Los empresarios, obligados a dar la cara

Francisco Olivera
Francisco Olivera LA NACION
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16 de agosto de 2018  • 13:56

-Cartellone, ¿les pedían coimas?

-No. No. No, porque, digamos, alguna empresa tiene que hacer las obras. Nosotros, jamás en la vida hemos dejado de hacer una obra: la empezamos y la terminamos. Eso es una cuestión que hay que verla. Digamos, siempre alguien tiene que hacer las cosas.

Poco habituado al diálogo con periodistas, la respuesta de José Cartellone, uno de los contratistas más importantes de la Argentina, no será nunca un ejemplo retórico o de coherencia discursiva. Y es probable que, si la Justicia lo cita, deba perfeccionar su declaración. Pero esas palabras del mendocino, que finalizó así un breve encuentro con LA NACION y otros medios durante el seminario organizado por la Asociación Empresaria Argentina ( AEA ), tienen un valor más fáctico que argumental: los dueños del capital, involucrados masivamente en la causa de los cuadernos, han decidido al menos dar la cara. Lo hizo esta mañana hasta Paolo Rocca, el más poderoso de todos, cuando se refirió al pago de coimas por la indemnización por la estatización de Sidor en Venezuela. Hace un mes, ante consultas similares, unos y otros se habrían escabullido entre las mesas del Sheraton, donde se desarrolló este foro.

Esta actitud que no tiene precedentes en la historia del establishment parte de la naturaleza de la investigación: la ley del arrepentido, que rige desde hace un año medio, los obliga indefectiblemente a anticiparse en la defensa porque desconocen en hasta qué punto podría incriminarlos. ¿Quién podría sentirse tranquilo en un sistema que funcionó sin fisuras durante décadas? Lo planteó de manera cruda el empresario agropecuario David Lacroze cuando, en su panel, citó el pasaje de la apedreada del evangelio de San Juan: "Aquel que esté libre de pecado, que tire la primera piedra", dijo, y agregó que lo único que podría despejar tantas dudas es "una Justicia independiente que separe la paja del trigo".

¿Son víctimas o responsables?, insistió este diario ante Cartellone, que prefirió una respuesta más abarcadora: "No es un problema de los empresarios, es un problema de la sociedad. La sociedad es la que tiene que cambiar. Somos todos los que tenemos que cambiar. Necesitamos un cambio cultural", respondió.

Que ese cambio de paradigma tenga posibilidades de prosperar durante la presidencia de Macri, exreferente de un grupo contratista, es no sólo una ironía de la historia sino lo que la vuelve más impredecible. ¿Hasta dónde avanzará la investigación y a quiénes alcanzará?, es una pregunta que inquieta no sólo al universo de la obra pública sino al financiero. La búsqueda de la verdad es un camino arduo no exento de sorpresas y, a veces, en un país habituado a lo contrario, difícil de poner en palabras.

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