El Eternauta vuelve a casa

Laura Ventura
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19 de agosto de 2018  

Los cinco hijos de Francisco Solano López cuentan una historia familiar con final feliz: tras décadas de contienda, la Corte Suprema acaba de sentenciar que los herederos del dibujante y de Héctor G. Oesterheld recuperan los derechos de marca del célebre cómic
Los cinco hijos de Francisco Solano López cuentan una historia familiar con final feliz: tras décadas de contienda, la Corte Suprema acaba de sentenciar que los herederos del dibujante y de Héctor G. Oesterheld recuperan los derechos de marca del célebre cómic Crédito: Gustavo Rapaport

Su papá falleció el día que cumplía ocho años. Su madre, en un ataque de dolor, se deshizo de los dibujos que su marido y su hijo habían hecho juntos. Todo a la basura. Francisco Solano López se cruzó de brazos y no quiso dibujar más. Muchos años después, sus tías lo sentaron frente al tesoro que habían rescatado el día de la tragedia. Con una nueva página en blanco comenzó su vida profesional. Su arte significó un íntimo homenaje a su padre. Esta semana se cumplen siete años de la muerte del gran dibujante, quien tradujo en imágenes el guion de Héctor Germán Oesterheld. Si El Eternauta existiera, los hijos de López le pedirían al héroe que viajara al pasado para contarle a su padre el fallo de la Corte Suprema de Justicia, del 10 de julio último, a través del cual los herederos de los creadores recuperan la marca del cómic. Tras una contienda legal que se extendió durante décadas, hay un final feliz e inapelable que culmina con la peregrinación de litigios que dificultaba la realización de proyectos audiovisuales para adaptar esta obra al cine y a la TV.

"Quien te puede contar bien es Marina", coinciden los hermanos López. Marina López Doynel es la hija menor del primer matrimonio de Teresa Estela Doynel y Francisco Solano -Solano es nombre de pila y la marca del orgullo ancestral que ostentaba el tataranieto, como también lo harán los demás descendientes, del mariscal paraguayo- López. Música de profesión, Marina se expresa por momentos con una precisión de letrada. López, que había sido alumno en el colegio del mismísimo Alberto Ginastera, silbaba melodías para que Marina las pudiera sacar en su piano. Metódica, sus hermanos destacan la tenacidad y el orden con el que ha continuado -y ganado- las contiendas que su padre dejó abiertas en distintos tribunales. Una de ellas ocurrió dos semanas después de la muerte de López, en 2011, cuando el dibujante recuperó los derechos de sus dibujos. La última y más compleja batalla se libraba hasta el mes pasado contra Ediciones Record: "Teníamos una cautelar que nos permitía editar la obra, pero estaba aún el conflicto de la marca. Estamos muy aliviados porque ya no hay dudas. El fallo resalta que tenemos los derechos junto con los dos nietos de Oesterheld, Fernando y Martín. Siempre, lo que estaba latente, más allá de las ediciones, era la posibilidad de una película. Nunca se podía encarar nada seriamente porque son proyectos muy costosos para una obra que estaba «floja de papeles». Nadie iba a invertir una millonada. No se podía hacer una obra más ambiciosa porque estaba la marca comprometida. Hay un montón de proyectos esperados por los fans", explica Marina. Realizadores de prestigio internacional, en particular Lucrecia Martel, quien trabajó muchos años en un guion, y también Álex de la Iglesia, expresaron su intención de llevar El Eternauta al cine. Por el momento no hay conversaciones entre los herederos y los directores.

El cómic se publicó por primera vez el 4 de septiembre de 1957 en la revista semanal Hora Cero. López contaba en entrevistas que Oesterheld no le daba muchas indicaciones sobre el universo que debía crear. El guionista dirigía su propia editorial y quería repetir el tándem con López que había dado a luz a Rolo, la historia de un marciano, pero esta vez, el escenario de la historia sería absolutamente vernáculo. "Mi trabajo fue un intento de aproximación a la intención de Héctor", dijo el dibujante en el programa de TV Grafonauta, en 2001.

"Quien te puede contar bien es Martín", dice Marina sobre aquellos años, a fines de los cincuenta, en los que aún no había nacido. Martín Solano López Doynel vive en Alicante. Ni siquiera él, testigo de tantas mudanzas, lleva un registro de las casas que habitó con su familia. Su primer recuerdo es, en un primer instante, fotográfico. Su madre lo baña a él y a su hermano Gabriel en una casita de campo en Valle Hermoso, provincia de Córdoba. En este patio, el grito del bebé se extiende con el de su padre, quien descubre una araña encadenada al respaldo de un sillón. En 1963, López parte a Europa con su familia, integrada entonces por su mujer y tres hijos, para abrir un espacio en mercados transatlánticos. Su primer destino es Málaga, pero López no se queda quieto jamás. En la prehistoria de internet, la editorial inglesa Fleetway quería tenerlo cerca. Allí publicaría El ojo mágico de Kelly y The Time Machine (luego vendrían Raven, historia de un niño futbolista, The Pit Pocket Army y Adam Eterno). "Una constante de cada viaje en familia era mi padre, con su equipo de trabajo: un tablero, improvisado a veces, una carpeta grande con los folios dibujados y un bolso con todo lo demás: pinceles, lápices, tinta, gomas de borrar, lupa, lámpara... Se las ingeniaba para trabajar aun en las condiciones más incómodas", dice Martín.

"UNA SITUACIÓN DE RIESGO" Después de tres años en Málaga, los López se fueron a Roma en camioneta. Fueron meses de viaje, durmiendo en carpa, parando en todos los museos de cada ciudad. La capital italiana se convertiría en el hogar de la familia durante 9 meses hasta que Teresa, embarazada de Marina, quiso regresar a Buenos Aires. López empezó a trabajar en su casa de Belgrano, en la calle Olazábal, en una pequeña habitación arriba del garaje. "Me gustaba mirar cómo dibujaba, siguiendo todo el proceso desde cortar las hojas de cartulina, a delinear los marcos de las escenas, a los bocetos a lápiz fino, a remarcar luego las líneas definitivas, después pasar a tinta las caras con las expresiones, seguido de los cuerpos describiendo posturas y movimientos. Finalmente el relleno de los demás elementos del cuadro, las sombras y los globos con los diálogos y las cajas con los comentarios", recuerda su hijo mayor. Por entonces, a la casa de los López acudían el guionista Ricardo Barreiro (juntos crearon Slot Barr en la revista Skorpio), Jorge Schiaffino y todas las figuras del cómic local. En esta coreografía de agendas, López intentaba cumplir siempre una tarea: llevar a su hijo mayor al colegio en bicicleta, en un caño acolchonado con telas para protegerlo de los embates del empedrado. Eran años de crecimiento profesional, pero el matrimonio con Teresa se rompió. A fines de los setenta llegó la oscuridad.

"Quien te puede contar mejor es Gabriel". Gabriel Solano López Doynel vive, como su hermano mayor, en Alicante y nació el mismo año que El Eternauta. Gabriel es el único de los hermanos López que conoció a Oesterheld. Fue el guionista quien le pidió que lo contactara con su padre. Hacía muchos años que ambos no se reunían o no mantenían contacto alguno. "Estuve presente en la reunión en la que Oesterheld le propuso hacer la segunda parte de El Eternauta. Fui testigo de eso. Fue en un estudio que tenía mi viejo en Barrancas de Belgrano. Oesterheld ya lo tenía masticado", recuerda Gabriel. El guionista le envió al poco tiempo el texto de la segunda parte del cómic, esta vez, con una carga ideológica explícita. "Estaba asumiendo una situación de riesgo. Estaba compartiendo con él una posición ideológica que no era la mía. Y no porque fuera pro proceso militar, pero no era necesario estar en las Fuerzas Armadas o en Montoneros. Había 30 millones de personas en el medio que no participaban activamente de esa oposición", recordaba Francisco Solano López en 2001.

En Madrid: Gabriel, Marina y Viviana, junto a Teresa y Solano. En la foto no está Martín, el hijo mayor de la pareja, ni Lorena, la hija menor del dibujante, fruto de su relación con Graciela Arcuri
En Madrid: Gabriel, Marina y Viviana, junto a Teresa y Solano. En la foto no está Martín, el hijo mayor de la pareja, ni Lorena, la hija menor del dibujante, fruto de su relación con Graciela Arcuri

"Me están siguiendo", decía a menudo Teresa, cuando regresaba del trabajo. Gabriel, militante de la Juventud Peronista, fue secuestrado poco después y, tras un periplo de centros de detención, fue trasladado a la cárcel de La Plata. "Me soltaron con la condición de que me fuera del país. Mi papá, que había hecho el Liceo Militar, tenía contactos que fueron muy oportunos. Todos los que habían sido compañeros suyos eran ya coroneles o tenían un alto cargo. La saqué muy barata. Me da escalofríos pensarlo", recuerda Gabriel. En 1977, Solano y su hijo partieron a España, y allí terminó de dibujar la segunda parte de El Eternauta. "Fue un gran padre. Demasiados consejos me dio porque confiaba mucho en mí. Pensaba que yo me infravaloraba. Tanto me apoyó que dibujó algunas historias mías. Tenía 19 o 20 años cuando las escribí. Eran cuentos y él los iba poniendo en viñetas. Los llamó Historias tristes. A los pocos años me propuso que hiciera otra historia con forma de guion, siguiendo las técnicas con descripción de cuadro a cuadro. Se llamó Ana. Para mí fue el mejor trabajo de mi padre en cuanto a dibujo. También hicimos La guerra del Paraguay. Caballero, seductor, culto. Vivió su libertad plenamente, sin hacer daño, bueno, quizá un poco a mi madre. Fue muy afable, entrañable. Se hacía querer".

"Quien te puede contar mejor es Viviana". López, con su hijo a salvo en España, regresó a Buenos Aires en 1979. Oesterheld y sus cuatro hijas estaban desaparecidos. En la sala de teatro El Umbral de Primavera, del barrio madrileño de Lavapiés, Viviana López Doynel, la dueña de este emprendimiento cultural, recuerda aquellos años tumultuosos. "Mi viejo trataba de contenernos. Había podido rescatar a Gabriel de esa locura, pero mi vieja había quedado sola conmigo y con mi hermana Mariana. Mi hermano Martín estaba en la Marina Mercante. Me psicoanalizaba, estudiaba teatro, trabajaba en un bar de noche. Me iba a ver al bar donde trabajaba, en Marcelo T. de Alvear, para poder hablar conmigo", recuerda. Meses después, Viviana viajó a España y se instaló en plena movida. Comenzó a estudiar danza y Antonio Llopis la convocó para Fausto, espectáculo que su padre aplaudió a rabiar. "Mi papá siempre tuvo con nosotros un gran respeto, una idea de dejarnos crecer, igual que mi mamá. Siempre acompañó con estímulo la vena artística de todos sus hijos. Mi viejo era un tipo que se hacía querer inmediatamente. Tenía una enorme paciencia. Un tipo cariñoso y a la vez ensimismado en su mundo, ya de adulta me doy cuenta de que era como un niño grande", dice Viviana, quien recibió en su casa madrileña a su padre antes de que partiera junto con Jorge Schiaffino de gira europea, en un periplo por la meca del cómic en una combi CW destartalada, que debieron abandonar para cruzar la frontera de Holanda, donde no se permitían autos tan antiguos. Mientras tanto, en Buenos Aires, un cortocircuito ocasionó un incendio en la habitación donde funcionaba su oficina y su trabajo de décadas quedó reducido a cenizas. López, siempre nómada, volvió a la Argentina durante los albores de la democracia y realizó Evaristo, junto con Carlos Sampayo. Luego se instaló varios años en Brasil hasta que regresó otra vez a Buenos Aires.

"Tanto me apoyó que hasta dibujó algunas historias mías", recuerda Gabriel, el único de los hermanos que conoció a Oesterheld
"Tanto me apoyó que hasta dibujó algunas historias mías", recuerda Gabriel, el único de los hermanos que conoció a Oesterheld

"Quien te puede contar de esos años es Lorena". Lorena López Arcuri es la hija menor del dibujante, fruto de su relación con Graciela Arcuri. "Mi viejo era un tipo raro. No era un padre normal que iba al estudio todos los días. Era un tipo bohemio con una gran virtud: siempre hablábamos con la verdad. Él podía entender lo que fuera mientras fuera con la verdad. Tenía una visión muy real de las cosas. Era un tipo muy centrado en sus respuestas. Se dedicaba a ser feliz y a hacer feliz a la gente que lo rodeaba", dice Lorena, quien fue su asistente durante muchos años. Los hermanos López recuerdan haber visto a su papá trabajar. Sin solemnidad, los niños podían ingresar en su estudio. Nunca nadie les indicó allí que estaba prohibido. El propio universo fantástico al que ingresaban los contenía. "Cuando se ponía a dibujar, no atendía el teléfono, a nadie. Cuando tenía que hacer algo muy puntilloso, lo hacía a la medianoche, cuando estaba más tranquilo, sin ruidos en la calle. Hacía pequeñas siestas de media hora durante el día y descansaba", recuerda Lorena. En este último destino, en la vida de López ingresó Pablo "Pol" Maiztegui, quien se convertiría en su fiel colaborador, casi un miembro de la familia, y con quien realizó, entre otras numerosas colaboraciones, varias entregas nuevas de la famosa saga, la primera de ellas llamada El Eternauta: el regreso (1997).

Ya instalado en Buenos Aires, tras una vida errante, López vivió sus últimos años con dos sentimientos contrapuestos, coinciden Martín, Gabriel, Marina, Viviana y Lorena. Por un lado, las batallas judiciales -algunas acompañadas por Elsa Oesterheld y otras no- por recuperar a su criatura, y por el otro, el resurgir que tuvo El Eternauta. El kirchnerismo, en particular tras la muerte de Néstor Kirchner, mientras impulsaba el cómic y a su héroe, también tomaba como propia una figura icónica. López, que nunca había sido peronista, no se opuso a la utilización del Nestornauta.

Una medianoche, en el oasis del silencio y de la oscuridad, un hombre está sentado frente a su tablero de trabajo. Su estudio, habitado por libros y soledad, se encuentra en la planta alta de su casa. Así comienza El Eternauta, pero la descripción también podría ilustrar el despacho de Francisco Solano López. Se adivinan los contornos de ánimas. Fantasmas del pasado emergen y con cada relato que se invoca comienza un viaje por la biografía de un hombre de carne y hueso. Los hermanos López residen en tres ciudades diferentes, de un lado y otro del Atlántico, y cumplen con una máxima de El Eternauta: el sentido de comunidad. Juntos reconstruyen los distintos capítulos en la vida de su padre, algunas viñetas con más exactitud, otras, con más emoción, una vida errante marcada por la distancia, pero nunca por la ausencia.

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