La nueva ignorancia

Sergio Sinay
Sergio Sinay PARA LA NACION
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19 de agosto de 2018  

Para una cuarta parte de los ingleses Winston Churchill es un personaje de ficción. Y la mayoría de ellos está convencida de que tanto Robin Hood como Sherlock Holmes existieron realmente. En una columna publicada en 2008, Umberto Eco (1932-2016), semiólogo, historiador, crítico cultural y uno de los últimos grandes humanistas, se sorprendía al encontrar estos datos en una encuesta de la revista Internazionale. Tenía razón. Si apenas cuarenta años después de la muerte de Churchill, ocurrida en 1965, sus propios compatriotas ignoraban quién fue el hombre que los sostuvo y sacó adelante, a ellos y quizás al mundo, en la hora más oscura, poco podría esperarse del resto de la humanidad. Y si personajes de ficción son tomados por reales, la Biblia y el calefón terminan por llorar juntos.

Como bien sabía el propio Eco, y es fácil advertir a poco que se preste atención, el fenómeno excede a Inglaterra. Se podría hacer hoy y aquí una encuesta acerca de personalidades históricas y personajes ficticios, y el desconocimiento y la confusión resultantes producirían escalofríos. La fascinación por los chirimbolos tecnológicos de moda, y las eficaces tácticas de mercadeo para imponerlos como necesidades básicas y endiosarlos, terminaron por producir una anomalía que se puede bautizar como La nueva ignorancia. Hoy ser ignorante no pasa por no saber leer y escribir o por desconocer pasos básicos de las matemáticas. A pesar de crudas realidades sociales y de la decadencia educativa, esos niveles están casi cubiertos. La nueva ignorancia consiste en no tener la menor idea de la historia reciente del país y del mundo, en desentenderse de los procesos del pasado que llevaron a parir el presente, en vivir en el puro instante, en creer que la realidad está en Netflix, Google, Twitter, Facebook o Wikipedia, que la historia empezó con estas herramientas y que si uno siguió hasta el insomnio cada temporada de Game of Thrones, Vikingos o Britannia, aprendió historia (cuando en verdad perdió para siempre todo contacto con ella).

En aquella columna, titulada Érase una vez Churchill y recopilada en De la estupidez a la locura, su libro póstumo, Eco explicaba cómo la superabundancia de información sobre el presente inmediato (en su mayoría irrelevante y emitida sin control, filtro ni supervisión a través de internet y de los medios masivos) termina por eliminar diferencias entre lo ficticio y lo real, lo falso y lo verdadero. Súmense a esto la confusión entre conocimiento y sabiduría, entre lectura y comprensión, el furor por las ciencias duras y las cognitivas y el desprecio por las humanidades. El resultado, decía el gran pensador italiano, da expertos en innovación con grave desconocimiento filosófico y peligrosa vacuidad existencial. En el mundo de la nueva ignorancia se sabe mucho de una sola cosa y se desconoce todo del resto. La vida entera cabe en un dedal. O en una pantalla. Porque una cosa es aprender rudimentos tecnológicos (atención educadores) y otra muy distinta aprender a pensar.

Eco veía una estrecha relación entre pensamiento mágico y entusiasmo tecnológico. La fe en la tecnología suplanta a la inquietud por saber, investigar, entender y saber. En otra columna, titulada Ir al mismo sitio, advierte que hoy la verdadera realidad es desplazada por su reconstrucción mediática. Salvo para una minoría como la de los resistentes de Fahrenheit 451, la gran novela de Ray Bradbury, que memorizaban libros antes de que fueran quemados y se refugiaban en los bosques para sobrevivir ellos y permitir sobrevivir a la memoria y el saber de la humanidad. Siempre hubo y habrá resistentes empeñados en no ignorar y en encender una fogata en la oscuridad.

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