Otra cara del turismo aventura: temores de una madre ante el abismo

"¿Quién me mandó a hacer esto?", le dije a Jesús, nuestro guía. "No sé por qué estoy acá". Fuente: LA NACION
19 de agosto de 2018  

El siguiente relato fue enviado a lanacion.com por Delia Sisro. Si querés compartir tu propia experiencia de viaje inolvidable, podés mandarnos textos de hasta 3000 caracteres y fotos a LNturismo@lanacion.com.ar

Después, llegan las preguntas: ¿por qué lo hice? ¿Qué me llevó hasta ese lugar? El problema se produce cuando esas preguntas se formulan cuando ya no hay vuelta atrás, ya no hay posibilidad de elegir. Es un momento de envión o de debacle.

Hace unos días estaba en Potrerillos, Mendoza, al borde de una montaña, a punto de hacer rapel desde unos 31 metros. No es nada para los entrenados en esa actividad, pero es una barbaridad para los que nunca nos bajamos con una soga en un cerro desconocido de una provincia lejana. La perspectiva era casi de fatalidad si se tiene en cuenta que además de estar por tirarme, mis hijas iban a hacer lo mismo.

Pocas veces en mi vida, a pesar de su alegría, me sentí tan apesadumbrada. Supongo que, como siempre, los miedos se entremezclaban. Podía sentir sus reparos en el frío mendocino, en el silencio devastador. Porque a pesar de su risa nerviosa yo intuía la perplejidad.

Una especie de desgarro y de congoja me estrujó cada uno de los músculos cuando las vi tirarse los desde los 31 metros. En verdad, el lugar era tan empinado y tanto el vértigo que apenas pude ver la bajada unos metros, después un silencio espantoso y tras varios minutos siniestros, la voz lejana y tranquilizadora avisaba que habían llegado bien.

Jesús, nuestro guía de montaña, me dijo que era un sentimiento común, que lo vio repetido en muchas madres, incluso en mujeres más osadas y habituadas al rapel, que cuando sus hijos bajan, la conmoción se apodera de ellas.

A 31 metros

"¿Quién me mandó a hacer esto?", le dije a Jesús, nuestro guía. "No sé por qué estoy acá". Fuente: LA NACION

Ahora que estoy tomando un té mientras escribo, con una de mis hijas estudiando en la misma mesa que yo, en un ambiente conocido y cálido, pienso que el rapel es la metáfora de la maternidad: ver que los chicos están dispuestos a dar el salto, que pueden hacerlo por sus propios medios, por convicción, que uno puede tener sujeta una soga por un tiempo, pero luego ellos se tiran y nada va a poder evitar algún rasguño. Y que, en ese caso, lo mejor que les va a ocurrir es seguir adelante superando sus propios golpes.

En ese momento no pensé nada de eso. Sentí la más absoluta irresponsabilidad al dejarlas bajar. Pero cuando me di cuenta, ya era tarde: equipo controlado, todas las explicaciones, solo quedaba saltar, mantener las piernas lo más extendidas posible y confiar en el arnés.

Pasados sus saltos, me tocaba a mí. ¿Quién me mandó a hacer esto?, le dije a Jesús. No sé por qué estoy acá. Me respondió que por algo sería, que mis preguntas eran muy racionales, que no lo pensara mucho, que si lo había decidido sería porque lo deseaba. Le dije que en 42 años no se me había ocurrido semejante idea y en ese momento accedí como si nada. Mi angustia creciente miraba hacia abajo: 31 metros, no es ningún juego, una mala maniobra y todo puede convertirse en tragedia.

Jesús me dijo, sabio y paciente, que lo más importante era la seguridad, la confianza en que podía hacer las cosas bien. Precavida, le pregunté qué pasaba si? pero no me dejó terminar, me dijo que buscara dónde pisar, que registrara cómo iba a ubicarme frente a la montaña, y que siguiera las palabras de Atahualpa: en el camino no hay atajos.

Sin atajos

Cuánta verdad, pensé. No hay atajos. Puede haber desvíos, no atajos. No era tiempo de disquisiciones, aunque me resultaran un buen consuelo. Me preguntó si iba a bajar. A mí, hasta ese momento, a pesar de tener ganchos de seguridad en mi arnés, a pesar de estar abrazada con desesperación a una piedra, a pesar de tener el casco torcido y suponer que antes del infarto salía así de indigna en una foto, a pesar de la inquietud intacta, no se me había ocurrido la posibilidad de no deslizarme por una cuerda.

Le dije con la habitual valentía de mis palabras y con la vehemencia de mi tono que no había modo de claudicar, que si les decía a mis hijas que los miedos se enfrentan, yo iba a enfrentar los míos, que temores se tienen siempre, que de lo que se trataba es de tener coraje para contrarrestar lo inevitable.

Lo dije en voz alta para mí, lo dije para que fuera cierto, para darme ánimos.

Me gritó desde arriba: siempre hay un lugar donde pisar, mirá bien. Dije para mis adentros, como en la vida, y confié en las palabras de Jesús, en que el corazón aguantaría, en que iba a lograrlo y entonces intenté hacer pie en la verticalidad de la montaña y también hice lo peor que se puede hacer: mirar para abajo. Lo hice con el afán de que me diera impulso saber que faltaba poco.

Montaña abajo mis hijas me daban indicaciones: más a la derecha, vamos que no falta nada, dale mamá, vos podés. Y nosotras, que nos reímos de todo, dejamos de reírnos por el miedo y porque de golpe, mientras resolvía dónde apoyar el pie, antes de reventarme las caderas entre las piedras, recordé mis palabras casi veinte años atrás a ellas, tan frágiles, y yo tan fuerte: que no renuncien, que sigan, que siempre se puede.

Ahora ellas me alentaban para llegar a la meta.

Al alcanzar la base, el temblor de todo el cuerpo, la falta de equilibro, las uñas incrustadas en la palma de una mano, la soga marcada en la otra, no me dejaban disfrutar del alivio.

Supe que nunca más me sometería a las alturas, que hay vértigos que hay que asumir, que no todo depende de la fuerza de voluntad. Me alegró llegar, me alegró inmensamente vivir para contarla y me entristeció comprender que hay cosas que ya no haré. La música de Sabina y el fuego de una salamandra me restituyeron de a poco a la tierra firme.

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