Diseñó una máquina para hacer carbón ecológico y lo contrataron en Colombia

Diego García trabaja trabaja en el Departamento del Cesar, en Valledupar, Colombia, contratado por las fincas cafeteras y arroceras Fuente: LA NACION Crédito: Fernando Massobrio
10 de septiembre de 2018  • 11:35

Diego García es técnico industrial, tiene 36 años, vive en José C. Paz, en el conurbano bonaerense, y trabaja por el medio ambiente. Su trabajo ayuda a reducir el impacto de los residuos urbanos e industriales: diseñó una máquina que convierte la cascarilla del arroz, del maní y del café en una briqueta ecológica que tiene mayor poder calórico que el carbón vegetal. Su idea atravesó nuestra frontera y desde el 2016 tpara fabricar estas briquetas que a partir de este año comenzarán a exportar a Estados Unidos, Francia y Arabia Saudita.

"Acá hay muchas trabas, mucha burocracia", asegura García refiriéndose a las posibilidades para desarrollar su proyecto en nuestro país, donde los restos de poda, por ejemplo, se amontonan en las calles de gran parte de las ciudades. "Los municipios podrían ocupar mano de obra y transformarlos en briquetas", sugiere Diego, quien a fines de agosto debe regresar al país caribeño donde es llamado el Messi del carbón ecológico.

Fuente: LA NACION Crédito: Fernando Massobrio

En el país del asado, para hacerlo la ceremonia comienza con comprar una bolsa de carbón, no existe supermercado o almacén que no la venda. Pero para que este producto llegue allí es necesario un proceso que pocos conocen. "Se talan miles de hectáreas, arrasan con bosques nativos enteros", explica Diego. Misiones, Chaco y Santiago del Estero son los mayores productores de carbón vegetal del país, y las provincias en donde mayor es el desmonte. "También son las que más inundaciones sufren", agrega.

Esa madera que se extrae en forma natural, se corta y es carbonizada en grandes hornos para poder ser luego embolsada, ya siendo carbón. La ecuación no es conveniente para la naturaleza: cada vez que usamos carbón vegetal, estamos consumiendo árboles que formaron parte de un ecosistema que difícilmente se regenere. Diego supo que podía hacer algo al respecto. Comiendo un asado en el fondo de una carbonería, vio cómo la carbonilla (residuo en polvo del carbón) se volaba, ennegreciendo la carne, y ensuciando el aire. Fue allí que la idea surgió: "Si logro compactar todo este polvo, puedo volver útil este residuo", recuerda. Hasta ese momento estaba en la industria textil, y debido a los altibajos del rubro, el negocio no tenía estabilidad. La idea llegó en el mejor momento.

Primeros intentos

"A prueba y error", resume los primeros intentos de hacer una briqueta con la carbonilla usando una máquina que fue diseñando hasta que mejoró y logró que funcionara, hoy tiene un costo de $140.000, con modelos más costosos que se pueden manejar en forma remota a través de una App. El procedimiento no tiene muchos secretos y se puede explicar en pocos pasos: primero hay que homogenizar la carbonilla con un aditivo, que en este caso es harina o maicena, y lograr una biomasa que dentro de la máquina es compactada y da como resultado una briqueta. "Así el polvo del carbón, vuelve a ser carbón y reducimos el residuo". La máquina cumplió con su fin y comenzó a trabajar para carbonerías, hasta que se contactó con una arrocera de Entre Ríos. La cascarilla de arroz tiene muy poco reciclado en nuestro país, al igual que la de girasol, pero en ambos casos, firmó un acuerdo para usar estos residuos y hacer carbón ecológico. Primero debió carbonizar las cascarillas, luego homogenizarlas e introducirlas a la máquina. La briqueta que resultó tiene mayor poder calórico que el carbón vegetal, un producto que en el mundo ya no es usado. "Europa y Estados Unidos usan briquetas", afirma Diego. Argentina y Paraguay son los mayores consumidores de carbón vegetal de la región.

Desde su taller de José C. Paz comenzó a recibir llamados de todo el país. Aserraderos, aceiteras y funcionarios vinculados al manejo de bosques se mostraron interesados en la máquina para poder darle un uso al aserrín, los restos de poda y los desechos provocados por la producción aceitera. Aquella frase de que nadie es profeta en su tierra se aplicó a Diego García. Tenía en su poder una máquina que podía recuperar residuos orgánicos en briquetas de gran poder calórico, pero se le dificultaba utilizarla. "El gas está muy caro, y pueden generar calefacción a muy bajo costo", reconoce. "En su momento me llamó Ricardo Pagola, del Organismo para el Desarrollo Sustentable (OPDS)", del gobierno de María Eugenia Vidal, pero no pasó del mero interés por la novedad.

Contacto

A través de un viejo video que circulaba por YouTube donde Diego contaba la génesis de su máquina, los dueños de las fincas cafeteras y arroceras de Colombia vieron la salida para solucionar un problema ambiental, pero también para hacer un negocio, algo que aquí nadie percibió. "Lo que acá me costó años, allá lo hice en 25 días", sostiene. "Reconocemos su experiencia y conocimiento, por eso lo invitamos a nuestro país", argumenta Miguel Hinojosa Barros, secretario general del Departamento del Cesar en la invitación formal. Diego llegó a Valledupar con un bolso y la ilusión de poder ser útil al mundo. Le compraron su proyecto, montó en ese tiempo un horno de carbonización y una máquina para hacer briquetas ecológicas a partir de las cascarillas del café y del arroz. "Hacer y quemar carbón vegetal es un delito en Colombia, si te ven cortando árboles para hacerlo, vas preso", afirma Diego.

Valledupar, la tierra del Vallenato, es el lugar en el mundo donde la invención de Diego genera interés y apoyo. "Es maravillosa, nosotros no podemos creer cómo ustedes pueden desaprovechar un talento así", sostiene Augusto Ariza Molina, el propietario de una finca, quien lo contrató y ya está haciendo briquetas ecológicas. "Nos hemos sacado un problema, el de los residuos, pero creemos que esto puede ser un buen negocio", sostiene. Arabia Saudita, Italia, Francia y principalmente Estados Unidos, son los potenciales mercados donde la briqueta eco tiene grandes chances de comercializarse. El último país es gran consumidor y las usa para hacer barbacoa, el próximo viaje de Diego es precisamente para ultimar detalles y trabajar en el envío de un importante volumen de ellas al mercado norteamericano. Mientras tanto, la gobernación del Departamento de Cesar evalúa usar la máquina para aprovechar los residuos de la tala del árbol de mango, que se ve en todas las calles. "Es lo que quería hacer en Argentina", concluye Diego, profeta en tierras colombianas.

TEMAS EN ESTA NOTA