Una falla inesperada, algo de suspenso y el rescate menos pensado

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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18 de agosto de 2018  • 00:54

Quien más, quien menos, todos tenemos un berretín. Para aquellos lectores que no son de la Argentina o Uruguay, un berretín es una suerte de fijación, de capricho recurrente, de manía. La Real Academia es más elegante para definir este término, pero los rioplatenses tenemos muy claro lo que es un berretín. Bueno, no es raro que los míos se relacionen con los libros, las plantas aromáticas, especialmente las que se usan en la cocina, y, desde luego, las computadoras.

De las dos primeras no hablaré aquí, porque no corresponde y porque suelo visitar esos temas en mis manuscritos de los miércoles. Pero con las computadoras me pasa algo que sé que está mal, que se emparenta con una práctica muy difundida entre los automovilistas, que no debería confesar públicamente, pero que de todos modos (así son los berretines) he revelado en numerosas ocasiones. Dicho simple, me cuesta dar de baja un equipo. Para que una máquina vaya a reciclado tiene que haberse incendiado tras caer de un piso 100 en medio de un huracán categoría F5.

Obviamente, estoy al día con cuanta tecnología sale, las pruebo, adopto algunas, descarto otras, etcétera, y, en general, me fascinan tales novedades. Mi berretín no tiene que ver con eso. Diría que es más bien un asunto económico, relacionado con otra de mis manías: detesto el derroche. La sola idea de comprar compulsivamente algo que después no voy a usar me eriza la piel. Y si un equipo todavía funciona, todo lo que hace falta es encontrarle una misión acorde a sus (en apariencia) obsoletas capacidades. Así, una PC que 10 años atrás fue mi máquina principal, hoy, con nueva fuente y discos más rápidos y generosos, sirve como backup automático. Otra, también veterana, se usa para ver cine. No soy usuario de Apple, y Netflix, Google Play y YouTube andan en ese equipo a la perfección.

Un tanque

Pues bien, esa notebook Inspiron 1545 (Dell), con unos 10 años y pesada como una locomotora, parecía haber llegado al final del camino. Después de todo, dos ultrabooks (una de la misma marca y otra de HP), livianas y rapidísimas, la había sustituido dos o tres años atrás. Con todo, veía esa Inspiron de carcasa roja a la que le había pegado el logo de Ubuntu, y me daba mucha pena. Mantenía su batería en condiciones, cargándola hasta un 40 o 50 por ciento cada dos o tres meses, pero su disco interno era tan lento que podías ver un capítulo de tu serie favorita antes de que arrancara el sistema, y dos más hasta que tuvieras el navegador en línea. Imposible.

Ya me había rendido ante la evidencia -y eso que me cuesta- cuando la Dell Latitude, delgadita y veloz, se apagó una noche con el indicador de batería titilando en un bonito color naranja. Obviamente, supuse que se había desconectado el cargador. Pero no. Estaba correctamente enchufado, solo que su LED (el del cable) titilaba en un decorativo contrapunto con el de la máquina. La arranqué de nuevo. Me dijo que la batería estaba críticamente baja. Y se apagó. Le quité la batería. Esta vez ni siquiera se puso en marcha.

Como era tarde, estaba trabajando y no me encontraba de humor para caprichitos, fui a buscar la Inspiron. La Latitude estaba ahí, inerte, sobre la mesa, mientras la colorada se tomaba su tiempo para arrancar. Entonces se me ocurrió una idea. Si todo el problema de la Inspiron era el disco duro, y si en la Latitude -aparentemente fallecida- había un veloz disco de estado sólido (SSD, por sus siglas en inglés), ¿por qué no donarle ese SSD a la veterana y ver qué pasaba?

Adaptador y blooper

Hice una búsqueda rápida sobre la Latitude y, en efecto, más de uno había chocado contra la extravagante situación de que, sin batería, se negara a arrancar. Obviamente, podrían ser las memorias o el motherboard, pero de pronto mi berretín entró en escena y, del mismo modo que aquél consigue un raro repuesto para poder hacer andar de nuevo su Torino rojo, se me fijó la idea de reemplazar el horrible y lento disco mecánico de la Inspiron por el SSD de su pariente más joven.

Para mi asombro, conseguí enseguida el adaptador de SATA (el tipo de conector de los discos mecánicos) a mSATA (mini-SATA, el que usan los SSD). No era económico, pero costaba la mitad que un SSD.

En mi ansiedad, pedí el adaptador de mSATA a SATA antes de abrir la Latitude. Sé que con un destornillador desarmo cualquier cosa (empecé a hacerlo a los tres años, más o menos; los juguetes no me duraban nada), así que me sentí muy confiado cuando mi proveedor de hardware me alcanzó el adaptador. Entonces me mandé un blooper histórico que sólo se explica por una razón: han pasado muchos años y muchas interfaces (el dispositivo que conecta el disco con la computadora) desde que armé mi primera máquina, y al final se me mezclaron los papeles. En mis cajones se amontonan rígidos de varias generaciones. Por lo tanto, cuando me trajeron el supuesto adaptador, les dije que eso estaba mal, que verificaran. En mi memoria, la interfaz SATA se me había mezclado con las ATA paralelas, tal vez con un toque de ESDI o de EIDE. Cuando verifiqué en casa las conexiones, descubrí (#facepalm) que el adaptador que me habían traído era el correcto.

Como me conocen y me tienen paciencia, a los pocos días me trajeron el mismo adaptador. Ahora venía la parte divertida.

Bailando por un disco

¡Sí, a desarmar! Recuerdo que a las 19 tenía una reunión cerca de casa, y que a las 18,20 llegué a casa con el adaptador y me puse a abrir la Latitude más o menos cinco minutos después. Ya había consultado un par de sitios en la Web, un poco como cuando miramos el trailer de una película, y, salvo por un truquito escondido que me llevó un minuto develar, a las 18,30 tenía el SSD sobre la mesa, prolijamente apoyado en la bolsita antiestática del adaptador mSATA a SATA (hay que tener cuidado con esos disquitos y con la electrónica en general).

Excelente. Saqué el rígido de la Inspiron (dos tornillos) y ahí me encontré con el primer inconveniente. Como suele ocurrir, los discos mecánicos entran justos en una bahía que los guía prolijamente hasta el conector, escondido allá en el fondo.

Pues bien, no iba a poder darme ese lujo con el adaptador y el disco de estado sólido. Eran, dicho simple, dos plaquetas de un milímetro de ancho una sobre otra. Así que quedaban dos opciones. O bien sacaba toda la tapa de la base de la Inspiron (8 millones de tornillos) o bien trataba de arreglármelas para conectar los dos enchufes de SATA en sus correspondientes zócalos, casi a ciegas y con el reloj haciendo tic-tac. Al cuarto o quinto intento me di cuenta de que sin ayuda no iba a lograrlo. Corrí a mi caja de herramientas y traje una pinza de punta larga. Luego miré con la linterna dentro de la bahía y descubrí que sólo tenía que alinearla en el sentido horizontal, porque los zócalos estaban pegados a la base de la bahía.

No me pregunten cómo (creo que fue 82,5% suerte), a las 18,38 tenía el SSD conectado mediante el adaptador a mi vieja notebook. La di vuelta con cuidado (porque el grosor de la plaquetita ocupaba una novena parte de la bahía y bailaba de lo mas contenta) y la encendí. Originalmente, el SSD tenía instalado un Linux, pero no sé si no quiso arrancar o si mi impaciencia (y el reloj) me hicieron apagarla, conectarle un USB con el instalador de Ubuntu que tengo siempre a mano, y volverla a encender.

Me esperaba algo más complicado, les digo la verdad, pero un instante después el instalador hizo el característico bip y me puse a subirle un Linux a la notebook. Supuse que en el momento de buscar un disco duro me daría una mala noticia, pero no. Ahí estaba, el SSD de 128 GB, ni enterado de que lo habían cambiado de organismo (por así decir).

Y tampoco hubo problemas en el proceso que siguió, más bien al revés; como los SSD son mucho más rápidos para (la mayoría) de las operaciones, a las 18,50 la pantalla me dijo que reiniciara para terminar la instalación, cosa que hice (nunca saquen el USB hasta que la máquina reinicie del todo), y ahora, como había anticipado, mi vieja Dell volaba. Medí el rendimiento del disco con gnome-disks. Era de más o menos 255 MB por segundo. Menos que en la Latitude, obviamente, pero antes, con el disco mecánico, apenas pasaba de los 50. Así que, habiendo quintuplicado la velocidad del almacenamiento, la robusta portátil parecía un Torino rojo, pero con turbocargador.

Prefiero no revelar qué técnica (por así decir) usé para mantener las plaquetas fijas en la bahía que antes ocupada el disco mecánico. Pero siempre tengan una colección de corchos en algún cajón. Están entre las cosas más útiles de la historia humana. Eso y un cuchillo bien afilado. A la reunión, obviamente, llegué puntual, mientras la Inspiron, rediviva, actualizaba su Linux.

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