La coreo masoquista de la década perdida

Héctor M. Guyot
Héctor M. Guyot LA NACION
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18 de agosto de 2018  

La cadena de confesiones que desató la causa de los cuadernos no solo está dinamitando los últimos restos del relato kirchnerista. Esos testimonios que narran el apetito bulímico con que el matrimonio robaba parvas de dinero certifican, al mismo tiempo, que queda poco del miedo pánico que sostuvo su poder durante más de una década. Porque los Kirchner reinaron mediante resortes violentos. Eso también está quedando claro en estos días. A la violencia emocional la ejercían a la vista de todos. Ahora se confirma lo que muchos sospechaban: Néstor no tenía inconveniente en pasar a la agresión física. De acuerdo con el testimonio de Uberti, que recaudaba las coimas de los concesionarios viales, el expresidente maltrataba a sus colaboradores. Lo ganaba la ira cuando el bolso que le entregaban no contenía la cantidad de dinero que esperaba. Lo llamaban el "Malo". Cuando Zacarías, el jefe de protocolo, se demoró en llevarle los diarios, le ordenó a Muñoz que le diera "tres". Su secretario privado le asestó entonces tres trompadas que tumbaron a Zacarías.

Así trataron al país. A veces ellos mismos, a veces a través de funcionarios que les respondían con una mezcla de admiración y servilismo, y que a su vez volcaban en los demás las humillaciones que recibían de sus dos jefes. Una linda cadena : la ley del temor bajaba de la cima al llano, mientras el dinero hacía el camino inverso y se concentraba en el matrimonio patagónico.

Hasta sus funcionarios más fieles temían a Néstor y a Cristina. No era para menos, pues ambos eran capaces de aplicar castigos duros a aquellos que no cumplieran su voluntad o su capricho. A todos aquellos que no obedecieran. Por eso la obsecuencia llegó a niveles impensados durante esos años. Quienes aplaudían los gestos y las palabras de Cristina o de Néstor con sonrisa beatífica estampada en la cara deponían su dignidad y pasaban a ser instrumentos de las ambiciones del binomio, aunque tuvieran las suyas propias. Eso equivalía a prestarse a la humillación permanente, otro modo violento en que los Kirchner gozaban de su poder al tiempo que lo consolidaban. La degradación del otro saciaba una soberbia desbocada, pero además confirmaba su superioridad. Era un acto de dominación.

Han de haber alcanzado un grado de dominación importante, no solo entre los suyos sino también en buena parte de los actores sociales. De otro modo, ¿cómo llevar a cabo todo lo que se está ventilando en Comodoro Py sin que nadie alzara la voz? El país entero entró por esos años en una suerte de coreografía masoquista en la que cada golpe, cada robo, cada humillación, se convertía por obra y gracia del relato en una gesta nacional y popular que iba a redimir al pueblo oprimido. En realidad, la revancha se la estaban tomando ellos dos y a costa de ese mismo pueblo, movidos por un resentimiento de origen oscuro que sintonizó con las frustraciones y los delirios de grandeza de parte de la sociedad.

Ese temor que los Kirchner ejercían a conciencia acaso también explica la actitud de esa parte del empresariado que se agachó ante ellos y calló el latrocinio, cuando no entró a formar parte del vaciamiento del país, quedándose tanto con una porción de la gran torta como con las humillaciones que les dedicaban cada vez que podían aquellos dos que habían decidido ir por todo.

De nuevo: ¿cómo pudo haber funcionado en las sombras durante tanto tiempo ese sistema de saqueo descripto en los cuadernos del remisero Centeno? Aun cartelizados, los empresarios de la obra pública ahora complicados podrían haber dicho basta. Parece que el temor o el dólar cotizaban más alto que el coraje o la vergüenza. Algo que los Kirchner sabían bien. Por eso se pusieron al país en un puño. Volver sobre esos años será un ejercicio doloroso, pero necesario.

Lo curioso es que el resentimiento que durante la década perdida bajaba desde lo más alto del poder se vuelve ahora, en el ocaso, contra Cristina: los suyos han empezado a hablar. El despechado Uberti no escatimó detalles y contó que las valijas llenas de dólares llegaron a ser más de 20 en el departamento de Recoleta de Néstor y Cristina. No había lugar dónde poner las que seguían llegando. Cuando eso ocurría, despachaban los bolsos en el Tango 01 para que el producto de la maquinaria de recaudación ilegal descansara en las bóvedas instaladas en la casa que el matrimonio tenía en Río Gallegos. Los bolsos volvían vacíos para continuar con la faena. En una causa que sigue sumando arrepentidos, es mucho lo que ya se sabe. Solo falta que alguno cante dónde está escondido el dinero. Y decidir, de ahora en más, cómo seguimos.

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