Reseña: El hijo judío, de Daniel Guebel

A la sombra del padre de Kafka
Violeta Gorodischer
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19 de agosto de 2018  

En El absoluto, publicado en 2016, Daniel Guebel (Buenos aires, 1956) emprendía una aventura literaria arriesgada: adentrarse en una saga de más de 500 páginas que narraba las peripecias de los Deliuskin, varias generaciones de una familia que, desde el siglo XVIII hasta fines del siglo XX, habría transformado el mundo de la música, la mística y el pensamiento revolucionario.

Si Guebel tuvo entonces una imaginación desbordante y una voraz voluntad de "abarcarlo todo", su nuevo libro mantiene el apego al género familiar para ubicarse en el extremo diametralmente opuesto. Sucede que El hijo judío es una novela breve, casi una nouvelle, que juega con la idea de autobiografía literaria para evocar, con un tono intimista y confesional, la infancia de un niño que busca con desesperación el cariño paterno mientras asiste al nacimiento de su amor por la literatura. La infancia adquiere el formato de los recuerdos y el recuerdo, explicita Guebel, es pura construcción narrativa.

En El hijo judío el lector asiste a un cuestionamiento constante del relato. Se relativiza de esa forma la crueldad de una dupla materno-paterna que dilata el castigo físico para aumentar la tortura psíquica: "Yo le rogaba, por favor, le decía, por favor, pegame vos, ahora. Pero ella, que no. Que esperara. Lo que se abría a partir de aquellas situaciones era la sensación de una inminencia que demoraba horas en cumplirse: la angustia se estiraba interminablemente en la anticipación de un castigo que yo imploraba se realizara de inmediato". Unas páginas después, el narrador advierte: "Quizás estoy inventando la existencia a repetición de una escena que nunca ocurrió para agigantar las nocturnas fiestas barrocas de una infancia alimentada por el horror de mi alma".

Por otra parte, es constante la intertextualidad con Kafka, referente que Guebel elige para la construcción de su narrador personaje: el "judío de Praga" es el espejo ante el cual él se construye como hijo. El humor, ineludible marca de estilo, aparece en la comparación de los padres: el narrador desearía haber tenido al tiránico padre de Kafka antes que al suyo, se apiada del viejo Hermann por la victimización de su hijo en la Carta al padre y se compadece a sí mismo por la suerte que le ha tocado: "En cambio yo... Yo, que solo esperaba un poco de aceptación y respeto y de amor, y que no guardaba en mi ánimo la menor voluntad de reproche, solo conseguí golpes. Dudo mucho de que don Hermann se atreviera a alzar la mano sobre Hanz".

Guebel se mide con Kafka en términos de sufridos hijos judíos, pero también lo hace en cuanto a su papel de autores. Le reconoce al escritor nacido en Praga su podio en la literatura europea (no dudaría en salvarlo de un incendio antes que a Joyce, asegura) y, como Franz, se escuda en la escritura como refugio ante la incomprensión y crueldad paternas. La literatura es pulsión de vida que nace en la más tierna infancia (en el chinito escondido en el fondo del plato para que él tomara la sopa, en los cuentos que su padre le contaba de noche, en la imaginación como escape del tedio cotidiano) y se mantiene en la vida adulta como motor inevitable: "Pierdo la vida si no puedo escribir algo".

La alternancia entre el recuerdo de un padre autoritario y omnipotente con el presente del hombre viejo, agónico y triste, conforma los pasajes más conmovedores del libro. Sin golpes bajos, Guebel asume el paso a la vida adulta en la inversión de roles. Ahora es el hijo el que cuida al padre, y en esta suerte de despedida compartida con los lectores, termina de dar forma al retrato parental. Ante la muerte inminente, el hijo revela en su máximo esplendor la distorsión del recuerdo y exhibe, en última instancia, el motivo que originó la escritura del libro: "Padre. Escribí estas páginas, que te descubren y te velan, para que sobrevivas de alguna manera".

El hijo judío

Por Daniel Guebel

Random House176 páginas$ 329

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