Reseña: Autorretrato en el estudio, de Giorgio Agamben

Un filósofo ante el lienzo de su vida
Pedro B. Rey
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19 de agosto de 2018  

¿Qué grandes aventuras vitales puede contar un filósofo que no sean las del pensamiento? Giorgio Agamben (Roma, 1942), uno de los pensadores más reconocidos de hoy, le buscó una vuelta de tuerca a esa aparente obligación. En Autorretrato en el estudio no aspira tanto a contarse a sí mismo como a sugerir una fenomenología personal. El hilo conductor son los diversos estudios en que escribió su obra -con su escritorio, libros, fotos-, que reflejan los rastros de una vida y de una actividad. ¿La sospecha?: que "una auténtica autobiografía debería ocuparse más bien de los hechos no acontecidos".

Un autorretrato escrito, razona el autor italiano, es deficitario en relación a los del arte: no es posible lograr con las palabras una conmoción siquiera parecida a las que transmiten sus admirados Tiziano, Paul Gauguin o Avigdor Arikha cuando se pintan a sí mismos. Su método es transitivo, porque en los objetos que lo acompañaron se conserva el testimonio de la creación, sobre todo cuando una forma de vida (así considera a la filosofía) se vincula con la práctica poética.

Los estudios -estén en Roma, Venecia o París- no son descriptos con la minuciosidad del nouveau roman. Funcionan más bien como línea de fuga para recalar pronto en un retrato de Hermann Melville ( Moby Dick, más que una novela es definida como una summa teológica) o en una imagen del patafísico Alfred Jarry ("cada libro que escribió es la resolución poética de un problema filosófico").

A pesar de las referencias a la pintura, la convicción de fondo es que conviene desarrollar los temas de una vida como una partitura musical y que la nota larga de la vejez, la última, tiene la ventaja de sonar "más larga y profunda que el instrumento intacto de la juventud". A Agamben lo deja perplejo descubrir que, a pesar de lo que diga el documento, su alma esté más cerca de los nueve años y que escribir sea una manera de volverse extranjero para sí mismo.

Se define como un epígono en el sentido literal de la palabra: un ser que se genera a partir de otros. Por eso, un amplio espacio del lienzo de sus días está dedicado al retrato de amigos, ese vínculo "estrecho y misterioso". El círculo de la novelista Elsa Morante es uno de los focos centrales de lealtad generosa. También el poeta español José Bergamín, que le contagió la aversión hacia las actitudes trágicas y su inclinación por la comedia. De los poetas italianos que conoció, su preferido es Giorgio Caproni. Guy Debord o Jean-Luc Nancy, algunos de los compañeros generacionales a los que se evoca en unas pocas líneas.

Ninguno de esos vínculos escapa a una tensión filosófica íntima, pero el lector frecuente de Agamben se detendrá más en aquellas zonas que apuntan a su modo de pensar. En uno de sus estudios hay una fotografía de él con Martin Heidegger en Vaucluse, donde realizó un seminario con esa "suerte de talismán esotérico", decisivo en su formación. Fue entonces, sugiere, que se asentó su pasión por la filología, disciplina que esconde una "inigualable lección política" y a la que recurre en toda su obra.

Agamben
Agamben Crédito: Dufour

Los nueve volúmenes de Homo sacer, el proyecto magno de Agamben, admite un homenaje. "Tal vez la crítica del derecho, que nunca he abandonado", revela, tiene origen en la lectura de Simone Weil, a la que analiza de manera admirable.

La esperada aparición en escena de Walter Benjamin adquiere peso en las últimas páginas, cuando Agamben revela que su pasión detectivesca por el autor de El libro de los pasajes lo llevó a perseguir de manera quizá malsana "las huellas de aquella vida perdida para siempre" (entre otras pesquisas, fotografió todas las casas que Benjamin habitó en París). A él, "su genius o angelus", le debe entre tantas cosas "la capacidad de extraer y arrancar por la fuerza de su contexto histórico aquello que le interesa para volver a darle vida y hacerlo obrar en el presente". Habla de un procedimiento filosófico que a su manera también se extiende a este libro bello, fragmentario y con pocas fechas,estoicamente melancólico, que sabe que no "solo se habita en lo abierto del ser, sino asimismo entre y sobre todo en el paso entre el pasado y el presente, entre los vivos y los muertos".

Autorretrato en el estudio

Por Giorgio Agamben

Adriana Hidalgo. Trad.: R. Molina Zavalía y M.T. D'Meza140 páginas/ $ 370

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