La casa de las flores: cuando el melodrama se viste de parodia

La casa de las flores
18 de agosto de 2018  • 00:01

La casa de las flores (México, 2018). Creador: Manolo Caro. Elenco: Verónica Castro, Cecilia Suárez, Aislinn Derbez, Dario Yazbek Bernal, Arturo Ríos, Juan Pablo Medina. Disponible en: Netflix. Nuestra opinión: buena.

Luego de varias décadas de cuestionamientos ideológicos y bastardeos estéticos, de algunas incursiones geniales y definitivas como las de Luchino Visconti o Rainer Werner Fassbinder, el melodrama en los 80 se convirtió en un territorio de exploración de la contracultura, de las formas populares desprestigiadas, de aquello que bajo el aura del artificio y el maniqueísmo había dicho mucho y con bastante autoridad sobre el mundo contemporáneo. Dos directores se apropiaron de ese género para destejer sus tradiciones y deconstruir su iconografía: Pedro Almodóvar en España, Arturo Ripstein en México. El primero lo condensó en una puesta kitsch y desenfadada, impregnada de bolero y locura, de un ambiente queer y desafiante; el segundo lo amalgamó con la tragedia, con ese pulso fatalista de los destinos oscuros y marginales del México más olvidado.

Trailer La casa de las flores - Fuente: Youtube

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La casa de las flores -la nueva serie mexicana para Netflix luego del éxito de Luis Miguel: La serie - hace un camino interesante: partiendo de una cultura melodramática como la mexicana se recuesta sobre el pop almodovariano de canciones y travestismos para desmontar muchas de sus tradiciones aun vigentes. Y para ello cuenta con una de las figuras emblemáticas de la telenovela local: Verónica Castro . Esa gran señora de la ficción, convertida aquí en una matriarca que asiste al derrumbe del prestigio y las mentiras de su familia luego del suicidio de la amante de su marido, resulta la clave de la apuesta de Manolo Caro, creador y alma máter detrás del proyecto. Toda la historia de Verónica con su gente y sus míticos personajes se impregna en esta ficción colorida a rabiar, llena de espejos y suntuosos salones, de escaleras y mansiones, que evocan desde el Hollywood clásico hasta los dramones de la hora de la siesta.

Lo que le falta a la serie es salirse un poco del registro de la telenovela, sacudirse algunos mandatos argumentales de esas ficciones seriadas, y animarse a arrebatar la puesta en escena al extremo, que es como el melodrama consigue hacer vivir sus códigos. Lo mejor que tiene es el personaje de Paulina, representante fronterizo entre el statu quo y la rebelión. La voz afectada de Cecilia Suárez es el signo más evidente de su fluidez entre dos mundos: el de la "casa grande" de las flores, la familia autorizada y el poder establecido; y el del cabaret de las drag queens, con sus explosiones de canto y algarabía, con su decadentismo tan seductor. Es en esos disparates donde la serie consigue desnudar el dramón y hacerlo comedia negra, sin olvidar que los secretos solo existen para revelarse, y que las canciones son la mejor forma de decir las más tristes verdades.