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Los Roques, la otra Venezuela

Soledad Gil
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10 de septiembre de 2018  • 16:19

A pesar de las dificultades que atraviesa el país, este archipiélago caribeño se comporta, en cierta medida, como el conjunto de islas que es. Es cierto que muchos se han ido, pero son especialmente aquellos que conocen su belleza quienes reinciden, haciendo caso omiso de las crisis. A 160 km de Caracas, Los Roques continúa traccionando viajeros.

Una hendija urbana con vista al mar, en Gran Roque.
Una hendija urbana con vista al mar, en Gran Roque. Fuente: Lugares - Crédito: Soledad Gil

Un día de vacaciones en Los Roques es así:

1)Se levanta tipo 8.30 o 9 de la mañana. Desayuna con ricos jugos de parchita, lechosa, patilla u otras frutas desconocidas, arepas, café. Si no lo hizo la noche anterior, esa mañana decide en cuál de los 300 y tantos cayos pasará el día. Los más próximos, Francisquí y Madrisquí, suelen estar incluidos en la tarifa "all inclusive" con la que trabajan las posadas. Los demás son extras que uno elige del menú disponible y paga al final, a la hora del check out. Cada hotel trabaja con uno o varios "peñeros", como le dicen a las lanchas. Usted elige dónde, ellos lo llevan.

2)A eso de las 9.45 pasa el guía con un carrito donde carga las toallas y las heladeras (cavas) con el almuerzo (un snack, una ensalada de atún o de pollo o sándwiches, frutas y galletitas). Breve caminata hasta el muelle.

Juegos en el muelle de Gran Roque.
Juegos en el muelle de Gran Roque. Fuente: Lugares - Crédito: Soledad Gil

3)10 de la mañana. Organización a grito pelado de la cooperativa de peñeros. Madrisquí, Crasquí, Cayo de Agua, Rabusquí, Carenero. Usted para allá, el otro para acá. En 15 minutos no queda nadie en el muelle.

4)Al cabo de media o una hora (la más lejana de todas las salidas es la de Cayo de Agua) llega a destino.

5)Que cuál es su cava, que dónde quiere la sombrilla, que a qué hora quieren volver todos. Votación grupal espontánea con opciones que nunca van más allá de las 17 horas, y chau. Se van.

6)Ahí queda usted, muy parecido a solo -y también, a veces, solo del todo- en una playa desierta, bajo un sol impiadoso, con una heladera que contiene la única agua dulce de todo el cayo. Le viene un pensamiento de náufrago, cómo no. Mira el horizonte turquesa y se pregunta. "¿Y si esta gente se olvida de mí?". No es muy original, se lo aseguro. Les pasa a todos los que se quedan en esa nada perfecta, contemplando cómo los guaripetes (lagartijas) se acercan a comer las migas del almuerzo, cómo los guanaguanares (las gaviotas de cabeza negra y cuerpo blanco que son propias del lugar) intentan quitarle los peces de la boca a los alcatraces. En efecto, está a merced de los que se comprometieron en volver a buscarlo. Tienen buena memoria. No hay reportes de Robinson Crusoes por negligencia, olvido o abandono. Y verá cómo, al cabo de unos días, le toma el gustito al plan.

La vida, en Gran Roque.
La vida, en Gran Roque. Fuente: Lugares - Crédito: Soledad Gil

7)A las 18, más o menos, ya está de vuelta en Gran Roque, la capital del archipiélago. Tiempo suficiente para pegarse una ducha y estar listo para la hora de la cena, que se sirve a las 19.30. Después, a andar por el pueblo, tomar algo, elegir un collar de caracoles en la mini feria artesanal, y volver a la posada a ver una peli, terminar un libro, dormir con la ventana abierta, oliendo el aire de mar.

Los Roques está haciendo efecto cuando, de pronto, las preocupaciones más graves son:

1)Qué contendrá la cava para el almuerzo.

2)Qué cayo visitar al día siguiente.

3)Se está corriendo el sol y me voy a quedar sin sombra. O viceversa.

Si ya está en esa fase, relájese. Quiere decir que ya se olvidó de todo y entró en ritmo. El click, la epifanía anti estrés, puede ocurrir en cualquier momento: observando un pez azul esconderse en una cueva, jugando a la lotería en la calle principal con los locales, o justo antes de que se le derrita el seso al sol. No importa cuándo. Lo importante es que suceda. Por si la ansiedad lo mata, aquí va un ejemplo de unos ocho días cualquiera, en versión random. El orden de las playas no altera el producto.

Día 1. Para empezar, algo tranqui. Tras el vuelo tempranero de Albatros Airlines o Aerocaribe (hace tiempo que dejaron de volar AeroTuy y Chapi Air), llegamos medio rotos a Albacora. La posada tiene sólo tres habitaciones y verdadero clima de hogar. "Vayan a recostarse un rato", nos sugieren. Para cuando nos levantamos, ya son más de las 10 y sólo podemos ir a los cayos más próximos. Francisquí está a 20 minutos de Gran Roque. En realidad, se trata de tres cayos en continuado, que llevan los nombres de Francisquí Arriba, Abajo y Del Medio o Campamento. La terminación en "qui" es una derivación del "key" (cayo), en inglés. El uso hizo que "Frances Key" pasara a ser Francisquí, con acento agudo, tanto como "North East Key" derivó en Nordisquí. En la posada nos sugieren ese rumbo como quien sugiere andá acá nomás a la esquina, y con esa poca fe vamos. Nuestros ojos no dan crédito cuando llegamos. Arena fina y blanquísima, mar transparente, peces que nadan entre nuestros pies.La piscina natural con sus magníficos corales está a pocos metros. Basta ponerse el snorkel para ver pasar las coreografías marinas de Fantasía de Disney delante de los ojos. Un éxtasis de vida marina. Cuando los dedos se fruncen (porque frío, jamás) y, después de almorzar, merodeamos por el parador local, donde recalan los que hacen kite surf. Luego sabremos que este tipo de servicios es una rareza y que si uno está acostumbrado a sentarse en una mesa y querer picar algo calentito, éste es el lugar ideal. Sin embargo, con el correr de los días se nos irá haciendo carne eso de desplomarnos en la arena, mecernos en el agua y, a lo sumo, explorar algún sendero marcado por botutos (caracoles) en el medio de la arena.

Alimentando los guanaguanares en Cayo de Agua.
Alimentando los guanaguanares en Cayo de Agua. Fuente: Lugares - Crédito: Soledad Gil

Día 2. Apostamos alto. Vamos a una de las playas más famosas, Cayo de Agua. Los barqueros lo ofrecen como un tour que incluye también Dos Mosquises (la estación de protección de las tortugas marinas) y una parada en Espenquí para tener un encuentro cercano con estrellas de mar. Una agenda ocupadísima para un día en Los Roques. Después de interesarnos en las tortugas, nos instalamos en Cayo de Agua. Ahora comprendemos por qué es el summum: parece el Mar Rojo en el pasaje de la Biblia. Una extensa lengua de arena separa el mar planchado y uno pasa andando cual Moisés, versión profeta del Caribe. En Cayo de Agua hay una fuente de agua salobre, que fue la única que consumían los pobladores hasta que se instaló la planta desalinizadora de Gran Roque en 1956. Y si hoy es una hora de navegación con motor, cuesta imaginarse cuándo demoraría esa empresa a remo o a vela... El alto para ver estrellas de mar resulta una verdadera sorpresa. Hay decenas, de todos los tamaños. Lentas, pero muy voraces, no son las más queridas por los ambientalistas. Sí, en cambio, por los turistas que se desviven por una foto. La mayoría no sabe que alcanzan 30 segundos fuera del agua para matarlas.

Las estrellas de mar abundan en Los Roques.
Las estrellas de mar abundan en Los Roques. Fuente: Lugares - Crédito: Soledad Gil

Día 3. Crasquí. Fue una de las primeras playas habitadas por pescadores, y hoy varios de sus ranchos se han convertido en restaurantes y modestos hoteles. Son los únicos con camastros, hamacas y música, todas rarezas en las arenas de estas latitudes. Tiene, como la mayoría de los demás cayos, esa excelente combinación de todo: un sector con profundidad para nadar, piscina natural para snorkeling y extensión para caminar. Está cerca, además, del Palafito, una rústica plataforma sobre el agua que se usa como base para bucear, aunque su verdadera razón de ser es la pesca de langosta, cuya temporada es del 1º de noviembre al 30 de abril. El resto del año, la veda es absoluta. Crasquí también es compatible con quienes quieren despuntar el vicio del buceo en la cercana Boca de Cote. Dicen los que lo han hecho que el buceo aquí es palabras mayores. Y tiene sentido, si se piensa que su arrecife coralino es uno de los mejores del Caribe en cuanto a diversidad de especies, área de cobertura viva y baja incidencia de enfermedades.

Día 4. Carenero no termina en "qui", pero no tiene nada que envidiarle a las playas vecinas. Aquí sí que estamos solos, con dos perros labradores que deben ser del pescador que tiene su rancho en la punta.

Tortuga verde, en Nordisquí.
Tortuga verde, en Nordisquí. Fuente: Lugares - Crédito: Soledad Gil

Día 5. Nordisquí es la playa de las tortugas, pero más tarde descubriríamos que es más fácil verlas embarcado que haciendo snorkel. Aquí hay más guaripetes (lagartijas) que en otras playas, sobre todo debajo del gazebo de madera del que suelen apropiarse los que llegan con veleros. Los últimos dos días los pasamos en Madrisquí y Francisquí Campamento practicando lo que Los Roques mejor nos enseñó: una mezcla de contemplación y esparcimiento que se vive con o sin resaca, con o sin literatura, con o sin snorkeling, y hasta con o sin traje de baño. Aquí ni siquiera hay tradición de playa nudista o lo contrario. No hay IBAMA (autoridad de protección) como en Noronha, no hay mirones como en Búzios. Aquí hay aves, peces, tortugas y un sol omnipresente que abrasa la historia que cada uno quiera vivir bajo él.

Con todo, ningún paraíso terrenal es perfecto. Aquí una lista de los problemas más comunes y su solución:

Problema 1. Me da miedo ir a Venezuela ahora, y que no haya abastecimiento, o problemas con el agua o la luz.

Solución: Es comprensible, y pueden faltar ciertos ítems de comidas. Es importante insistir en que no es un destino de lujo, lejísimos del shopping y las vidrieras, que brillan por su ausencia. Definitivamente, no es un destino para gente que quiere tener un policlínico de alta complejidad al alcance de la mano. Se trata de un viaje de aventura y naturaleza. Respecto de los servicios mínimos, como es el único lugar que aún deja algo de divisas, Los Roques recibe una embarcación de agua dulce por semana y ha resuelto el tema de la energía con paneles solares.

Problema 2. Al cabo de dos días está rojo como un camarón, le arde hasta la consciencia y no sabe cómo abordar los días que le quedan.

Solución. Ay, qué cosa. Un adulto que no sabe pasarse el bronceador. El puesto de salud está lleno de ellos. El médico los mira con cara de "uno más" y en el pueblo se los reconoce fácil: son los tomates con anteojos y manga larga que andan de sombra en sombra. El sol aquí es "el" tema y hay que tomarlo en serio. Aprenda a encremarse todo: los bordes de las orejas, los dedos de los pies, los flancos del abdomen.

Guanaguanares en la playa.
Guanaguanares en la playa. Fuente: Lugares - Crédito: Soledad Gil

Problema 3. No le gusta el pescado.

Solución. Es una pena, más que un problema. Basta comentarlo para que cualquier menú se adapte, pero avise. Es como venir a la Argentina una semana y nunca cruzarse con un bife. Se puede, claro, pero. Usted se lo pierde.

Problema 4. Le da curiosidad comer en algún otro lugar.

Solución. Si bien está todo incluido en la tarifa, una escapada a la pizzería del pueblo no hace daño al presupuesto. En nuestra visita, nos enteramos, de paso, de que Leonardo Favio es una institución nacional. En la mesa de al lado, los locales entonaban "Ella ya me olvidó" y se la sabían toda.

Problema 5. Tiene ganas de quedarse un día hasta la hora que se le dé la gana, o digamos, por lo menos a ver el atardecer y que no lo saquen justo antes de que caiga el sol.

Solución. Apúntese a un par de días en velero. Si está en un grupo de amigos o dos familias, por ejemplo, no es más caro que la posada y tiene la libertad de moverse por donde quiera y a la hora que quiera.

Jugando con los guanaguanares.
Jugando con los guanaguanares. Fuente: Lugares - Crédito: Soledad Gil

Los Roques en velero

Armamos una versión reducida del equipaje y dejamos las maletas en Albacora. Regresaremos en dos días, uno antes de volar a Buenos Aires. Nunca habría considerado la propuesta de los veleros de Roques Paraíso si no hubiese sido porque aquí. tiene tanto sentido. Basta ver el mapa para darse cuenta de que para merodear por los alrededores de esa laguna casi rectangular, no hay como una embarcación a vela. El Houat cuenta con cuatro camarotes dobles con baño privado, mesa interior y exterior, TV pantalla plana con DVD, cocina y capacidad para ocho personas, más la tripulación (capitán, marinero y cocinero).

El capitán conoce cada botuto del Parque y es garantía de que sugerirá la mejor ruta posible para los intereses buscados y según la cantidad de días disponibles. No es lo mismo pescar, ver animales, ir a la playa, o pasarla bien (léase ron y música fuerte). En pocos minutos, el hombre nos pinta con lujo de detalles el perfil de cada tipo de viajero, y anota a sus connacionales entre los últimos. Los brasileños y argentinos somos la mar de tranquilos. No andamos de rumba en rumba, parece.

Aquí sí se come lo que se pesca o se avisa con antelación, porque el pollo de mar no se consigue. Nosotros ponemos la línea, pica un carite y así como sale del agua va a parar a la olla.

A solas con la arena, el mar y el sol.
A solas con la arena, el mar y el sol. Fuente: Lugares - Crédito: Soledad Gil

Antes, nos llevan de nuevo a Nordisquí para, esta vez sí, ver las tortugas. Un par de cáscaras de naranja y algún resto de pescado alcanzan para que tres grandes tortugas blancas aparezcan enseguida. No está muy claro si está permitido, pero como nadie lo prohíbe, nos tiramos a nadar cerca de ellas, después de cumplir con las fotos de rigor. Maravilloso.

A la tarde vamos a Isla Agustín. Estamos solos. Sin embargo, ya no nos desconcertamos como antes. Nos estamos apropiando de esta geografía. Llegan las seis de la tarde, el sol empieza a acercarse al horizonte. El atardecer, ceremonia que nos faltaba en este viaje a la Naturaleza, sucede delante de nuestros ojos. La noche se mete dentro del mar y así nos quedamos, en el limbo marino, con el barco anclado en la calma chicha y oscura.

Se improvisa una pizza casera y festejamos la primera noche abordo. Al día siguiente pasamos el día en Sarquí y para la tarde tenemos gran despedida en la Pelona de Rabusquí. "Pelona" significa calva, y este cayo pequeño, que apenas asoma del mar, lleva ese nombre porque es pelado, sin vegetación. Otra vez solos, como debe ser, para celebrar el último atardecer. El viento hace de las suyas y al marinero le cuesta colocar la sombrilla. No nos preocupa. Ya estamos bastante bronceados, curtidos del sol de Los Roques. No obstante, las dimensiones minúsculas de esta Pelona nos desconciertan. Mar por aquí, por allí, y por atrás también. 360º de mar.

Solitario final en la Pelona de Rabusquí.
Solitario final en la Pelona de Rabusquí. Fuente: Lugares - Crédito: Soledad Gil

Nos quedamos a ver el largo adiós del sol. Es nuestra despedida de Febo. Nunca antes estuvimos tan cerca.

Datos Útiles

Si pensás viajar: armatuviaje.com Son especialistas en el destino y brindan asesoramiento. Los paquetes suelen ser de una semana. Se llega a Caracas vía Lima o vía Manaos y desde allí se toma el aéreo de Albatros (Cessna Gran Caravan para 12 pasajeros) o AeroCaribe (LET UPV 410 para 15 pasajeros).

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