Imágenes para ver una y otra vez

Hugo Beccacece
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19 de agosto de 2018  

En el estreno de El ángel, la espléndida película dirigida por Luis Ortega, el protagonista, Lorenzo Ferro ("Toto"), que interpreta al asesino serial Carlos Robledo Puch, llevaba puesto un enterito rosa sostenido con breteles tipo "jardinero", debajo tenía una remera negra. En la pechera del enterito, se leía la inscripción: "Natural Born Chorro". Un amigo se le acercó y le hizo una pregunta retórica: "¿No estás más de rubio". El flamante astro le contestó: "Este es mi color, castaño claro. ¡No voy a andar todo el tiempo de Marilyn!". Es casi seguro que Ferro no nació para ser chorro, pero nació para encarnar al Robledo Puch de Ortega (que es una ficción verosímil y notable). En ese papel, Toto resulta un intérprete extraordinario. Tiene una frescura, una gracia y un desparpajo que iluminan la pantalla, pero también la oscurece con su crueldad y violencia. No es un serial killer; es un massive killer: el rol soñado que encontró al actor soñado.

No hay que perdérsela. El 26 de agosto cierra la espléndida muestra de Horacio Butler, Viaje, modernidad, paisaje que se exhibe en el Museo Sívori, curada por Malena Babino. En realidad, la exposición se desarrolla en dos sedes, la del Sívori y la del Museo de Arte Tigre (que permanecerá abierta hasta el 30 de septiembre). Mientras que en el Sívori se pueden ver pinturas de distintas épocas del pintor argentino; en Tigre, hay una serie de tapices, algunos cuadros, obra gráfica y bocetos (entre otros, los que realizó para La glorificación de San Francisco, el gran tapiz de la iglesia dedicada al santo en Buenos Aires).

Butler fue el pintor por excelencia de Tigre, el que nos enseñó a ver sus islas, casas y paisajes. Sus imágenes están pintadas con la mirada de la memoria. Registran de un modo lírico cierta época del Delta: la de principios del siglo XX. El título de la muestra empieza con la palabra "viaje". No solo se trata de un viaje en el espacio, sino también en el tiempo. Durante los años de formación que Butler pasó en Europa, en la década del 30, una buena parte de su producción estuvo consagrada a los paisajes y a los lugares célebres; por ejemplo, el Ponte Rialto en Venecia y un curioso collage con relieve que sintetiza de modo imaginario los principales monumentos y palacios de esa ciudad. Durante esos mismos años, pintó los paisajes de Sanary, en Francia, de Worpswede, en Alemania. Ya de regreso en la Argentina, se instaló en 1934 en una casa en el río Carapachay, del Delta.

Unos años más tarde, en 1940, la película La casa del recuerdo, basada en la novela homónima de Susana Bombal, dirigida por Luis Saslavsky, con Libertad Lamarque y Arturo García Buhr, transcurre en la Belle Époque en Tigre y deja testimonio de las costumbres de las clases acomodadas que vivían o pasaban una temporada a orillas de los ríos. El parentesco entre el mundo que reflejan Saslavsky y su fotógrafo, Alberto Etchebere, con el de Butler es evidente (ver las litografías que les dedicó a las casas y a los paisajes de las islas). Para esa generación de artistas y escritores (Mujica Lainez era uno de ellos), Tigre estaba relacionado con la niñez y la juventud.

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