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El bestseller de Bill Clinton que reavivó el escándalo Lewinsky

Pablo De Biase
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17 de agosto de 2018  

Bill Clinton ejecutó su plan B y regresó a los primeros planos del modo menos pensado para la mayoría de sus contemporáneos: como escritor de ficción de uno de esos libros que se etiquetan como "Thriller-Policial-Espionaje". Firmado en coautoría con James Patterson -uno de los reyes del best seller, cuyos números superan incluso a J. K. Rowling-, El presidente ha desaparecido, según datos y estimaciones de Amazon, ya tiene casi asegurado el primer puesto de ventas de literatura de ficción de este año en todo el mundo.

Este regreso tiene, sin embargo, mucho de sinsabor y poco de gloria. Y no por las reseñas desfavorables de los críticos, que abundan y son merecidas, sino porque la sombra que lo marca y lo acecha desde hace 20 años, lejos de desvanecerse, se ha expandido. Una frase, en la mitad del libro, que pronuncia el protagonista y narrador, Jonathan Duncan, presidente de Estados Unidos y reconocible álter ego del autor, resume los fantasmas del frustrado aspirante a primer caballero de Estados Unidos tras las elecciones de 2016, y funge casi de confesión respecto de sus propios pecados. "No sé qué hacer", le dice Duncan a un viejo amigo de la infancia respecto del dilema que plantea la novela de ciberterrorismo: "Me da la sensación de que me he metido de cabeza en una emboscada. Ya se me han acabado los conejos y las galeras de las que sacarlos. No tengo respuesta".

Fuente: Brando - Crédito: Kiko

La ficción imita a la realidad

Salvadas todas las distancias, puede decirse que Bill y Hillary Clinton son lo más parecido a los Underwood, el matrimonio presidencial de House of Cards: lucen más como cómplices que como meros socios.

La mancha de los Clinton se llama Monica Lewinsky. Su nombre ha vuelto a resonar con fuerza en la memoria de quienes la recuerdan, y ha multiplicado las búsquedas de los más jóvenes tras la vuelta al ruedo de Bill. Y fue la pregunta obligada que el presidente número 42 volvió a intentar esquivar, como vienen haciendo junto con Hillary desde hace 20 infatigables años, ciñéndose a un guion del que no han cambiado ni una coma, viéndose cada vez más cínicos. Igualito que los Underwood.

Es que la mancha que Bill Clinton nunca pudo limpiar no solo es metafórica. En marzo de 1998, restos de su semen, que habían quedado estampados en un vestido azul de la joven becaria de la Casa Blanca Monica Lewinsky, fueron utilizados por una comisión independiente que se había formado para investigar denuncias de abuso de poder contra otras mujeres cuando Bill era gobernador de Arkansas. El examen de ADN de la prenda comprobó la "conducta sexual inapropiada" del entonces presidente y lo sometió a un impeachment en el Congreso. Zafó de la destitución por un tecnicismo, ya que al no haber habido penetración y solo sexo oral en la Oficina Oval, no se consideró que hubiera mentido cuando negó haber tenido relaciones sexuales con su joven subordinada.

Lewisnky fue objeto de burlas mediáticas muy crueles, en un asunto que se tituló y tematizó como "Sexgate", "Monicagate" o "Lewinskygate", mientras que Clinton fue reprendido o condenado por "desprolijo" o "inmoral", según los casos, antes que por abusador, ya que la joven siempre había declarado que la relación había sido consentida. Pero lo cierto es que él tenía 50 años y era el presidente de la primera potencia económica y militar del mundo, y ella era una estudiante de 22 que creyó estar enamorada. Hillary, en tanto, estuvo en todas las conferencias de prensa al lado de su marido: nunca insinuó separarse ni cuestionar como abuso lo que hoy solo merecería ese nombre. Lo sigue diciendo hasta el presente.

El ex presidente se asoció con el autor de best sellers James Patterson para escribir este thriller, pobre en buenas críticas pero imparable en ventas.
El ex presidente se asoció con el autor de best sellers James Patterson para escribir este thriller, pobre en buenas críticas pero imparable en ventas. Fuente: Archivo

El plan B

En 2012, quien había sido el tercer presidente más joven de Estados Unidos pensó que todo había quedado atrás, y que el futuro le sonreía para volver a paladear las mieles del poder y, tanto o más importante, reescribir la historia. Lo trataron como a un héroe, aplaudido de pie por casi todos los delegados, en la convención demócrata que ungió la candidatura a la reelección de Obama. Creyó entonces que el triunfo de su esposa como la primera mujer presidenta, sucesora del primer presidente negro, cuatro años después, sería el perfecto removedor con etiqueta feminista para pasar a la historia como el demócrata moderno, el progre perfecto y a la vez pragmático que había cambiado la historia del mundo, allanando el camino para todas las minorías y los hombres y las mujeres de negocios de buena voluntad. Pero no.

Entonces, una novela de espionaje, crímenes, toques negros y la intimidad de la Casa Blanca al desnudo, coescrita con el creador de la saga del investigador del FBI Alex Cross, pasó a ser la carta del retorno después del triunfo de Trump. Patterson iba a aportar una trama descojonante, y Clinton, los detalles que solo un presidente conoce de los intramuros del edificio donde se toman las decisiones más gravitantes.

Lo que no pudo prever Bill fue, en definitiva, que cuando la actriz Alyssa Milano, en octubre de 2017, soltó el primer tuit contra Harvey Weinstein y Twitter se convirtió en Twister, el tornado que desde de las redes sociales generó el #MeToo, las secuelas harían que en marzo de este año Monica Lewinsky recordara los 20 de años de la entrega del vestido azul a la comisión investigadora. Y dijera que a la luz de este movimiento lo que ella sufrió fue un claro abuso de poder, recibiendo todo el apoyo de las integrantes del movimiento feminista.

Días después del tuit de Milano, Kevin Spacey quedó expuesto por el abuso de un adolescente en 1983 y Frank Underwood encontró, en el mundo real, la horma de su zapato: Netflix anuló su contrato y Ridley Scott borró sus escenas en la película Todo el dinero del mundo. Clinton tiene más suerte: está vendiendo muchos libros. Pero ambos siguen preguntándose: "por qué a mí" en vez de simplemente por qué.

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