La magia de los números

17 de agosto de 2018  

Hace un par de noches, al escuchar las palabras de los ganadores del Premio Bunge y Born de este año, Víctor Yohai y Pablo Schmerkin, era imposible no notar la paradoja de que sea la disciplina más rechazada y temida por la mayoría de los estudiantes la que desata entre sus cultores el amor más encendido.

Lejos de la aridez gélida que se le atribuye, la matemática alumbra pasiones entre los que se atreven a correr sus velos. En la reina de las ciencias, más que en ninguna otra, se cumple el verso de Yeats: "Belleza es verdad, verdad belleza -y eso es todo/ lo que sabes en la Tierra, y todo lo que necesitas saber-". Durante la ceremonia ambos destacaron, precisamente, que fue su dimensión estética y la eternidad de sus postulados lo que los llevó a entregarse por completo a su mandato: perseguir lo bello, lo bueno y lo verdadero.

El célebre neurólogo Oliver Sacks describió con claridad el "flechazo" con que subyuga la matemática: "Yo, a los seis años -dijo- estaba enamorado de las cifras. Me gustaban los números porque eran sólidos, invariables, permanecían impasibles en un mundo caótico. Había en los números y sus relaciones algo absoluto, cierto, que no se podía cuestionar, más allá de toda duda? Amaba sobre todo los números primos, el hecho de que fueran indivisibles, que no pudieran partirse, que fueran de manera inalienable ellos mismos?"

En un maravilloso libro de retratos de matemáticos destacados ( Mathematicians, Cambridge University Press, 2009), David Mumford, de la Universidad de Brown, también la pinta de forma muy distinta de los estereotipos que prevalecen: "La matemática en general, y la matemática pura en particular, siempre me parecieron jardines secretos, lugares especiales donde podía cultivar teorías hermosas y exóticas. Necesitas una llave para entrar, una llave que ganas dejando que las estructuras matemáticas giren en tu cabeza hasta que son tan reales como el cuarto en el que estás sentado".

Pero tal vez lo más importante que enseña esta tribu de iniciados no radica en el logro intelectual, sino en esa hermandad que los une más allá de estatus económico, credo, edad o nacionalidad. Pocas veces, en otros ámbitos, se advierte la genuina admiración que sienten los matemáticos por sus colegas que alcanzan las más altas cumbres del genio creativo. "La matemática nos hace sentir a la vez muy pequeños y parte de una red universal -dijo Schmerkin-. Cuando llegamos a comprender alguna idea profunda, por un lado pensamos ?a mí jamás se me habría ocurrido esto', pero por otro la hacemos nuestra, nos empezamos a sentir orgullosos de esa idea ajena, y con un poco de suerte nos basamos en ella para ir un poquito más allá en el conocimiento".

Otro rasgo notable es su cualidad acumulativa. Como dice en sus espectáculos de stand up científico el español Eduardo Sáenz de Cabezón, una vez que se prueban, los teoremas son eternos, más que los diamantes o las mareas, y así van construyendo una catedral majestuosa e intrincada.

Y por último está su carácter lúdico. A pesar de la exaltación y la angustia que se alternan mientras se lucha por resolver un problema, hacer matemática en el fondo siempre es un juego. El medallista Fields Andrei Okounkov, que vino a Buenos Aires para la premiación, lo resumió maravillosamente: "La matemática es compleja. No se desalienten por esto, acéptenlo. Es genial que para todos nosotros haya suficientes problemas importantes, hermosos y desafiantes. Elijan un área de estudio que sea la que mejor resuene en ustedes y disfruten su trabajo diario tratando de ir más a fondo y más lejos. No sean impacientes. ¡Y no se rindan! Cualquiera puede tener una idea brillante y los necesitamos a todos para lograr avances en estos problemas importantes que enfrentamos".

Si los chicos supieran esto, todos querrían ser matemáticos...

Por: Nora Bär

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