Las puertas de Rosario, testigos del infierno

Javier Navia
Javier Navia LA NACION
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19 de agosto de 2018  

Cuando esta edición estaba a punto de cerrarse, lista para enviarse a imprenta, una noticia repetida llegó de Rosario: otro testigo, que declaró hace cuatro años contra Los Monos, fue acribillado de cinco balazos en la puerta de su casa. Dos sicarios le dispararon antes de huir de la escena en una moto. Diego Romero fue el único muerto del día, aunque no se trató del único ataque. Más temprano habían sido baleados el Centro de Justicia Penal, donde se trata la apelación de las condenas a la banda, y el edificio donde vive la jueza Marisol Usandizaga. La vivienda de Romero está en un barrio humilde, en la zona oeste de Rosario. La casa de la jueza está a solo tres cuadras del céntrico Monumento a la Bandera.

¿En qué momento se jodió Rosario?, cabe preguntarse parafraseando aquel célebre comienzo de Conversación en La Catedral, la novela de Vargas Llosa en la que dos personajes, Zavalita y el zambo Ambrosio, inician un diálogo interrogándose sobre su propia perdición y la de su país.

Algunos dirían que, en el caso de Rosario, fue en la madrugada del domingo 26 de mayo de 2013, cuando Claudio "el Pájaro" Cantero, señalado como líder de la banda narco Los Monos, fue asesinado en la puerta de un boliche de Villa Gobernador Gálvez, en la periferia sur de la ciudad. Su muerte desató una ola de venganzas y luchas sucesorias que llega hasta hoy. Para otros, el comienzo de la pesadilla es anterior, cuando el narcotráfico comenzó a apoderarse de los barrios más pobres, con sus búnkeres de narcomenudeo, y a penetrar las barras bravas de sus clubes más importantes. En cualquier caso, la ciudad que ya en la década del 30 del siglo pasado se había convertido en sinónimo del crimen organizado, ganándose el apodo de Chicago argentina, por sus paralelos con la ciudad norteamericana copada entonces por Al Capone y sus secuaces, es, desde hace al menos un lustro, el epicentro de una guerra narco que, según el gobernador santafesino Miguel Lifschitz, "está poniendo en juego la institucionalidad".

Mientras testigos, arrepentidos y funcionarios judiciales son atacados a balazos, el miedo llama al silencio. Con la mafia no se jode, dejaron escrito frente a el edificio baleado de la jueza. Las puertas, como las que ilustra hoy la tapa de esta revista, se convirtieron en lugares peligrosos: cruzarlas, para algunos, equivale a una sentencia de muerte.

Sobre este clima de violencia y temor, que avanza sobre la tercera ciudad argentina, escribe en esta edición Germán de los Santos, uno de los periodistas que mejor ha documentado en sus artículos para LA NACION y en un libro imprescindible la historia de la guerra que convirtió a Rosario en un infierno. Una guerra que, como el miedo, se extiende como una sombra sobre toda una ciudad.

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