de sentido emplazarlo allá arriba, junto con un gótico diccionario de alemán, o con el de sánscrito, que hace tiempo me regaló un amigo y que por lo tanto atesoro, pero rara vez consulto. El azúcar, el laurel, la nuez moscada y las cebollas no puede uno tener que rebuscarlas en un estante remoto. Podemos dejar eso para el costoso azafrán o las semillas de ajonjolí, que se tuestan en grandes cantidades cada tres meses, y luego, mezcladas las blancas y las negras con un puñado de las de lino, conformarán una aleación exquisita que, entonces sí, irá ahí donde están las pasas o los ajos, fáciles de alcanzar.

El desorden, pues, no solo germina sin esfuerzo (alcanza con hacer cosas), sino que resulta mucho más eficiente que el orden, aunque este disfrute de mejor prensa.

Pero está bien. No hay reconciliación posible entre las dos facciones. Porque en esta puja chocan dos instintos básicos de la psiquis humana. Si el desorden es eficiente, el orden es bello. Calma la ansiedad. Hace bien. Me encanta cuando dejan mi alacena toda prolija, lo admito. Hasta hago un vano intento por conservarla así. Me he sentido incluso tentado de sacarle fotos.

Dentro de unos meses, cuando las cosas vuelvan a estar como corresponde, desde mi punto de vista, y mis estantes, cajones y anaqueles ofrezcan al ojo inexperto todo el aspecto de haber sido saqueados por una banda de velocirraptores alcoholizados, me darán de nuevo una mano con el bendito orden, y por un tiempo volverá a prevalecer la belleza. Pero solo por un tiempo.

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